Ciudad Obregón, Sonora.-
En Sonora aprendimos poco a poco a convivir con el miedo, mucho más en Cajeme.
Primero fueron rumores, después noticias aisladas y finalmente nombres, rostros y pruebas de ADN, silencios que comenzaron a instalarse en la vida cotidiana como si fueran parte inevitable del paisaje. Desaparecer dejó de ser una palabra lejana.
Ahora tiene apellido, colonia, edad y familia, rostro de mujer y hombre, padre de familia, hijo, hija, hermana, hermano madre que busca. Madres que recorren desiertos caminos valles lomas con una pala y un pico en las manos. Padres que revisan morgues con fotografías dobladas en los bolsillos. Hermanos, madres, abuelas que siguen dejando la luz del porche encendida por si alguien regresa.
Y mientras tanto, el Estado habla. Habla en ruedas de prensa, en estadísticas maquilladas, en discursos cuidadosamente redactados donde todo parece estar “bajo control”. La simulación se volvió un lenguaje institucional y dolorosamente cotidiano.
Nos dicen que trabajan.
Nos dicen que investigan.
Nos dicen que hay avances.
Pero las fosas siguen se siguen llenando de desaparecidos y las familias siguen haciendo el trabajo que debería hacer el gobierno: buscar, responder, resolver. Quizá lo más doloroso no es la violencia. Es la costumbre. La normalización de la tragedia. La manera en que una sociedad aprende a vivir mirando hacia otro lado para poder sobrevivir emocionalmente. Como si acostumbrarnos fuera la única forma de seguir adelante.
El jueves 28 de mayo de 2026, en Ciudad Obregón, Cajeme, durante la presentación de la revista Crónica Sonora, edición número 19 dedicada a las desapariciones forzadas, volvió a sentirse esa realidad que muchos prefieren ignorar.
Arriba en video, Martha Luz Parada, impulsora y anfitriona del evento, recibiendo a las Rastreadoras de Ciudad Obregón. Abajo, en la apertura. Videos realizados por Blanca Paula Parada.

Bajo la moderación de Benjamín Rascón, fundador y editor de Crónica Sonora, el encuentro se convirtió más en un acto de memoria y resistencia y resiliencia que en una simple presentación editorial. Las panelistas Claudia Guadalupe Pérez, directora de Náinari Digital; Nora Lira, lideresa de Rastreadoras de Ciudad Obregón; y Silva Velázquez, de Guerreras Buscadoras de Cajeme, compartieron testimonios profundamente dolorosos sobre la búsqueda de sus hijos y familiares desaparecidos. Las voces de estas madres rompieron el silencio institucional al exponer el abandono, la indiferencia y el cansancio de tocar puertas que rara vez se abren. De búsquedas realizadas con recursos propios, con miedo y con una esperanza que se niega a morir. Por eso agradecieron en el alma la invitación al evento que, como he dicho, fue algo más que uno de corte editorial.
También destacó, desde el publicó, la participación del ex regidor Rosendo Arrayales, quien hizo una importante acotación sobre los acuerdos número 316 y 93 realizados durante el periodo de gobierno municipal de Cajeme 2018-2021, mediante los cuales se establecieron medidas de protección y apoyo para infantes huérfanos, viudas y víctimas indirectas de la violencia, los crímenes y las desapariciones en el municipio. Acuerdos que, remarcó, es preciso exigir su puesta en práctica pues han quedado en letra muerta tanto para el alcalde Javier Lamarque como para su predecesor Sergio Pablo Mariscal.

