Juraría el editor que el autor se convirtió en trailero…
Es la historia de siempre, una vaca escapa de un corral y se detiene sobre la carretera hasta que un conductor choca contra ella. Coyotes, mapaches y zorrillos he atropellado accidentalmente; casi siempre de noche porque es cuando salen a cazar o buscar carroña. Con vacas no he tenido incidentes, pero tengo una anécdota. Soy trailero y una mañana conducía por el desierto. A través de la llovizna miré un camión junto a un grupo de personas que rodeaban algo. Detuve la marcha y observé. Una vaca había sido embestida por el camión. Con cuchillos y machetes, hombres, mujeres y niños, le cortaban carne al filete de quinientos kilos. Todo era motivo de festejo: la sangre en el pavimento, la cabeza del animal desprendida por el impacto, el rojo brillante en manos y ropa, el guion cotidiano roto. Les saqué la vuelta y seguí mi camino.
Ciertos temas dentro del gremio preferimos no tocarlos. Por ejemplo, el tema de que, en ocasiones, cuando atravesamos una ciudad en medio de la oscuridad, no vemos si un borracho o vagabundo está tirado sobre la carretera. Y si alcanzamos a verlos no podemos detenernos de golpe porque provocaríamos un accidente. En algunos casos eres el segundo vehículo en pasar por encima del cuerpo, pero en otros, ocho más ya lo hicieron. Ese tema siempre me hace recordar el desastre de betún, rojo y blanco, que hice en una fiesta infantil cuando pisé por error un pedazo de pastel tirado en el suelo.
Pero matar, arrancar la vida, es lo más horrible que me ha sucedido. Fue al inicio de este trabajo, dos años atrás. Llegué a un retén militar en el desierto de Mexicali y una larga fila de camiones, sobre el carril derecho, esperaban ser inspeccionados. No llevaba carga, porque apenas iba a recogerla, y pude continuar sin detenerme. A lo lejos vi a un chofer que se había bajado de su trailer para hablar por teléfono y estirar las piernas; se atrofian luego de varias horas sentado. Voy aproximándome, sobre el carril central, y al verme trata de irse al camellón, pero un autobús de pasajeros estaba rebasándome por la izquierda e intenta devolverse a su trailer. Terminé impactándolo. Entré en shock y comencé a gritar. Bajé y aún estaba vivo quejándose del dolor. Llamé al 911, pero la ayuda médica tardó demasiado. Murió a los dos días. Cuando conocí la noticia rompí en llanto.
Nunca imaginé que sería trailero. Estudié diseño gráfico y por el trabajo de mi esposa tuvimos que cruzar la frontera para vivir en El Centro, California. No encontré empleo en diseño y un amigo que conduce camiones, de Tijuana a Los Cabos, me recomendó tomar clases de manejo para salir del apuro económico. Entré a una escuela y en seis meses me gradué y conseguí trabajo. El cambio fue brutal, pasé de trabajar en una oficina de la policía mexicana, donde sólo me movía del escritorio para servirme café, a conducir un trailer de sábado a jueves por la costa oeste atravesando desiertos y bosques.
eructando sin misericordia
Las compañías de transporte estadounidenses no te mandan a conducir en solitario las primeras semanas, te envían con un conductor experimentado. Y el experimentado resultó una bestia que manejaba descalzo, se sonaba los mocos sobre el volante y no se bañaba ni se lavaba los dientes muy seguido. Dos semanas me bastaron para odiarlo y entender que la soledad del camino es mejor; aunque la soledad, en ocasiones, es traicionera y te hace tomar decisiones equivocadas. Una noche que la bestia conducía, eructando sin misericordia una orden de pollo frito, intentaba dormirme con una pregunta rebotando en mi cabeza: «¿Cómo acabé en otro país dentro de un camarote del tamaño de un refrigerador?» Los ojos se me llenaron de lágrimas.
Luego de un mes transportando tinas de hidromasaje, de Brawley a Portland, me libré de la bestia y comencé a cruzar la frontera a México para recoger colchones que llevaba al estado de Washington. Fue en el cuarto viaje cuando atropellé al chofer y dio inicio el trauma que me llevó a terapia psicológica; soñaba que el difunto lloraba lágrimas de aceite rojo mientras suplicaba mi ayuda; hasta pedí a la compañía que me moviera de ruta unas semanas. Cuando volví a la ruta tuve la mala suerte de hacer fila junto a una cruz de madera colocada en memoria del que maté. Recuerdo mirar de reojo la cruz y sentir una taquicardia, como si me dieran muchas pataditas en los pectorales. Varios pares de jugosas lágrimas rodaron por mis mejillas.
