Hermosillo, Sonora.-

     Como profesor universitario, cuando abro la puerta hacia un nuevo tema de clase me gana la compulsión de extraer de internet el significado de algunos conceptos. Ello en el ánimo de ilustrar con información socializada, aquello que cualquier persona encontraría en un buscador. Si cualquiera de nosotros googlea (clase de verbo) la frase “decálogo significado” encontrará que este se define como “[…]conjunto de normas o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para el desarrollo de cualquier actividad”. Como notarán, aquí no se abarcarán diez normas (bien por nosotros, no es necesario), pero sí busca ordenar aquellos que son básicos para el desarrollo de la actividad conocida como vigilar. ¿Vigilar qué? Las actividades relacionadas con la delincuencia organizada (DO). 

     En mi narcisismo, parto de la idea que existen lagunas conceptuales que sesgan al momento de concebir qué es aquello que se está atendiendo cuando el Estado-Gobierno vigila la violencia emanada de la DO:

     1. Delincuencia organizada no es igual al delito individual. Abordar el delito organizado bajo las mismas nociones que la delincuencia común, es un error. El simple agrupamiento que caracteriza a la DO provee de cohesión de personas y obliga a abordarlo bajo esa complejidad: son muchos actores, todos con el mismo objetivo.

     2. La DO posee libertad en la utilización de medios personales y materiales. El principal insumo con que se estructura y reproduce son las personas. ¿La DO tiene a las personas? Sí. Si ocupa de más recurso humano ¿puede obtenerlo? Sí, hay muchos y cada vez más dispuestos. Una parte de la población simpatiza con estas actividades. Esta mayor disponibilidad de sujetos es indicador de afirmación, legitimación y control. Dentro de la organización hay especialistas en seguridad, selección de personal, armamento, manejo de tecnología, leyes, medicina, química, balística, mecánica; incluso en conocimiento del territorio y orografía: es un grupo complejo y su desarticulación es compleja. Supera al Estado-Gobierno.

     3. La DO basa su éxito en la capacidad de cobertura en espacios variados. Si la organización tiene la capacidad de cubrir un mayor rango de espacios, sobre todo los legales, su efectividad se potencia. Invierten esfuerzo, tiempo y recursos económicos para hacer desapercibidos su delito o, aun mejor, lo invierten en recurso humano que lo haga en su lugar. 

     4. La DO debe, quiere y puede hacer un uso variado de la violencia. Además de la violencia propia de la ilegalidad, su éxito radica en dirigir violencia a objetivos variados. La violencia hacia dentro de la organización (intragrupal), mantiene un fuerte control entre sus miembros propios. Violentan a otras comunidades delictivas (intergrupal) y obtener control de la actividad. Violentan a la comunidad en general para cundir el miedo social y dificultar la denuncia, la detección. Esta última, se proyecta hacia los sujetos que no forman parte directa o indirecta de la DO y es indicador de capacidad de supervivencia, control territorial y sobre la población general.

     5. Sí, hay valores dentro de la DO. En sectores sociales cada vez más extensos y vulnerables (etaria, económica, educativa, culturalmente, entre otras) se evalúa positivamente la actividad de la DO, así como a sus miembros. Los grupos de la DO actúan bajo acuerdos, códigos, o normas que han creado un cuerpo identificable de valores criminales, y tras ello una mayor probabilidad de aprobación entre ciertos sectores poblaciones. Sí, ser miembro de la DO es bueno, es positivo, incluso preferible a ser un sujeto prosocial. Lealtad, solidaridad, respeto al líder o grupo, obediencia, disciplina, responsabilidad son algunos esquemas valorativos observados en estas actividades, crea un sentido de pertenencia y permite considerarla un proyecto de vida viable.

     Las anteriores nociones, me obligan a responder ¿qué es preciso vigilar para atender el problema de la DO? Invito a revertir la idea de que las poblaciones económicamente vulnerables tienen mayor probabilidad de ser cooptadas por la DO.  Las vulnerabilidades que subsana estas actividades no se constriñen a lo material, también vulnerabilidades personales y/o de autoconcepto que motivan a insertarse a estas.

     Invito a cuestionar la lógica arcaica que la DO depende de una cabeza, un líder. Los planes preventivos, las instituciones procuradoras de justicia han evolucionado más lentamente que los propios grupos delictivos: la DO ya no dependen de uno o de unos pocos sujetos para tomar acción. Son grupos más orgánicos, más funcionales. Y son ya menos cefálicos.

     Invito a que el problema de la DO sea analizado desde la forma en que lo entienden los miembros que operan en estas modalidades delictivas. Utilizar información de primera mano. Los estudios interpretativos de la música, la vestimenta, las series de televisión, los bienes de consumo han aportado importantes indicadores de análisis, pero ya son vetustos. No pasan de ser mediáticos. Ya no aportan.

     ¿Castigar qué? En últimos años se ha documentado cambios legislativos, esfuerzos por afinar lo legal, imponer mayores sanciones, y llenar de años de cárcel a estas actividades. Esto significa poco si las acciones atentivas dirigidas a mermar los efectos de este fenómeno no mejoran. Muchos años de cárcel (castigo potencial), no significan nada sin una fiscalización adecuada que aplique sanciones a miembros concretos (estado de derecho).

Por Francisco Piña Osuna

Sobre la autora / autor

Francisco Piña Osuna (Los Mochis, 1981) es un investigador de la conducta delictiva, el trafico de drogas y la delincuencia organizada. Profesor de tiempo completo en el Departamento de Sociología y Administración Pública de la Universidad de Sonora.

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