A las madres que buscan a sus hijos. Que les sea concedido hallarlos.

Sólo debe haber algo peor que la muerte de un hijo o de una hija: su desaparición. No puedo, por más que intente, imaginar el vacío absoluto, el agujero en el pecho después de un disparo letal que, sin embargo, no termina de matarte, el sinsentido de seguir aquí, muerta en vida, sin fuerza, sin ánimo, sin algo que te haga levantarte de tu cama cada día, ¿para qué? 

Es curioso como hay un adjetivo para quienes pierden a sus esposos o esposas, a sus padres o madres, pero no para quienes pierden a sus hijos o hijas, y si no lo hay es justo porque lo natural es que las madres y padres deberían morir antes que ellos. 

y no estoy hablando de la madre abnegada, sumisa y mártir

Las madres vivimos para nuestros hijos y no estoy hablando de la madre abnegada, sumisa y mártir, sino de cualquiera que sea madre y quiera a sus hijos o hijas. Cualquiera que haya desarrollado el instinto materno natural de proteger a los suyos.

Cuando parimos, las mujeres lanzamos un grito primigenio, como salido de las entrañas de la tierra, de esa misma tierra a la que habremos de volver todos algún día, pero a la que no deberíamos volver después de nuestros hijos, pues eso es anti natural. Sin embargo, si sufrimos el dolor terrible de perderlos antes de tiempo, al menos nos queda la certeza de que murieron y de que les dimos una despedida digna y de que, si somos creyentes, habremos de volver a verlos.

Pero cuando una madre tiene una hija o un hijo desaparecido, vive en una especie de limbo, desorientada, pierde la brújula y no hay algo que pueda señalarle el rumbo. Y entonces, a ciegas, con otras madres como ellas, coge por inercia un pico y una pala y empieza a escarbar como autómata y entonces la tierra, cada palmo escarbado, es la posibilidad de hallar un indicio, algo, cualquier prenda puede significar una esperanza.

La desaparición es peor que la muerte y es macabra porque no hay evidencia, no hay certeza, no hay algo terminado, un final, aunque no sea un final feliz. No se puede llorar a los muertos porque no se sabe si lo están. 

Y en este escenario dantesco, en donde las madres deben hacer un esfuerzo descomunal para seguir vivas, sólo tienen un propósito, el de hallar a sus hijos o hijas, y ese sólo objetivo las mantiene de pie. Se me vienen a la mente los versos de Miguel Hernández:

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
q
uiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Hace unos días la presidenta visitó Sinaloa y habló de los progresos del estado en materia de seguridad y mientras ella daba su discurso frente a sus “focas aplaudidoras”, asesinaban a puñaladas en su casa a una joven madre buscadora, Rubí Patricia Gómez-Tagle, quien llevaba meses buscando a su hijo desaparecido junto al colectivo “Corazones unidos por una misma causa”, uno de los grupos de madres buscadoras que hallaron a los mineros de la Concordia, ahí mismo, en Sinaloa. Las madres huérfanas de hijos, haciendo el trabajo que le corresponde al estado, a un estado, así con minúscula, corrupto, cómplice del crimen, y enemigo de las víctimas. 

Yo no sé qué más debe suceder en México para que todos salgamos a exigir justicia, para paralizar el país de una buena vez hasta que el gobierno reaccione y haga lo que debe hacer, proteger a sus ciudadanos, procurar su seguridad, su bienestar, su integridad. Se le rompe a una el corazón al ver a la presidenta sonriendo halando del concierto de Shakira en el Zócalo y más triste, ver a miles de personas bailar y cantar extasiados como si nada estuviera sucediendo. Es como si viviéramos en mundos alternos, uno en donde todo es motivo de celebración y fiesta, y otro en donde todo es motivo de luto, de desamparo, de desolación.

el gobierno que nos merecemos

Yo creo que los mexicanos tenemos el gobierno que nos merecemos y que el machismo criminal, tan arraigado en nuestra cultura, no es exclusivo de los hombres, sino de las mujeres que lo solapan, como nuestra presidenta que no por ser mujer y madre ella misma, siente la más mínima empatía con las madres buscadoras. Es muy triste ver cómo a un criminal causante de tantas muertes, de tanto dolor y de tantas desapariciones, se le concede un funeral digno, mientras que a sus víctimas, no se les puede siquiera encontrar. Y más triste, la cobertura mediática que se le da a ese espectáculo morboso y no a seguir paso a paso la ruta de la desolación, la de las madres buscadoras.

Las madres que buscan con pico y pala a sus hijos bajo un sol abrazador, son el rostro más oscuro de un país que revictimiza y las abandona a su suerte y les niega la posibilidad de hallar justicia archivando sus expedientes o extraviándolos bajo un manto de burocracia y de impunidad ante la mirada indolente de una sociedad que cada vez se deshumaniza más y que cada vez se vuelve más estúpida y enajenada porque prefiere ignorar la horrible realidad del país en el que vive y que todos hemos contribuido a crear con nuestra indiferencia y nuestra falta de compromiso con la paz, con la justicia, con la verdad. 

Sí lo es cuando vives en México

Mientras escribo esto, pienso en mi hijo. Hace un par de horas, después de comer juntos, lo despedí con mi bendición y salió hacia la escuela. Cada vez que eso sucede, me quedo angustiada e inquieta y sólo espero su mensaje avisándome que llegó bien. Eso no es normal, pienso. Pero luego me contradigo. Sí lo es cuando vives en México. El único país del mundo en donde te asesinan por buscar a tus hijos. El único lugar en el mundo donde las madres mueren antes de que las maten. Mueren víctimas no sólo del dolor de no saber de sus hijos, sino de la indiferencia de la sociedad y de un estado fallido, corrupto, y cómplice de sus verdugos.

Por Teresa Padrón Benavides

Hermosillo, marzo de 2026

En portada, fotografía de Chris Noyola / Border Zoom

Madre de desaparecido se manifiesta durante conferencia de Claudia Sheinbaum en Tijuana y exige resultados.

Sobre la autora / autor

Teresa Padrón Benavides (Matamoros, 1967) es Licenciada en Traducción por la UABC, casi Licenciada en Letras Inglesas por la UNAM y próximamente Licenciada en Literaturas Hispánicas por la UNISON.

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