Saludamos el debut de Juan Manuel Romero Gil en Crónica Sonora, atrevida plataforma editorial que en tiempos de pereza mental y salubridad moral se arriesga con un picante y amplio texto, por cierto derivado de su reciente libro Cortar el hilo del papalote: claroscuros del sureño que vino del norte. Bienvenido y bienvenid@s 🙂
Con pies ligeros aquel joven de apenas dieciséis años regresaba esa noche oscura del mes de julio a su domicilio. Mientras caminaba, canturreaba y a ratos silbaba con regocijo desbordado el estribillo de una canción de Los Apson, que rompía récords en la radio.
Anooocheee
Yo me enamoré,
Anoche, anoche fue
Cuando de ti me enamoré
Su mente se había convertido en un disco rayado, repitiendo la pegajosa estrofa mientras caminaba esa noche oscura guiado por las estrellas como los pescadores. Con su compañero ocasional de travesía se orientaba a puro instinto pueblerino en plena oscuridad y sobrecogedor silencio, sólo interrumpido por los ladridos intermitentes de los perros. La ausencia de luz mercurial en los pocos postes que había instalados en el poblado, dificultaba el trasiego desde el burdel El Bule hacia su casa. Una parte del trayecto lo hizo en compañía de aquel joven al que tenía poco de conocer, y durante minutos no chistaron palabra. Parecían un par de criminales que habían cometido un grave delito.
Lo cierto era que entre semana nunca había regresado tan tarde a su domicilio, y menos en una noche así que convocaba a las ánimas en pena. Era la noche más negra en años lo que hacía que el trayecto se asemejara a una cueva de lobos. Después de 30 minutos de acelerada caminata, al final del arroyo se separó de su compinche con el que una semana atrás había planeado la visita a aquel lugar non sancta, pero de gran ambiente familiar. Sintió que nunca, como ese día, lo habían tratado con tanto afecto y voz enmielada. Ninguna mujer le había abierto antes sus alas de par en par como esa noche.
Para espantar el miedo de saberse solo agarró aire y pegó la carrera, cruzando el puente colgante que atravesaba el arroyo para luego subir disparado el centenar de escalones de cemento que conectaban el centro del poblado con la mesa donde estaba su colonia. Cerró los ojos, se persignó y rezó rápido un “Dios te Salve”. Sin mirar pasó a un lado del túnel donde se aseguraba que había encerrada una mujer vestida de blanco.
Al terminar de subir los escalones y sentirse a salvo intentó contemplar el mar para aumentar su gozo, pero ese día era imposible. Sin el reflejo de luz lunar, no se podía ver como en otras ocasiones la cresta de plata en las olas y sólo alcanzaba a escuchar el susurrar del mar. En cuanto sintió el primer escalón del corredor de su casa se quitó los zapatos y entró con el sigilo de un fantasma. Limpió con una felpa sus recién estrenados mocasines “Canadá” y los guardó en su caja, dentro del viejo ropero. Enseguida con pulso de relojero se despojó de calcetines, pantalón y camisa, y se dirigió al patio donde, como todos los veranos, lo esperaba un catre de lona en el que pretendía dormir plácidamente.
Su catre al igual que el de sus familiares quedaba bajo una especie de domo, que formaban los brazos frondosos de una acacia en plena floración. El perfume que emanaba de sus flores era un bálsamo en las noches en que la brisa era escasa, sobre todo en los meses caniculares del verano. Con ese escenario de por medio se acostó boca arriba, dispuesto a aspirar aquel seductor perfume que marinaba su acelerado cuerpo.
Esa noche de más de 38 grados Celsius no sintió la aflicción que provoca el calor húmedo de la costa. Ese memorioso jueves de julio, nada ni siquiera los molestos jejenes que caían como kamikazes sobre su cuerpo le habrían impedido disfrutar el placer prolongado que ya alcanzaba las dos horas. Una energía volcánica cargaba de lava caliente su humanidad. El placer que siempre es efímero se había prolongado en sus entrañas. En esas condiciones no pensaba en Manuela, su acomedida compañera nocturna.
Veinte minutos después de haberse tendido sobre el catre, logró serenarse y hacer que su pulso y respiración tomaran su ritmo normal. Ya en calma echó mano de su diario mental y se puso a recordar los pasos que habían dado él y su compañero para alcanzar ese momento de gloria. Recordó que veinte días atrás había llegado a su pueblo desde aquella ciudad del norte donde realizaba estudios de normalista. Eran sus primeras vacaciones en su pueblo después de un largo año de ausencia.
