El ¿polémico? regreso de Salvador Alejandro a esta pacifista casa editorial en un día tan señalado como este…


La primera vez que escuché sobre Palestina fue en 2005. Era una tarde de sábado. El cielo de Nogales, Sonora, lucía entre azul y ámbar. Recién había comprado el último ejemplar de la revista Virus, una entrega mensual enfocada al universo del graffiti que en esa ocasión presentaba un artículo sobre el trabajo de Banksy en el West Bank. 

La segunda vez que escuché sobre Palestina fue a través del rap. El grupo puertorriqueño Intifada tiene un track homónimo, que abre con los siguientes versos:

De los hijos de Mohamed, él era el último en la línea, 

del unigénito la Palestina 

casas vecinas le cerraron las persianas 

la alcoba suya era el desierto, era su almohada

Durante décadas la circunstancia palestina ─colonialismo de ocupación por desplazamiento─ importaba poco y a pocos. Israel ni siquiera acaparaba el foco reflexivo en temas de seguridad y vigilancia. Posicionarse a favor o en contra del proyecto sionista implicaba ciertos cuestionamientos de vez en cuando. La mayor parte del tiempo Palestina sonaba como un caso ajeno, mistificado por el manto de un conflicto religioso, milenario, entre árabes y judíos. 

Para algunos, empatizar con Palestina sucedió como una práctica ética dentro del hip hop. Nuestra sensibilidad no ocurrió a través de videos de TikTok, reels de Instagram o cualquier ejercicio de visualidad viral. Es una diferencia sustantiva, pues el impacto de las imágenes moviliza una carga afectiva que no necesariamente asume una carga política consustancial concreta. Se condena el genocidio porque se rechaza el asesinato sistemático de personas inocentes. Una condena que no desborda el rechazo específico de un proyecto colonial, imposible sin el apoyo de Washington. Ello abre la puerta para una serie de formulaciones que tienen como fin empantanar la discusión, estigmatizar el apoyo a Palestina y, en resumidas cuentas, extender la Hasbará como un instrumento de coerción de la opinión pública. 

La enésima vez que escucho hablar de Palestina, sobre todo este siete de octubre, rememorando la incursión de Hamás, no puedo sino voltear hacia aquella tarde de 2005, a bordo del viejo puck up de mi padre, cuando, emocionado, el hombre me decía que hiciera graffiti en el muro que divide Sonora de Arizona, sin importar cuándo ni cómo.

Antes de la vacua viralidad, hablar de Palestina era enfrentarse a un campo de vacío imaginario. Las personas actuaban con sorpresa, un tanto contrariadas, al escuchar el clima y curso coloniales. ¿Cómo podía ser posible que en nombre del judaísmo, la Shoah y el antisemitismo se brutalizara de forma tan sádica a una población que, de forma paradójica, resultaba la síntesis de las identidades semitas en dicha región?

Durante muchos años fui sionista liberal. Me oponía a la ocupación y la violencia sistemática ejercida, pero defendía el camino de los dos estados como solución democrática occidental. Aplicaba el vicio moral que veo reproducirse con impunidad pasmosa en estos días: condenar toda violencia para sostener un valor moral inmaculado. El narcisismo epistémico está cumplido.

No sé si Palestina sobrevivirá esta noche de exterminio. Lo que sí puedo categorizar es la pregunta que un día me enseñó el grupo de rap palestino-israelí DAM: ¿Min Erhabi? Significa, ¿quién es el terrorista? Estoy seguro que durante este mes se revivirá el ciclo de imágenes tremendistas, los combatientes disparando a colonos, el llanto y dolor sionistas, los llamados a una negociación, Hamás Jamás, el cuento mediático de los bebés cercenados y todo el cúmulo de mistificaciones para volver la complejidad árabe una sola cosa.

Lo único cierto en esta historia reciente es que una agente de seguridad israelí advirtió, mucho antes del siete de octubre de 2023, movimientos y ejercicios poco comunes por parte de Hamás. Los servicios de inteligencia egipcios entregaron un reporte a la administración Netanyahu, alertando de una posible ofensiva a gran escala. 

