Desde hace más de una década, el apellido Safdie se volvió sinónimo de un cine frenético, incómodo y profundamente urbano. Josh Safdie, junto a su hermano Benny, firmó dos películas que hoy ya son referentes de ese estilo, Good Time: viviendo al límite (2017) y Diamantes en bruto (2019), retratos asfixiantes de personajes empujados al límite por su propia compulsión. Tras la decisión de separar caminos creativos, Benny presentó este mismo año La máquina (The Smashing Machine, 2025), un biopic sobre el luchador de MMA Mark Kerr, sostenido por una actuación sorprendentemente sólida de Dwayne Johnson “La Roca”, pero afectado por un ritmo lento y un tono reflexivo que nunca termina de cuajar. Josh, en cambio, parece haber optado por no bajar las revoluciones y con Marty Supremo (2025) retoma el pulso vertiginoso de sus primeros trabajos, dejando claro que, más allá de la experimentación formal, lo suyo es ya un cine de autor con identidad plenamente reconocible.
Ambientada en la Nueva York de 1952, Marty Supremo sigue a Marty Mauser (Timothée Chalamet), un vendedor de zapatos con aspiraciones desmedidas: convertirse en el mejor jugador de tenis de mesa del mundo. Inspirada libremente en la vida del legendario Marty Reisman, la película dibuja el ascenso de un personaje impulsado más por una voluntad férrea que por la razón o el buen juicio. Marty estafa, roba y manipula a quien se le cruce con tal de financiar su salto a competencias internacionales en Londres y Tokio. En el camino, sacrifica relaciones, afectos y cualquier atisbo de estabilidad emocional, encarnando una versión torcida del sueño americano, la del éxito a cualquier costo, sostenido sobre juicios de valor tan cuestionables como peligrosamente seductores.
Desde el primer minuto, Josh Safdie construye una película que no concede respiro. El ritmo es vertiginoso, casi agresivo, y convierte la experiencia en algo cercano a un estado de agitación permanente, con escenas que se encadenan sin pausa, diálogos atropellados y decisiones impulsivas que se acumulan hasta formar una espiral de tensión constante. El espectador no observa a Marty desde la distancia; queda atrapado en su cabeza, en esa lógica interna donde todo parece justificarse si el objetivo final es la gloria. Es una inmersión que puede resultar agotadora, pero también hipnótica, fiel al estilo Safdie.
Esa sensación se refuerza con una fotografía que privilegia los encuadres cerrados, la cámara inquieta y una textura visual que acentúa la claustrofobia emocional del relato. A esto se suma una decisión musical arriesgada y, contra todo pronóstico, muy efectiva: canciones y tonos claramente ochenteros que chocan con una historia ambientada en los años cincuenta. La disonancia no solo funciona, sino que subraya el carácter anacrónico de Marty, un hombre fuera de su tiempo, empujado por una ambición que no encaja del todo en el mundo que habita. En ese universo de personajes moralmente ambiguos —desde la socialité adinerada Kay Stone (Gwyneth Paltrow) hasta el mafioso desalmado Ezra Mauser-Mishkin (Abel Ferrara)— la película se sostiene sobre una ética resbaladiza, donde nadie parece realmente inocente.
Pero si Marty Supremo funciona como un todo es, sobre todo, por Timothée Chalamet. La película descansa casi por completo sobre sus hombros, y el actor responde con una interpretación magnética. Su Marty es arrogante, egocéntrico y emocionalmente irresponsable, pero también carismático y extrañamente vulnerable. A pesar de su moral cuestionable y de la cadena de malas decisiones que lo definen, Marty conserva un magnetismo incómodo que nos empuja a seguirlo hasta las últimas consecuencias, aun cuando su éxito se construye sobre terrenos éticamente resbaladizos. El resto del elenco funciona como un ensamble que potencia el brillo de Chalamet sin robarle foco. El papel ya le valió a Chalamet un Globo de Oro y lo coloca hoy como uno de los nombres más fuertes rumbo al Óscar, consolidando una de las interpretaciones más importantes de su carrera.
Marty Supremo confirma a Josh Safdie como un cineasta que no teme incomodar ni acelerar el pulso del espectador, alguien dispuesto a llevar su propuesta hasta las últimas consecuencias sin suavizar el tono ni buscar complacencias. Con una puesta en escena que apela siempre al riesgo, la película no solo narra una historia de ambición, sino que invita a habitarla, a sentir su vértigo y su desgaste. Actualmente en cartelera, Marty Supremo es una experiencia que se disfruta y se padece mejor en pantalla grande, una de esas películas que no buscan dar lecciones morales claras, pero que dejan al espectador confrontado con los valores que celebra y el precio real del éxito cuando se persigue sin freno.
‘Marty Supremo’ (2025)
Dirección: Josh Safdie

