Desde la hermana república de Venezuela recibimos una vertiginosa crónica de Rossmary Molero que todavía huele a sismo…
Turmero, estado Aragua, Venezuela
El olor de la cena a las empezaba a inundar la cocina cuando algo extraño pasó, un sonido ajeno, estridente y desconocido que viajó desde mi dormitorio. Era la alarma del celular, un grito digital a gran volumen que nunca antes había escuchado. Al acercarme, la pantalla brillaba con un rojo parpadeante y palabras que congelaban la sangre: —TERREMOTO. Magnitud estimada 7.0. a 66.1 m. de distancia. Agáchate. Cúbrete. Aférrate—
Instintivamente miré las paredes, el crujido de la tierra comenzó. Un segundo después, el suelo bajo mis pies validó la alerta: todo empezó a moverse.
En momentos así, el instinto de protección se agudiza. Corrí a apagar el breaker de la electricidad, miré a mi mascota que ya estaba en mis pies y la estreché contra mi pecho. Con los ojos fijos en un lugar seguro, me arrojé al piso bajo el marco de la puerta. Mientras la estructura de la casa vibraba como un peñero surfeando una ola del mar, yo me aferraba a esa pequeña vida que dependía de mí. —Tranquila, que vamos a salir de esto—, le susurraba, intentando convencerme a mí misma mientras el miedo invadía mi cuerpo. —Tranquila que todo va a pasar, aquí estoy yo para protegerte— Entre el estruendo del movimiento, mis pensamientos se volvieron plegarias:
—¡Señor, bendice mi casa!; Señor, ¡cuídanos!
Fueron segundos interminables que se alargaron. De repente, la vibración pareció ceder. Intenté levantar la cabeza, pero no había terminado; otro temblor inmediato volvió a sacudirlo todo. Me aferré de nuevo a mi mascota, esperando que terminara aquella eternidad de segundos.
Cuando por fin cesó la última vibración, me levanté con el corazón acelerado. Caminé hacia la cocina para cerrar la llave del gas y salí a mi jardín. Afuera, la vulnerabilidad continuaba: frente a mi casa y a un costado cuelgan líneas de alta tensión. Al ver a unos niños del vecindario parados justo debajo de los transformadores, les grité que se retiraran de inmediato; las réplicas podían volver en cualquier momento.
Pasado el susto inicial, regresé a mi casa a evaluar los daños. Recorrí cada rincón, examinando las columnas y los muros. Ni una sola grieta estructural. Sentí un profundo agradecimiento a Dios y un orgullo silencioso: esta vivienda la construí con mi propio dinero honrado, supervisando con recelo cada centímetro de su construcción. Saber que resistió fue lo único suelo firme que me queda de un día donde todo se arruinó, un pasado con muchas carencias.
Al mirar las paredes intactas de mi hogar, es inevitable pensar en el país que se desmorona afuera. Este 2026 está siendo un año difícil en Venezuela. Vivimos en una disyuntiva constante, en una penumbra política donde no sabemos a ciencia cierta quién nos gobierna ni quién manda. Vemos cómo se comercializa nuestro petróleo y nuestro oro, pero el ciudadano común, el que camina las calles como yo, no ve los resultados de esa riqueza por ninguna parte.
Se repite en discursos y propagandas que ahora somos más felices, y es verdad que el venezolano tiene una alegría natural que lo caracteriza, pero la realidad económica en la calle muestra un golpe muy duro. La inflación no da tregua. Desde diciembre, el dólar “tanto el oficial como el paralelo” se ha triplicado, evaporando el esfuerzo del trabajo diario. La crisis se siente en la mirada de la gente, en los precios, en la incertidumbre.
Aquella tarde del 24 de junio la tierra nos recordó lo frágiles que somos, fueron dos terremotos seguidos con epicentros uno en San Felipe un estado cercano y 30 segundos después en Morón, población que colinda a mi ciudad.
Pero al final, mientras consolaba a mi mascota dentro de mi hogar, entendí que los venezolanos llevamos mucho tiempo aprendiendo a mantener el equilibrio en un suelo que no para de temblar. Despiérteme cuando pase el temblor.
Por Rossmary Molero
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