¿Quién dice que Crónica Sonora no está ya en el Mundial?

Si gracias a nuestras finas plumas estamos más que acreditados 😉



Ciudad de México.-

Hoy es la inauguración del Mundial de Futbol 2026. Las pantallas mostrarán estadios iluminados, ceremonias cuidadosamente ensayadas y canciones capaces de hermanar a millones de personas durante unas horas. Seguramente habrá fuegos artificiales, discursos solemnes y artistas convocados para recordarnos que el fútbol es, además de un deporte, uno de los grandes espectáculos contemporáneos. Mientras la Shakira presenta el show para el mundo, la cotidianidad avanza.

Ayer amanecí con fiebre. Después de varios días recorriendo la Ciudad de México en metro, bajo la lluvia y entre multitudes, el cuerpo decidió protestar. Afuera, la ciudad también manifiesta sus propias tensiones: el plantón de maestros permanece en el Zócalo y las Madres Buscadoras mantienen su presencia en el corazón de la capital. Allá, en Sonora, la base académica decidió poner fin a la lucha sindical. Hoy la Universidad de Sonora abrió nuevamente sus puertas y la incertidumbre de perder el semestre quedó atrás, aunque el ciclo de las huelgas de mi Alma Máter permanezca en el imaginario sonorense.

Cuando supe que pasaría parte del verano en la Ciudad de México

Tomé un medicamento para el resfriado y esta mañana apareció nuevamente el sol sobre los árboles de Santa María la Ribera. En una hora debo conectarme a una clase en línea sobre escritoras mexicanas. La cotidianidad sigue su curso.Quizá por eso no puedo pensar en el fútbol únicamente desde los estadios. Desde pequeña he seguido la pasión futbolera. Cuando supe que pasaría parte del verano en la Ciudad de México en pleno Mundial, imaginé secretamente la posibilidad de formar parte de la magia. Sin embargo, el precio estratosférico de los boletos me devolvió rápidamente a la realidad.

Durante estas semanas he visto cómo la ciudad se transforma para recibir el acontecimiento. En los trayectos cotidianos por el metro aparecen estaciones en remodelación, muros recién pintados, señales nuevas y espacios intervenidos para mostrar una ciudad preparada para la mirada global. El Mundial todavía no comienza y, sin embargo, ya habita las calles, los anuncios publicitarios, las conversaciones cotidianas y los desplazamientos diarios de miles de personas. La ciudad parece prepararse para ser observada por el mundo.

El pasado domingo acudí al Palacio de Bellas Artes para asistir a la ópera Werther, de Jules Massenet. Bajé en la estación del metro y, mientras caminaba por la Alameda, observé una escena que me pareció más significativa que cualquier campaña publicitaria. Una lluvia fina caía sobre la ciudad y, sin embargo, cientos de personas permanecían allí intercambiando estampas del Mundial. Infantes, adolescentes, jóvenes y adultos extendían pequeñas tarjetas de colores buscando completar el Álbum Oficial de la Copa Mundial de la FIFA 2026. Porque el Mundial no comienza con el silbatazo inicial. Comienza mucho antes. Comienza cuando alguien compra el primer paquetito de estampas, cuando un niño o una niña pega con cuidado la fotografía de su jugador favorito o cuando dos desconocidos descubren que pueden conversar gracias a una estampa repetida. Bajo aquellos árboles no había patrocinadores ni transmisiones internacionales. Tampoco boletos VIP. Había personas compartiendo una misma ilusión: la magia futbolera.

 

¿Cómo es posible que un espectáculo construido sobre una pasión popular termine siendo inaccesible para gran parte del pueblo que lo sostiene? Históricamente, el fútbol se ha representado como una fiesta popular. Sin embargo, los precios de los boletos para los torneos resultan inalcanzables para la mayoría de los aficionados. En los traslados no se escucha otra conversación que la reventa: dicen que las entradas oscilan entre los setenta o cien mil pesos. Después de cuarenta años, el espectáculo regresa a México, pero muchos de quienes sostienen la cultura futbolera lo vivirán desde una pantalla, una plaza pública o una mesa familiar.

miles de personas continúan desplazándose diariamente para sostener una vida que pocas veces aparece en las transmisiones oficiales.

Miles de personas avanzamos diariamente por los túneles de esta ciudad. Imagino que son trabajadores, estudiantes, comerciantes, profesores o turistas. La mayoría de rostros cansados que apenas se miran entre sí. Algunos seguramente hablarán hoy de alineaciones y resultados. Otros apenas tendrán tiempo para observar las pantallas instaladas en algún comercio. Sin embargo, todos forman parte de la multitud que da sentido a esta celebración. No he dejado de pensar en ello mientras viajo en el metro. Quizá porque el infame editor me pidió, acuciante, está crónica escrita desde el epicentro de este acontecimiento histórico. Así, entre el polvo de las remodelaciones, el ruido de las herramientas y las cámaras de los influencers extranjeros que documentan la ciudad rumbo al Mundial, miles de personas continúan desplazándose diariamente para sostener una vida que pocas veces aparece en las transmisiones oficiales. 

Entonces pensé que mucho antes de que existieran las federaciones deportivas, los contratos multimillonarios y las transmisiones globales, los pueblos mesoamericanos ya se reunían alrededor del juego de pelota. No era fútbol, por supuesto. Eran tradiciones distintas. Pero revelan una continuidad profunda: la necesidad humana de construir comunidad a través del juego, del movimiento y de una pelota capaz de convocar emociones compartidas. Quizá por eso el fútbol despierta sentimientos tan antiguos. Mientras escribo estas líneas, pienso también en Sonora. Apenas ayer concluyó la huelga de la Universidad de Sonora después de semanas de incertidumbre. En distintos puntos del país, las Madres Buscadoras continúan recorriendo caminos y desiertos. En el Zócalo, miles de personas comienzan a reunirse para seguir la inauguración del Mundial. México sigue siendo un territorio atravesado por ausencias, conflictos, búsquedas y esperanzas. Y, sin embargo, hoy también hará una pausa para mirar un partido.

Dentro de unas horas, cuando México enfrente a Sudáfrica en el Estadio Azteca, millones de personas volverán la mirada hacia una misma cancha. Algunos estarán en las tribunas. Otros lo verán desde una pantalla, una plaza pública o una mesa familiar. Pero todos participarán, de algún modo, de una misma historia. Quizá esa sea la verdadera fuerza del fútbol: recordarnos que, por unas horas, millones de desconocidos pueden compartir una misma emoción. Mientras la Shakira canta para el mundo, bajo los árboles alguien intercambia una estampa repetida. Entre ambos extremos —el espectáculo global y la ilusión de papel— transcurre también esta otra historia del Mundial.

Texto, fotos y video por Socorro García Bojórquez

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Sobre la autora / autor

Socorro García Bojórquez estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Sonora

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