Señores, vaya texto el ofrecido por el doc Mario Velázquez para los pamboleros y no de Crónica Sonora 🙂


El 17 de junio de 1986, el Estadio Olímpico Universitario recibió uno de los partidos más elegantes y simbólicos del Mundial de México 1986: el duelo de octavos de final entre Italia y Francia. La campeona del mundo enfrentaba a una generación francesa prometedora encabezada por Michel Platini, Alain Giresse y Jean Tigana. En la cancha dos formas históricas de entender el futbol europeo; fuera de ella, México intentaba demostrarle al mundo que seguía de pie.

Habían pasado apenas unos meses desde el terremoto de 1985. La Ciudad de México todavía mostraba heridas visibles: edificios derrumbados, bardas fracturadas y una población que había descubierto, entre los escombros, tanto la enorme solidaridad social como las limitaciones del gobierno mexicano. El PRI comenzaba a recibir críticas cada vez más abiertas. La imagen de eficacia y control que durante décadas había construido el régimen mostraba fisuras.

El Mundial aparecía entonces como una oportunidad política invaluable: el país necesitaba verse funcional, alegre y seguro.

Por eso la vigilancia era abundante, aunque buscaba no resultar escandalosa. Policías, militares y agentes vestidos de civil rodeaban los estadios. No era una presencia agresiva, pero sí constante. México quería una fiesta mundial sin mostrar demasiado los nervios que tenía por dentro.

Y aun así, el Mundial seguía perteneciendo a la gente.

A diferencia de los torneos modernos, muchos mexicanos de clases medias y populares podían todavía asistir a los partidos. Los boletos no tenían precios imposibles de pagar y en ocasiones podían comprarse incluso el mismo día, cerca del estadio o en las taquillas. Las tribunas de Ciudad Universitaria se llenaban de estudiantes, empleados, familias enteras y aficionados extranjeros que convivían en una mezcla improbable y festiva. Había banderas italianas, francesas y mexicanas; sombreros, tambores, matracas y vendedores ambulantes que recorrían los pasillos ofreciendo cervezas, refrescos, tortas y sí, cigarros sueltos.

Ese día mi padre consiguió boletos para llevarnos a mi hermano y a mí a ver el partido. Recuerdo perfectamente su rostro mientras caminábamos hacia el estadio: estaba orgulloso. No era solamente ir a un juego de futbol; era poder llevar a sus hijos a mirar de cerca a algunos de los mejores futbolistas del mundo. En un México golpeado económica y emocionalmente, aquello tenía algo de triunfo personal.

La fila para entrar avanzaba lentamente entre revisiones de mochilas y soldados observando discretamente a la multitud. Entonces ocurrió algo extraño. Un militar se acercó directamente a mi padre y le pidió acompañarlo. Él intentó tranquilizarnos de inmediato. Nos entregó los boletos y dijo con naturalidad:

—Sigan caminando con la fila. No pasa nada. Ahorita los alcanzo.

Lo vimos alejarse junto al uniformado. Durante unos momentos desapareció entre la gente entre un grupo de uniformes verdes. Nosotros permanecimos callados. No sabíamos si salirnos de la fila, buscar ayuda o simplemente obedecer lo que él había dicho. Era una sensación difícil de explicar: miedo, incertidumbre y una especie de vergüenza silenciosa que muchas familias mexicanas conocían bien en esos años cuando alguna autoridad militar o policial se acercaba demasiado.

Fue entonces cuando apareció otra escena profundamente mexicana.

Un hombre que estaba formado detrás de nosotros había visto todo. Me tocó el hombro con absoluta tranquilidad y me dijo:

—Ya no va a regresar… mejor véndeme su boleto.

Recuerdo quedarme congelado. Mientras buscaba en mi mente adolescente qué debía responder, mi padre apareció nuevamente caminando hacia nosotros como si nada hubiera ocurrido. Nunca olvidaré la mezcla de alivio y enojo que sentí en ese instante.

Entramos finalmente al estadio.

Y entonces apareció el Mundial.

El Olímpico Universitario era una fiesta de colores. Las tribunas parecían moverse entre cantos italianos, banderas francesas y el entusiasmo de miles de mexicanos que adoptaban por momentos a uno u otro equipo. Italia defendía su título mundial, mientras Francia llegaba como campeona europea y una de las favoritas para conquistar el torneo.

En la cancha, Francia fue superior desde el principio. Michel Platini manejaba los tiempos del juego con una elegancia estoica. Tigana corría el mediocampo como si no se cansara jamás y Giresse distribuía pases cortos que desesperaban a la violenta defensa italiana. Italia conservaba grandes nombres como Gaetano Scirea, Bruno Conti y Alessandro Altobelli, pero ya parecía una generación agotada que confiaba que el calcio los salvaría.

El primer gol llegó al minuto 15. Platini aprovechó un error defensivo italiano y definió frente al arquero Giovanni Galli. El estadio explotó. Muchos mexicanos comenzaron a apoyar abiertamente a Francia, fascinados por la belleza de su futbol. En la segunda mitad, Yannick Stopyra marcó el 2-0 definitivo. Yo por supuesto, estaba con el equipo que iba perdiendo.

Aquella tarde terminó con la eliminación de la campeona del mundo. Pero para muchos mexicanos el recuerdo más profundo no fue únicamente el marcador, fue la experiencia de haber vivido un Mundial todavía cercano a la gente común, en un país que intentaba sonreír frente al mundo mientras cargaba todavía el miedo, las heridas y los corajes acumulados de su propia historia reciente.

Y entre todas esas memorias, permanece una imagen imposible de borrar: la de mi padre regresando de entre los militares después de perderse unos minutos, para finalmente entrar con nosotros al estadio y compartir una tarde que aún sigue viva en mi memoria décadas después.

Por Mario Alberto Velázquez García

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Fotografías tomadas de aquí y de allá (se nos acabó el dinero para pagar derechos)

Sobre la autora / autor

Profesor- investigador en El Colegio de Sonora desde 2005. Doctor en Sociología por el Colegio de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores SIN-I y de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC).

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