Derek está de pie sobre una tarima de madera en el patio de la policía. Su rostro, untado de una mezcla de odio y aburrimiento, hace juego con el overol desechable color blanco y el chaleco anaranjado fosforescente que viste. Tres semanas atrás lo corrieron de su trabajo como matarife en El Millón: un rastro en el que durante cuatro años se dedicó a sacrificar y destazar reses. Su despido se debió a que un sábado, al finalizar su turno, el supervisor lo sorprendió inyectándose heroína dentro del baño. Esta tarde un grupo de reporteros le lanza preguntas, pero sobre otro asunto: un asesinato. 

―¿Por qué mataste a tu mamá? ―indaga un joven de bigote ralo y camisa verde pistache.

―Pues nomás. Andaba loco, andaba sustanciado. La neta siempre me regañaba porque me drogo mucho ―contesta Derek mientras un sabor a pegamento para calzado recorre su boca.

―¿Qué usaste para asesinarla? ―pregunta una mujer de lentes amarillos y cabello plateado.

―Sólo la empujé y se cayó al suelo; se desnucó. 

―Pero la encontraron descuartizada en el patio ―refuta la misma mujer.

―Pues la corté con un cuchillo cebollero que tengo donde vivimos, eso fue todo ―responde Derek reprimiendo un desganado bostezo. 

A kilómetros de distancia, al sur de la ciudad, Julio está sobre su sillón mirando las noticias locales en la televisión. Reconoce a Derek, el hombre al que un grupo de reporteros entrevista. Se conocieron cinco años atrás, cuando ambos tenían veinte y trabajaban en un restaurante de comida japonesa deshuesando pollo y entregando teriyakis a domicilio. 

―¿Era necesario prenderle fuego al cuerpo? ―pregunta una reportera pelirroja que graba las respuestas con su teléfono celular.

―Tal vez no era necesario, pero me había metido unos inhalantes y cuatro Clonazepam; andaba muy psicotrópico y se me hizo fácil darle fuego ―contesta Derek: mirada retadora y resequedad rancia en la lengua. 

como consecuencia había mirado al diablo en la pared

En ocasiones, Derek y Julio, fumaban cristal en el estacionamiento dentro de alguno de los autos de reparto; eso afianzó su amistad, aunque siempre dentro del trabajo, nunca fuera del horario laboral. Fumaban e intercambian detalles de su vida y una que otra anécdota con la intención de hacer reír o impresionar al otro; como cuando Derek le contó que una vez, por estar fumando cristal, no pudo dormir en cinco días y que como consecuencia había mirado al diablo en la pared de su recámara; o cuando Julio le platicó que, cuando fumaba cristal, le gustaba lavar su auto o desarmar algún artículo electrónico mientras comía Zucaritas con leche.

―Eras matarife en un rastro, ¿esos conocimientos los utilizaste para cortar el cuerpo de tu mamá? ―pregunta un reportero sesentón que usa sombrero panameño. 

 ―Sí, somos animales y a todos nos pueden descuartizar siguiendo la misma técnica ―responde Derek con la petulancia de quien se sabe una autoridad en la faena de ganado.

―¿Estás arrepentido del crimen que cometiste? ―pregunta la pelirroja veinteañera.

―Solamente por mi carnalillo, a él le diría que me disculpe, no quise matarle a su mamá ―dice Derek mostrando por primera vez un poco de remordimiento ―. Ella era mi madrastra, pero desde bebé me cuidó. La neta tengo mucho tiempo drogándome, desde que tenía 13 años; comencé inhalando agua celeste. 

Julio estudió una carrera técnica en artes plásticas y hoy en día es pintor. Recibe una beca mensual para realizar doce cuadros sobre la violencia en la frontera. Tiene un año para concluir el proyecto y ya han pasado seis meses sin lograr avances considerables; sólo tiene dos cuadros y ninguno está terminado. 

En la televisión la entrevista continúa.

