“El saber de mis hijos, hará mi grandeza”
Lema de la Universidad de Sonora
Durante casi tres años, hace más de 25, me dediqué junto a mi esposo a la edición de libros. Es un trabajo meticuloso, arduo, demandante, pero hermoso y gratificante, sobre todo cuando uno tiene por fin en sus manos el producto terminado. Es como acariciar la gloria. El proceso de selección de la tipografía, la corrección de estilo, la formación de planas, la elección de la portada, hasta el tipo de papel de interiores y cubiertas para finalmente (en aquella época al menos), llevar los “originales mecánicos” a la imprenta y si a uno se le permitía, contemplar los primeros pasos del proceso de impresión. El olor a tinta, a cola de pegamento, a papel nuevo, a lubricantes del engranaje de las máquinas y de los tipos móviles (a mí aún me tocó eso), es una experiencia única y un privilegio del que afortunadamente pude disfrutar.
Para ser un buen editor se debe ser un gran lector, pues es indispensable tener buen gusto y capacidad crítica para apreciar la buena literatura y así poder seleccionar lo que es digno de publicarse. Además, se debe considerar al libro como un objeto valioso no sólo por su contenido, sino como algo hermoso, suave al tacto, agradable a la vista, placentero al olfato. Es decir, los libros se deben disfrutar con todos los sentidos. Incluso el crujir de las páginas al ir avanzando en la lectura, es música para los oídos de quienes amamos los libros.
Iván Ballesteros Rojo estuvo hasta hace dos días al frente del Fondo Editorial de la Universidad de Sonora, mismo que fue creado a iniciativa suya hace un poco más de dos años y que en ese breve tiempo ha crecido exponencialmente no sólo en cantidad (5 colecciones propias, con una edición impecable, bellamente ilustradas, pulcramente encuadernadas) sino en calidad, pues pasó de ser una editorial interna (se llamaba departamento de producción editorial, aunque en realidad no producía casi nada) que imprimía básicamente folletos universitarios y revistas académicas con muy poca proyección, muy especializadas y más bien grises, a una editorial de primer nivel que ha construido alianzas con casas editoriales importantes y con instituciones como la UNAM, el Fondo de Cultura Económica, la Universidad de Texas, Librerías Gandhi, La Universidad de Copenhague, entre otras.
Además, durante su breve gestión, Iván Ballesteros y su equipo han lanzado certámenes literarios como el “Premio Nacional de Literatura Fantástica de la Universidad de Sonora” con dos categorías, la de cuento de terror y la de novela de ciencia ficción que han dado como resultado cuatro libros publicados. Ha llevado la producción del Fondo Editorial de la Unison a algunos de los eventos editoriales más importantes del mundo como la Feria del Internacional Libro del Palacio de Minería en la Ciudad de México. Le ha dado proyección internacional al Fondo no sólo publicando autores nacionales y regionales, sino de otros países y algunos ya consagrados como Enrique Vila-Matas de España y Rodolfo Fogwill de Argentina, además de reeditar clásicos de la literatura universal como El capote de Nicolai Gógol y Bartelby, de Herman Melville.
Y por si todo eso fuese poco, Iván ha conseguido para la Universidad de Sonora, su alma mater, lo que jamás se había logrado, obtener el premio “Libro del Año” que otorga la Cámara Nacional de la Industria Editorial en la categoría no ficción para Detectives de objetos, de Shaday Larios, (Ciudad de México, 1978), con una edición bellamente cuidada. Esto sin mencionar la colección Textos Académicos, que incorporó a profesores e investigadores de la Unison publicando sus libros de divulgación científica y académica y no sólo cuadernillos insulsos que, de no ser por este trabajo, se habrían quedado durmiendo el sueño de los justos entre estantes llenos de polvo.
Iván es Maestro en Literatura y Doctor en Humanidades, pero una de las cosas que más lo enorgullecen es ser profesor de literatura de preparatoria en el COBACH. Eso le llena el alma de alegría y también a sus alumnos, jóvenes que no sólo lo admiran, sino que sienten un gran cariño por él pues logra transmitirles el amor y el entusiasmo por la literatura con métodos de enseñanza poco ortodoxos, pero frescos y lúdicos, pues, al igual que muchos de nosotros, sigue siendo un “chavalo”, como decimos por acá. También les transmite su pasión por el rock, otro de sus grandes amores y les contagia la energía y vitalidad de esa música.
Iván Ballesteros es, sobre todo, un bello ser humano. Ama profundamente a su familia, y no pierde ocasión de publicar en redes sociales momentos especiales con sus niños, recuerdos con su madre, fotos con amigos y con Venecia, su compañera de vida. Ayer me enteré que fue removido de su cargo sin motivo ni explicación alguna. Me llené de asombro, rabia, indignación y coraje, reacciones que supongo sintieron cientos de otras personas que lo conocen y lo admiran no sólo como editor, sino como persona.
Todos los que tenemos la fortuna de conocerlo, lo estimamos y lo admiramos y justo por eso, levantamos la voz para protestar por una decisión injustificada y absurda que echa por tierra una labor no sólo loable sino, me atrevería a decir, monumental que ha puesto el nombre de la Unison muy en alto y que ha contribuido con ello a hacer honor al lema de su himno “del que trabaja es la virtud, del que trabaja es el honor…”. Iván ha trabajado con el corazón y el alma por su querida universidad, ahora le toca a ella ser congruente con sus principios y restituir en su puesto a Iván. Es lo justo y lo correcto.
Teresa Padrón Benavides
Estudiante de la Escuela de Letras y Lingüística de la Universidad de Sonora
