Hermosillo, Sonora-

La pasada noche del sábado fue el concierto de Los Tigres del Norte en esta ciudad, una de esas ocasiones en las que la música se vuelve punto de encuentro para distintas generaciones. Sombreros norteños, botas polvosas, camisetas con el rostro de los integrantes del grupo y familias enteras que buscaban su lugar entre la multitud daban forma al ambiente festivo

Desde antes de que iniciara el espectáculo, se respiraba expectativa. Mi querido esposo y yo llegamos puntuales al lugar, sabíamos que el concierto iniciaría a las 10:00 PM. Los vendedores ambulantes ofrecían cerveza (carísima por cierto), banderas y recuerdos mientras en las bocinas sonaba música norteñas que calentaban el ánimo del público. Entre la multitud y delante de nosotros destacaba una pareja ubicada delante de nosotros. Llegaron juntos, caminaron uno al lado del otro, pero desde el principio algo llamó la atención: no intercambiaron palabra alguna. Él miraba hacia el escenario; ella mantenía la vista fija en su teléfono o en la gente que pasaba. Parecían compartir el espacio, pero no el momento.

Cuando finalmente se apagaron las luces y el escenario se iluminó, el público estalló en aplausos. Los primeros acordes retumbaron y la voz inconfundible del grupo comenzó a recorrer el lugar. Canción tras canción, el público cantaba como si se tratara de un ritual colectivo. En muchos rostros se veía algo más que entusiasmo: una especie de reconocimiento. Las letras hablaban de migración, de trabajo duro, de injusticias, de orgullo por las raíces. Historias que durante décadas han formado parte de la identidad mexicana, narradas en forma de corrido. No pude evitar acordarme de mi apá, que cada que se presenta la ocasión, mi viejo suele narrar con orgullo y nostalgia sus aventuras de joven cuando cruzó al “otro lado”. No dudé en grabar la canción de “los mandados” que hace alusión a las aventuras de un inmigrante en su lucha por buscar oportunidades en USA.

Mientras el público levantaba las manos y coreaba las canciones, la pareja seguía allí, inmóvil. Él aplaudía ocasionalmente o se fumaba un cigarro, pero sin voltear hacia ella. Ella observaba el escenario con una expresión difícil de descifrar. No se tomaron fotos juntos, no brindaron, no compartieron comentarios como lo hacía la mayoría de las parejas alrededor. Era como si el concierto ocurriera para cada uno en un mundo distinto.

Entre canción y canción, el vocalista agradecía al público de Hermosillo por el cariño de siempre. El público respondía con gritos y aplausos. Algunos se abrazaban, otros bailaban en los pasillos. La música funcionaba como un lazo invisible entre miles de personas que, al menos por esa noche, compartían recuerdos, historias y emociones.

Pero la pareja permanecía en silencio.

Conforme el concierto se acercaba al final, la distancia entre ellos parecía tan intacta como al principio. No hubo gestos de complicidad ni miradas compartidas. Cuando la última canción terminó y el público comenzó a abandonar el lugar entre comentarios emocionados y teléfonos llenos de videos, ellos simplemente caminaron hacia la salida, uno al lado del otro, igual que cuando llegaron.

En una noche donde miles de personas conectaron a través de la música y de historias que hablan de lo que significa ser mexicano, ellos atravesaron el espectáculo como dos espectadores aislados dentro del mismo relato.

Por Santa López

Fotografía de Benjamín Rascón, realizada a mitad del concierto de marras:

El concierto de los Tigres del Norte y la pareja que no fue

Sobre la autora / autor

Licenciada en Educación Especial

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