Dentro de un bar billar, ubicado en una calle donde los restaurantes de comida china se anunciaban en español y mandarín, recordé lo que Willy, excompañero de un taller de poesía, me contó años atrás. Él nació en Mexicali, pero tenía la doble nacionalidad y al cumplir 18 años se enlistó en el ejército estadounidense. Un verano que tuvo vacaciones de la guerra regresó a la frontera y me compartió lo que debían hacer en la base militar cuando caían bombas afganas. Atascado en ese recuerdo me hallaba cuando la puerta metálica se abrió y entraron dos mujeres rodeadas por la luz de las tres de la tarde: hora de la misericordia, leí alguna vez.

Junto a mí, ambas tomaron asiento en la barra. La mujer mayor, de unos sesenta años, ordenó: 

―Dos medias rojas, pero que estén bien heladas, por favor ―la joven de la barra le entregó dos cervezas. 

―Mi hija venía mucho a este bar ―dijo la mujer mayor―, tú que trabajas aquí tal vez la conociste, le decían Chola; medio gordita, ¿sabes de quién hablo?

―La verdad no, tengo pocos días trabajando aquí ―contestó la joven de la barra un poco apenada.

La mujer mayor dio un pequeño trago a su cerveza y se llevó las manos al rostro. Comenzó a llorar. Según su relato, meses atrás su hija, la Chola, había fallecido a causa de una diabetes mal atendida. 

―No pude hacer nada para salvarla, ¿con qué dinero? ―preguntó retóricamente a quienes la escuchábamos.

Quise decirle algo para consolarla, pero sólo se me ocurrió darle un par de servilletas para que secara sus lágrimas.

Era cabrona, cuidadito con que le faltaras al respeto

―Mi hija tenía 30 años, nunca se dejaba de nadie, hasta se le ponía al tú por tú a los hombres. Era cabrona, cuidadito con que le faltaras al respeto; pero también era muy fiestera, le encantaba el relajo, pero pues, se me murió ―me explicó la mujer mayor en agradecimiento por las servilletas.

―¿Cómo se llamaba su hija? 

―Beatriz, igual que yo, pero a mí me dicen Bety; ¿tú cómo te llamas?

―Damián, como mi abuelo, que en paz descanse; no soy católico, pero me gusta decir eso. 

―Yo sí soy católica, pero eso es otra cosa. Mira, ella es mi sobrina, Grecia, a ella también se le murió su hija, bueno, se la mataron, la hicieron trocitos; aventaron un trocito por aquí y por allá ―me explicó sin el menor pudor; no parecía que hablara de un cuerpo humano. 

Grecia, de cabello pintado de rubio, cara redonda y ojos pequeños, asintió con la cabeza confirmando lo que sobre ella había dicho su tía Bety. Antes de hablarme miró al piso, apretó los puños y comenzó a llorar; si su tía había llorado de tristeza, ella lo hizo desde la impotencia. También le extendí una servilleta. 

―Me la mataron muy feo ―dijo, inclinando el cuerpo hacia enfrente para poder verme; la tía Bety se hallaba sentada entre los dos―, la cortaron en pedacitos y los tiraron en un panteón por la carretera a Tijuana. 

―Lo siento mucho ―le contesté sin saber qué más agregar. 

Nunca he sabido qué expresar en un momento espeluznante y para superar la situación levanté mi cerveza y dije: “Salud”, de manera luctuosa y en memoria de las fallecidas. Los tres quedamos en silencio atrapados en nuestros propios laberintos. En la televisión, colocada en lo alto de una pared, transmitían un juego de basquetbol de la NBA. 

―Es increíble, ¿cómo pueden tener piernas tan largas, tan llenas de energía?; se ven muy contentos corriendo y botando la pelota de un lado a otro” ―dijo la tía Bety, más para sí misma que para nosotros. 

―Ya vuelvo, no tardo ―les dije mientras en la pantalla un afroamericano permanecía colgado del aro de la canasta porque acababa de clavar el balón; el público aplaudía enloquecido y la mascota del equipo bailaba. 

Cuando regresé a la barra, la tía Bety, me dijo: 

―Estuvo bien que te llevaras tu cerveza, siempre pasa que te echan alguna droga para que te desmayes; a mi hermano le pasó así, andaba en una cantina con unas muchachas que conoció ahí y luego amaneció tirado, sin cartera, en la banqueta de una casa; cuando despertó un señor le estaba echando agua con la manguera para reanimarlo; nunca supo cómo llegó ahí.

―Quería seguir tomando mientras orinaba, por eso me llevé la cerveza, pero gracias por decírmelo ―le contesté, un poco extrañado por su comentario. 

Miré alrededor, en un par de ocasiones ya había estado en ese tugurio y la clientela regularmente se componía de los mismos: borrachos solitarios, sexoservidoras jubiladas, ancianos aficionados al billar de carambola y agricultores del sur de California que cruzaban a Mexicali para emborracharse con las botas sucias de lodo después de una jornada de trabajo.

―Mira, te busqué la nota ―dijo, Grecia, al darme su teléfono celular. 

No entendí de qué me hablaba hasta que comencé a leer. Se refería a la noticia del asesinato de su hija. Cuando terminé de leerla le regresé su teléfono sin saber exactamente qué comentar. Por fortuna ella tomó la iniciativa. 

