Perdido entre los breñales del desierto, el país se olvidó de San Bartolo.
En aquel villorrio los días transcurrían con una exasperante lentitud. La vida oscilaba entre el sonido porfiado de las chicharras y la campana que llamaba al rosario de las 6.
Sin telégrafo, el pueblo se comunicaba exclusivamente a través del muy lento Servicio Postal Mexicano, cuya encargada – se aseguraba- había recibido el nombramiento del propio Maximino Avila Camacho.
Se llamaba Luz María Gallardo Cobos, pero todos la llamaban cariñosamente “Doña Lucita”.
Nunca se le conoció hombre, ni defectos, bueno, sí…tenía uno: cada semana que llegaba la valija postal, escogía los sobres y paquetes que le interesaban, los metía en su bolso y se los llevaba a su casa.
Vivía sola en una vivienda modesta de adobe, cuya ventana de vaporosas cortinas revelaba lo que en el interior sucedía.
Ventura Codina cuya único oficio era espiar la intimidad, descubrió que Lucita con el uso del vapor, abría cuidadosamente la correspondencia ajena y, acompañada de una taza de café de talega, leía plácidamente las cartas, hasta altas horas de la noche.
Con pulcritud japonesa las volvía a cerrar y las entregaba al día siguiente.
Por la boca de Ventura, el pueblo se enteró de inmediato de la afición de Lucita, pero como ella era una mujer sumamente discreta, nadie protestó: lo que no se divulga –pensaron- no puede hacer daño a nadie.
Los años pasaron y Lucita, aferrada al puesto empezó a perder poco a poco la vista y aun así, continuaba con la lectura nocturna que tanto la obsesionaba.

Pero para desgracia del pueblo entero pasó lo inevitable:
Lucita empezó a introducir las cartas que leía en los sobres equivocados.
Los dólares que envió desde Chicago Luciano Villafaña, le llegaron a Ventura Codina, y éste, se corrió una juerga de tres días, con banda atrás incluida.
En cambio, la carta que recibió la abnegada Lourdes Rico de Villafaña fue un urgente requerimiento de pago de una mueblería de Torreón.
Los errores fueron de mal en peor: una apasionada carta de amor que le envió desde Mazatlán donde vacacionaba Valentín Moreno el abarrotero del pueblo a su amante Josefina, esposa del ganadero don Melitón Villegas, fue recibida por las hermanas Burciaga, solteronas muy activas verbalmente, quienes desde el club de bordado “La flor de Lis”, regaron el chisme por toda la región.
Como era de esperarse todo aquello terminó mal: don Melitón Villegas, esperó en los andenes del tren a Valentín y sin mediar palabra desenfundó su 45 y le sorrajó un certero balazo en la frente al comerciante, ante los alaridos de Josefina Hurtado de Villegas que hincada con los brazos en alto, juraba que todo había sido un malentendido.
Entre nuestro país y San Bartolo hay grandes coincidencias: la información galopa desbocada actualmente por rumbos indiscriminados.
Creemos ingenuamente que estamos bien informados, cuando en realidad estamos plagados de “Lucitas” que envían mensajes equivocados, pero estos, a diferencia de la anciana servidora postal, con un irresponsable conocimiento de sus actos.
México es un San Bartolo: una aldea global como a la que avizoraba en la década de los setenta Marshal McLuhan: una aldea con todos sus virtudes, pero también… con sus funestos defectos.