Una madrugada conducía por la carretera y vi una estrella fugaz caer del cielo, cuando desapareció alguien me miraba desde el camarote y escuché que decía: “»Hey, disculpe, señor, señor, aquí estoy». Sin voltear contesté: «Déjame en paz, cabrón, ven, siéntate a mi lado para que me hagas compañía, pero deja de asustarme». Le platiqué a mi esposa lo sucedido y se le ocurrió una solución: un perro de peluche que colgó en el camarote, así cuando escucho que me hablan volteo y miro al perrito y no a un fantasma. Un colega que me vio muy afectado tuvo el detalle de regalarme una estampita de San Judas Tadeo; según él, ese santo es el intermediario de Dios entre el cielo y la carretera. No creo en santos, pero nada pierdo llevando uno en la cartera.
―No te agüites, él tuvo la culpa porque se atravesó; tú ibas manejando bien ―me dijo un compañero de trabajo.
—¿Cómo no voy a sufrir?, era una persona no un perro ―le contesté; aunque tampoco hubiera querido matar a un perro.
Un trailero con experiencia en el camino me dijo: «Llévale un par de veladoras y habla con él para que te deje trabajar; es un alma que anda navegando en la carretera». Le hice caso, por eso estoy aquí en el desierto frente a la cruz prendiendo veladoras y unos inciensos de copal. Por eso le estoy suplicando: «Señor, por favor, permítame trabajar y deje de meterme miedo, usted tuvo la culpa por atravesarse; aparte, nunca lo abandoné, estuve a su lado hasta que llegó la ambulancia».
En unas horas cruzaré la frontera para llevar más colchones de cama a Washington; son veintidós horas, pero solamente tengo permitido conducir nueve sin detenerme; más horas sería peligroso por la fatiga. En los viajes escucho música y pienso tonterías, pero en algún momento comienzo a quedarme dormido y debo gritar, cantar y jalarme los pelitos de la nariz con unas pinzas para cejas. Muchos traileros, para espantarse el sueño y andar acelerados, toman anfetaminas que consiguen en clínicas para la obesidad; hasta el hambre se quita con esas pastillas, pero nos hacen antidoping y puedes perder el trabajo; ni mariguana me permiten fumar y eso que es legal en California.
Una costumbre que tenemos entre los traileros, cuando el sueño nos está venciendo, es pedir raite: hablamos por el radio CB ―Citizen Band― para que alguno platique con nosotros y nos ayude a mantenernos despiertos. «¿Hay alguien ahí que me copie?», preguntamos. Nunca sabes quién te contesta ni dónde está, puede andar en una carretera de Los Ángeles, San Francisco o Las Vegas, pero en solidaridad siempre alguien habla contigo sobre el tema que sea. A veces la plática se prolonga entre dos choferes y deben liberar el canal cinco y pasarse al número ocho. Hablando por el radio he hecho amistades; vas platicando con un camionero desconocido y si anda cerca de la ruta te pones de acuerdo para tomar un café o cenar. Otra cosa que hacemos, para no entrar en un microsueño y salirnos del camino, es irnos pasando información sobre lo que va sucediendo en la carretera. «El de la Budwaiser que viene atrás de mí, abusado, hay un indigente caminando por la orilla de la carretera». O también: «Los que se van acercando al cerro pónganse truchas, hay ganado cruzando el asfalto».
Meses atrás viví una experiencia espeluznante. Conducía por un bosque en Salem y se me cerraban los ojos. Pedí raite y un conductor estuvo hablándome, en algún momento dijo que venía atrás de mí y para confirmarlo hizo cambio de luces que vi por el retrovisor. Pasé una curva y me detuve en un área de descanso para saludarlo. Jamás apareció y tampoco se regresó porque no había retorno. Se esfumó. Platiqué lo sucedido a unos veteranos y me dijeron que no era el primero en hablar con el señor de acento texano que murió atropellado por otro trailero. Según los compañeros es como una leyenda. No creo en la existencia de fantasmas, pero comienzo a hacerlo.
Soy casado y padre de familia, pero tengo una fantasía sexual: cogerme a una prostituta de carretera. A veces, estacionado en alguna zona de descanso, estoy medio dormido en el camarote y escucho que tocan la puerta del trailer; sé que es para ofrecerme sexo, pero es peligroso abrir por dos razones. Razón uno, que la prostituta sea una policía encubierta; la prostitución es ilegal en esos sitios. Y dos, que en realidad sea una trampa para que abra, me asalten y asesinen. Hace poco vi una película de una asesina serial y prostituta que mataba traileros que abordaba en las carreteras gringas; Monster se llama la movie.
Todavía no me atrevo a contratar una prostituta, pero sé que la nostalgia de estar lejos de casa y la soledad de la carretera serán más fuertes y me orillarán a pagar cien dólares de caricias. Últimamente, por cualquier detalle o situación, siento muchas ganas de llorar. Desde que soy trailero me he vuelto muy sentimental.