La agente israelí, al ser ignorada por su supervisor inmediato, llevó su reporte hasta el director de vigilancia y seguridad. Pero no hizo caso. El festival se movió cerca de la franja, una semana antes del atentado. 

Ese siete de octubre los propios colonos pidieron auxilio, que tardó más de una hora en llegar. Cuando lo hizo, implementó la directriz Aníbal.

Condenar el genocidio es el inicio de una toma de conciencia. Sin embargo, la condena debe ir siempre acompañada de un profundo cuestionamiento. ¿Quién se benefició al ignorar las escalaciones y los reportes de seguridad? ¿A quién le convenía dilatar los mecanismos de respuesta ante una eventual penetración armada en los territorios ocupados? ¿Quién se beneficia, en la actualidad, de la espectacularización del genocidio?  

Evidenciar al proyecto sionista como lo que es, una captura del crisol judaico, su capitulación colonialista y su cooptación simbólica y teológica, es evidenciar una zona de interés imperialista que toma los proyectos de contrainteligencia, seguridad, vigilancia fronteriza, guerra cognitiva y psicológica, de usurpación de recursos críticos, de normalización de delitos sexuales, de retóricas arabófobas, y contemplar cómo cada una de estas tecnologías de dominio delimita y confluye en nuestra vida. 

Quienes hemos vivido en la frontera sabemos que una empresa israelí, Elbit Systems, dotó no solo de infraestructura sino de un poder de letalidad al gobierno de los Estados Unidos para “controlar y contener” el flujo migratorio. Sabemos que las policías municipales y estatales son entrenadas por instructores israelíes, especialistas en contrainsurgencia y tortura. En medio de esta mar de violencia múltiple y de opacidad institucional, el siete de octubre alcanza el realismo de una fecha donde explotó la presión ejercida sobre las humanidades palestinas. ¿Debió Hamás abstenerse y optar por un ataque simbólico? No lo sé. Lo único que sé es que en 2018 la Marcha del Gran Retorno, que tenía como destino el cerco de Gaza, fue una demostración pacífica, contestada con fuego letal. 

Que no sean violentas, que perdonen y sanen, que mueran de forma digna, pero pacífica.

El escritor Mohammed El-Kurd tiene razón cuando denuncia que los liberales exigen que las víctimas de un genocidio se comporten de acuerdo a manual. Que no sean violentas, que perdonen y sanen, que mueran de forma digna, pero pacífica. Palestina es un campo de excepción moral. Uno donde se puede relativizar el derecho a la legítima defensa, circunscrita en un espacio exterior al Derecho internacional. Se tolera que Hamás lance cohetes, siempre y cuando no generen bajas. Se tolera que niños y mujeres lancen piedras, siempre y cuando no inhabiliten a soldados de las fuerzas de ocupación. La moral occidental tolera que la víctima de un proceso de desposesión llore, pero su rabia está prohibida. En simultáneo, se reflexiona sobre la empresa colonial europea y su imaginario tóxico. Se repiensa el museo, la literatura, el archivo, la migración, el multiculturalismo pero el genocidio, ese no se repiensa, se relativiza. 

Mañana se repensará el borramiento del pueblo palestino. Se convocará a coloquios, se instaurará un memorial alternativo, el sionismo reconocerá ciertos excesos y pedirá disculpas, nacerá una filmografía que romantizará la lucha, el siete de octubre será rescrito en las conciencias occidentales y plasmaremos una página en la sección de ambigüedades históricas donde concluiremos que las agencias religiosas, devenidas en identidades étnicas como ciudadanías de Estado, resultaron una muy mala idea. Diremos, ni Shoah ni Palestina, nunca más. O, ¿acaso lograremos signar esto de otra forma en la historia? 

1947, 1948, 1956, 1959, 1967, 1973, 1979, 1982, 1987, 1993, 1995, 2000, 

2001, 2002, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, 2011, 2012, 2014, 2018, 2021, 2022.

Pero

7 DE OCTUBRE DE 2023.

Imagen de ISIS by Reuters, 2014

Sobre la autora / autor

Nogales. Hiphóplogo. salvadoralejandrocontacto@gmail.com

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