―Mi hija andaba vendiendo cristal y la mataron por cambiarse de grupo, ya le habían advertido que no lo hiciera, pero no hizo caso. Estuvo desaparecida una semana. La reportamos. Un día me hablan de la policía y me dicen que en un panteón había pedazos de un cuerpo; y sí era, apenas tenía 20 años, la misma edad que yo tenía cuando me embaracé de ella ―me explicó con tranquilidad.

Que me platicara con soltura sobre el descuartizamiento de su hija me perturbaba, no es el tipo de historias que uno espera escuchar de alguien, y menos de una total desconocida. 

―Bueno, joven, nos vamos a casa, vivimos un poco lejos y no puedo manejar estando borracha, pero seguramente luego nos veremos por acá; venimos muy seguido ―me dijo la tía Bety. 

―Gusto en conocerlas, buena suerte en el camino, maneje con cuidado, espero que todo salga bien ―les deseé. 

Nuevamente quedé solo en la barra. Frente a mí, un enorme espejo regresaba el reflejo de mi rostro y mientras me veía imaginé que era un simio. Después recreé en mi mente la fotografía de la noticia que había mirado en el celular de Grecia: tirado sobre la tierra y entre dos humildes tumbas, un cráneo ensangrentado unido a una columna vertebral y algunas costillas; la fauna de la zona había devorado la carne hasta dejar sólo huesos.

Otro cliente. Un señor con sombrero vaquero entró al bar y la mesera lo saludó con familiaridad. Se sentó a mi izquierda, en el banco que había estado Grecia. Pidió una cerveza y apenas la recibió volteó a verme y dijo:

―Los hombres que no saludan son como animales; buenas tardes, joven. 

―Estoy de acuerdo con usted; buenas tardes, ¿cómo le va? ―le contesté siguiendo el juego. 

―¿Sintió el temblor de hoy en la madrugada?; estuvo fuertecito el condenado. 

―La verdad que no me di cuenta, pero recuerdo el terremoto de 7.2 de hace unos años ―le respondí dando pie a que la conversación continuara.

―No me recuerde ―dijo visiblemente emocionado―, fue un domingo terrible. En esos años vivía en un rancho donde sembraba trigo. Inició el temblor y mi hijo de seis años vio que la tierra se abría y se tragaba al caballo que teníamos en el patio. Cada que se acordaba de la escena vomitaba; hasta lo tuvimos que llevar con el psicólogo porque no se componía de la impresión.

―¿Qué le pasó al caballo?, ¿sobrevivió? 

―Pues se fue entre la tierra, pero no se murió y como no podíamos sacarlo agarré mi rifle y le di dos balazos en la cabeza; el pobre estaba sufriendo. No me acostumbro a decirlo, pero maté a un caballo. ¿Usted qué andaba haciendo ese día?

―Venía llegando de un fin de semana en la playa. Estaba haciendo semáforo en un bulevar cuando el terremoto comenzó y el paisaje se hizo como de chicle, como si la ciudad se estuviera derritiendo. Era tan fuerte el temblor que pensé que el pavimento abriría la boca y se tragaría al auto conmigo adentro; estaba seguro de que moriría ―le respondí tratando de dar mi mejor descripción del momento vivido.

Brindamos chocando los envases de cerveza y dimos un largo trago buscando recuperar el aliento; estábamos hermanados por una misma catástrofe, éramos hilos de una misma trama. En un bar uno puede compartir todo tipo de historias con extraños y después de unos minutos cortar de tajo el diálogo para siempre; así fue esta vez. 

Como en una obra de teatro que va sumando nuevos personajes, un gringo cincuentón, de camiseta de tirantes, bermudas camuflajeadas y sandalias negras, hizo su aparición. Venía de la calle y en la mano derecha cargaba un cono con nieve de fresa que lamía con insistencia. Una de las meseras pasó junto a él y le dijo, entre coqueta y burlona: “¡Uy qué barquillote! El gringo no entendió el comentario y antes de irse a sentar pidió un whisky. Varios minutos estuvo absorto e inmóvil; su interior en ese momento, al parecer, era un pozo oscuro e interminable. En uno de los muros, junto a su mesa, colgaba un póster de un torneo de carambola celebrado tiempo atrás en el Club París, de Hermosillo, Sonora. La imagen para anunciar el torneo de ese año, a manera de homenaje, era el rostro sonriente de Luis Donaldo Colosio Murrieta; un candidato a la presidencia de México a quien, tres décadas atrás en Tijuana, le volaron la cabeza de un balazo con un revolver. 

Cuando terminé mi quinta cerveza pedí la cuenta. Antes de marcharme vi al señor de sombrero vaquero echar monedas y elegir canciones en la rocola. Pensar en la sangre de la cabeza de Colosio volando por el aire, me hizo recordar nuevamente a Willy y lo que debían hacer cuando, en la base militar, caían bombas afganas. Para escapar de la explosión, dado que las bombas no caen dos veces en el mismo lugar, los soldados corrían precisamente a donde ya había caído una, de esa manera se salvaban de no volar en mil pedazos, según las palabras, exactas, de Willy. Él pudo ser un poeta de no haberse ido a la guerra a disparar. ¿No es acaso, volar en mil pedazos, una frase que raya en lo poético?

Por Jorge Damián Méndez Lozano

Sobre la autora / autor

Nació en Mexicali. Siente una profunda emoción por la noche, los excesos y la comida china consumida en la madrugada dentro de alguna fonda oriental. Mientras mastica le gusta escuchar, sin entender nada, el mandarín o cantonés en que se comunican los propietarios con los cocineros. Ha colaborado en el semanario Siete Días, en el periódico El Mexicano y en las revistas Generación, Diez4.com y Vice.com

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