Hermosillo, Sonora.- La temporada de premios de este año tiene una de las competencias más reñidas que se recuerden en la categoría de Mejor Película Internacional. El nivel ha sido tal que incluso quedó fuera de la nominación No hay otra opción (2025) del coreano Chan-Wook Park, una ausencia que por sí sola da una idea de lo cerrada que está la contienda. En la terna figuran la española Sirat (2025), la noruega Valor sentimental (2025), la iraní Un simple accidente (2025), la tunecina La voz de Hind Rajab (2025) y la brasileña El agente secreto (2025), que es la protagonista de esta reseña. 

Dirigida por el brasileño Kleber Mendonça Filho, El agente secreto (2025) es un thriller político con fuertes tintes de drama neo-noir que sitúa su historia en 1977, durante los últimos años de la dictadura militar en Brasil. Aquel periodo estuvo marcado por vigilancia estatal, represión política y un clima de paranoia que se filtraba en la vida cotidiana de millones de ciudadanos. Mendonça Filho toma ese contexto histórico como punto de partida para construir una historia cargada de tensión y silencios.

La trama sigue a Marcelo, interpretado por Wagner Moura, el mismísimo Pablo Escobar de la serie Narcos. Marcelo es un ex profesor universitario que llega a la ciudad costera de Recife durante la semana de Carnaval con la esperanza de reencontrarse con su hijo. Lo que parecía un viaje íntimo pronto adquiere un tono inquietante cuando descubre que está siendo vigilado por agentes del gobierno.

Para evitar la persecución, Marcelo adopta el alias de Armando y comienza a moverse en los márgenes de una sociedad atravesada por la sospecha. La vigilancia constante y la posibilidad de una detención arbitraria generan una atmósfera de paranoia que se vuelve casi tangible en cada escena. A partir de esa premisa, la película explora cómo el control estatal y la violencia policial moldeaban la vida diaria bajo un régimen autoritario.

En ese recorrido, la actuación de Wagner Moura se vuelve el ancla emocional del relato. Su Marcelo es un hombre cansado pero alerta, alguien que intenta sobrevivir mientras carga con el peso de un pasado que apenas se revela a cuentagotas. Moura evita el dramatismo fácil y construye un personaje contenido cuya tensión interna sostiene buena parte de la película.

Uno de los mayores logros de la cinta está en sus valores de producción y en la minuciosa recreación del Brasil de finales de los setenta.

Vestuario, autos, arquitectura y textura visual trabajan juntos para transportar al espectador a ese periodo con una naturalidad notable. Aunque la historia transcurre en los años de la áspera dictadura brasileña, Mendonça Filho demuestra el buen juicio de no hundirse en una sordidez innecesaria y permite que el relato respire con momentos de humor, nostalgia y juego cinéfilo.

El guion serpentea entre situaciones y registros distintos con una libertad que puede desconcertar al principio. Hay incluso una escena delirante con un pie que parece salida de una película de terror serie B de los setenta y que confirma el gusto del director por el séptimo arte y con ello romper el tono cuando menos se espera. La historia parece divagar por momentos, pero nunca pierde la brújula.

Da la impresión de que el director intenta evadir lo que podría ser el tema central de la película, que es la dictadura misma. Sin embargo, más que evasión es un ejercicio de estilo; las tensiones están ahí, filtradas en la pesada burocracia, en la corrosiva corrupción institucional y en el miedo persistente de personajes que se mueven en la clandestinidad del régimen. Es una presencia que nunca domina el encuadre pero que se siente en cada rincón del relato.

La narración se articula además en tres tiempos distintos, diferenciados por la textura del formato y ciertos cambios visuales que funcionan como señales discretas para el espectador. Uno de esos tiempos ocurre en la actualidad, desde donde se reconstruyen fragmentos de aquella historia enterrada. El contraste produce un efecto melancólico, porque recuerda que el pasado puede parecer lejano, pero sigue proyectando sombras sobre el presente.

Con su mezcla de thriller político, juego narrativo y ejercicio de memoria histórica, El agente secreto (2025) se confirma como una de las propuestas más potentes del año. La película tuvo un paso muy exitoso por el Festival de Cannes, donde obtuvo premios a Mejor Dirección y Mejor Actor, y más tarde consiguió nominaciones en los Premios Óscar de 2026 en las categorías de Mejor Película, Mejor Película Internacional y Mejor Actor. Actualmente puede verse en salas de Cinemex Metrocentro y también en la sala fifí-IP de Cinépolis Galerías, así que no deje pasar la oportunidad de verla en pantalla grande.

Sobre la autora / autor

Adrián Mercado Islas es mexicano de nacimiento y chicano por naturalización. Dedicado a la interpretación (inglés-español) en tiempo real. Licenciado en Historia por la Universidad de Sonora. Vehemente amante del cine y haciendo sus pininos en esto de las reseñas.

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