Muchos asistentes hablaron y cada participación dejó una serie de preguntas suspendida en el ambiente:
¿Hasta cuánto? ¿Hasta cuánto es normal? ¿Hasta cuántos desaparecidos? ¿Hasta cuántas madres buscando? ¿Hasta cuántos jóvenes arrebatados? ¿Hasta cuántos comunicados vacíos? ¿Hasta cuántos es suficiente?
Cada testimonio dejó una pregunta suspendida en el ambiente: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuánto es normal? ¿Hasta cuántos desaparecidos? ¿Hasta cuántas madres buscando? ¿Hasta cuántos jóvenes arrebatados? ¿Hasta cuántos comunicados vacíos? Hasta cuántos es suficiente?
En Sonora, muchas veces la simulación no consiste en negar los hechos, sino en administrarlos políticamente hasta volverlos paisaje. Y quizá el verdadero peligro comienza cuando dejamos de indignarnos. Cuando el horror deja de sorprendernos. Cuando la violencia deja de parecernos urgente.
Porque ningún Estado debería acostumbrarse a contar desaparecidos como si contara estadísticas. Y ninguna sociedad debería aceptar el miedo como forma cotidiana de existencia. Hoy más que nunca hace falta sensibilidad, empatía y participación social. No podemos y no debemos seguir dejando solas a las madres buscadoras ni acostumbrarnos a mirar el dolor ajeno como si no pudiera tocarnos mañana.
Es urgente que gobierno y sociedad comprendan que detrás de cada ficha de búsqueda existe una familia rota, una mesa incompleta y una vida suspendida en la incertidumbre.
La indiferencia también lastima.
El silencio también abandona.
Participar, escuchar, acompañar y visibilizar no resolverá por sí solo esta crisis humanitaria, pero sí puede devolver algo profundamente necesario: humanidad , solidaridad, hermandad, familia y empatía. Porque una sociedad verdaderamente sana no es la que aprende a vivir entre desaparecidos y caminar sobre cementerios, sino la que se une para impedir que alguien más falte.
Hoy la exigencia debe ser clara y contundente para el gobernador del estado, Alfonso Durazo Montaño, y para el alcalde en turno de Cajeme, Javier Lamarque Cano: ya no bastan discursos, mesas de trabajo, fotografías oficiales ni declaraciones de solidaridad vacías.

La crisis de desapariciones y violencia en Sonora y Cajeme ha rebasado cualquier límite moral y socialmente tolerable. Gobernar también significa asumir responsabilidades frente al dolor colectivo y dejar de administrar políticamente la tragedia. Como voto electorero.
No se puede hablar de progreso mientras cientos de miles de familias viven buscando cuerpos en el desierto en el lodo en el fango. No se puede hablar de la “cuarta transformación” mientras madres rastreadoras siguen arriesgando la vida sin protección suficiente del Estado. Cada día de indiferencia institucional profundiza la herida social. Cada omisión se convierte en una forma de abandono.
Exigimos que las autoridades dejen atrás la actitud pasiva y dejen de ignorar —o pasarse por el arco del triunfo— las leyes, acuerdos y lineamientos que existen para proteger a las madres buscadoras, a las viudas, a los hijos huérfanos y a todas las víctimas indirectas de esta violencia desbordada.
No es aceptable que mujeres agotadas física y emocionalmente estén haciendo el trabajo que le corresponde a las autoridades en turno. Buscar desaparecidos no debería ser responsabilidad de madres con palas y picos y fotografías y rosarios en las manos mientras las instituciones observan desde la burocracia y la indiferencia.
También hacemos un llamado urgente a la sociedad. No basta con compartir publicaciones o indignarse por momentos en redes sociales. Es tiempo de involucrarse, acompañar y participar activamente en los trabajos, plantones, búsquedas, jornadas y actividades que estas mujeres realizan día con día.
Porque la desaparición de una persona no debería convertirse solamente en el problema de una familia. Es una herida colectiva que nos involucra a todos. Acompañar a las madres buscadoras es defender la dignidad humana, la memoria y el derecho de cada persona a volver a casa. Y quizá el día en que la sociedad deje de mirar hacia otro lado, las autoridades también se verán obligadas a dejar de hacer caso omiso. Por todo ello, celebro la realización de este acto editorial que acabó siendo de resistencia pero también de semilla para la organización ciudadana.