―¿Ya habías cometido un homicidio? ―pregunta el reportero de sombrero panameño.

―Nel, esta es la primera vez, esta es mi primera muerte ―contesta Derek rascándose la nariz con las manos esposadas. 

―¿Y qué pasó con el de la colonia El Paraíso? ―contraataca el reportero.

―Ese me lo están achacando también, pero yo no fui…; pues la neta me robó merca, cinco libras de cristal que eran como 4000 dólares, ¡por eso lo maté! ―confiesa Derek con entusiasmo, convencido de que el robo sufrido justifica su crimen.

Julio piensa que su esposa es la culpable de su falta de avances. Ella realiza trabajo social con varios grupos de jornaleros agrícolas y pasa la mayor parte del día entrevistándolos. Por lo tanto, él cuida a sus hijas de tres y cinco años hasta que ella vuelve; que puede ser a las siete de la tarde u ocho, lo que le deja pocas horas para pintar. Tres noches atrás volvió a pedirle que llegara más temprano para que lo relevara. Discutieron y mientras lo hacían, él afilaba con una navaja unos colores de madera que utiliza para realizar bosquejos. La discusión se convirtió en gritos y Julio decidió enterrarse la navaja en el estómago buscando demostrar su frustración y furia. Su esposa, espantada, rompió en llanto y él se sintió liberado, orgulloso. No pensó en la muerte, solamente quería, con su actuación, explicarle cómo se sentía. 

―¿Exactamente ―pregunta un hombre de cabello cano y chaleco de reportero color caqui―, cómo mataste al de El Paraíso?

 ―Pues nomás le disparé en la cabeza y le prendí fuego al colchón; el bato estaba dormido ―responde Derek con tranquilidad y desenfado, al tiempo que un camarógrafo realiza un acercamiento a unas manchas de sangre en sus tenis blancos.

La entrevista llega a su final. Julio se toca la herida en el estómago y con el control remoto cambia a un canal en donde transmiten un programa sobre la vida animal; en el explican que la mordida de la hiena manchada puede triturar huesos de avestruz o cebra como si fueran galletas. 

La misma noche que Julio se enterró la navaja en el estómago su esposa e hijas lo abandonaron. Esta noche manejará hasta el domicilio de su amigo Irvin. Beberán cerveza, whisky bourbon barato y fumarán marihuana. De regreso, a unas calles de su casa, se quedará dormido y chocará contra la parte trasera de un camión perteneciente a una cadena de pizzas. Durante unos segundos se le dificultará respirar por el golpe en el pecho contra el volante. El camión sólo sufrirá raspones, pero su auto quedará inservible.

Después de abandonar su viejo auto caminará hasta su casa, ebrio y golpeado. Se irá a dormir y una pintura será la protagonista de su sueño. Se trata de una iglesia que en sus columnas no tiene campanas, sino huesos y calaveras. Por un camino hacia la iglesia, con fuego a los lados, una mujer está hincada encajándose clavos en las rodillas; sufre mucho. La mujer levanta las manos implorando ayuda al cielo y un águila vuela hacia ella para rescatarla sujetándola con sus garras. 

En la mañana, al despertar, a Julio le dolerá el pecho y la herida autoinfligida en el estómago le arderá; aun así, sentirá una emoción increíble porque pensará que por fin tiene un gran tema para un lienzo. Incluso, decidirá que la mujer de la pintura debe ser la madrastra de Derek. 

Texto y foto por Jorge Damián Méndez Lozano

https://www.instagram.com/jorgedamianemeele/

Sobre la autora / autor

Nació en Mexicali. Siente una profunda emoción por la noche, los excesos y la comida china consumida en la madrugada dentro de alguna fonda oriental. Mientras mastica le gusta escuchar, sin entender nada, el mandarín o cantonés en que se comunican los propietarios con los cocineros. Ha colaborado en el semanario Siete Días, en el periódico El Mexicano y en las revistas Generación, Diez4.com y Vice.com

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