No tuvo tiempo de tirar güeva, adiós a las vacaciones. Al siguiente día de su arribo un tío, con vara alta en el sindicato obrero, le informó que en tres días comenzaba a laborar en el programa “Estudiantes trabajando en el verano”, promovido por la compañía minera. Así que un lunes muy temprano, con su bolsita de lonche y un frasco que contenía un caliente café con leche, estaba formado frente a la oficina de empleos con el resto de los estudiantes contratados.
Él y otro joven al que no conocía fueron los primeros seleccionados en “el pueble”, asignados al área de fundición donde fueron recibidos con sorna por los obreros experimentados. El mayordomo de ese lugar los mandó, casi como castigo, a hacer una zanja en un terreno que era puro tepetate. “Vayan a matar el tiempo” les dijo. Ahí comenzó la historia del jueves de esa noche de cuna de lobos. Fue ahí donde fraguaron los dos adolescentes el plan secreto que los llevaría dos semanas después a la zona de tolerancia.
Ya sobre el área de trabajo asignada, armados con pico y pala cada uno, empezaron un diálogo con cierta reticencia, pues jamás se habían visto antes. Fue al tercer día de estarse chingando con la zanja cuando entraron en confianza, contándose pequeños detalles de sus vidas. El acercamiento lo provocó ciertamente el rudo trabajo de abrir una zanja a pleno sol, donde hasta después de mediodía la pared de un edificio proyectaba una pasajera sombra, en la que se socorrían para aguantar el día. El lugar lo habían bautizado los obreros como “el emparrado”, nominación irónica por carecer de una lona o techo donde resguardarse del inclemente sol, que caía a plomo durante el largo verano. Al trabajador que mandaban a ese lugar era para pagar una falta, o bien una novatada como era el caso de ellos. Para mitigar el calor y evitar una insolación bebían agua como camellos. En pocos minutos de trabajo la camisa se les empapaba con el sudor, y había que quitársela y exprimirla cada cierto tiempo. Al segundo día de trabajo ya se les habían pelado la palma de las manos por las ampollas que les salieron con el pico y la pala.
Una media mañana de calor sofocante fueron sorprendidos por el señor de la carrucha que vendía nieve de garrafa, que le entregó a cada uno de ellos un vaso de helado de vainilla. Luego le hicieron ver que no le habían ordenado nieve y que no traían un peso para pagarla, pero que si se las fiaba las pagarían cuando cobraran su primera raya. “Muchachos, no tienen que preocuparse por el dinero, los helados ya fueron pagados”, les dijo el nevero apuntando enseguida hacia un pequeño edificio donde se llevaba el registro de las rayas semanales de los trabajadores. Ambos dirigieron su vista hacia la pequeña oficina, donde tres coquetos hombres les hacían con su mano un gesto.
–Me imagino que los conoces– le dijo el joven que estudiaba en el norte.
–No, pero a leguas se nota que son maricones. Total, no hace daño comernos la nieve, el clima y la chinga lo ameritan– respondió el otro joven, quien, por cierto, ya le había contado que era originario de Mulegé, un pequeño oasis cercano al centro minero. Le aclaró, además, que le gustaba que lo nombraran “mulegino”, en vez de su nombre de pila.
–Por cierto, ¿no se te antoja tirarte a uno de ellos? Tendríamos nieve gratis todos los días. Tengo entendido que tu barrio es tierra de mayates– le dijo el mulegino a su compañero de zanja, que le había dicho que podía decirle “normalista”.
–¡Estás jodido, aviéntatelo tú! Al fin que en tu pueblo es raro el que no tiene de amante a una chiva. Nada más falta que seas virgen. A diferencia tuya, soy cliente frecuente de la zona de tolerancia– dijo, mintiendo para salvar el brete en que lo quería meter su compañero de trabajo.
El mulegino no cejó y le respondió: “¡Estás bien jodido! En Mulegé sobran oportunidades con las turistas gringas que llegan cada verano en busca de una aventura amorosa. En cinco ocasiones he tenido relaciones sexuales”.
–Bájale a tu imaginación, al menos que tengas un harem de cabras.
–¿Sabes qué? Luego se nota que tú también mientes, así que mejor pongámonos de acuerdo y vamos una noche de estas al Bule y quitémonos las ganas y las posibles dudas sobre nuestra hombría. ¿Qué te parece si vamos ahora que nos paguen la segunda raya? Así buscamos una cariñosa que nos “robe la inocencia”, para que nadie ponga en duda tu virilidad–, le replicó molesto el mulegino.
–Me parece bien, sólo que debe planearse entre tú y yo. Que nadie se entere que pensamos ir al burdel, porque entonces la raza del barrio va a ir a hacernos la maldad de espiarnos por los agujeritos de los cuartos, ya ves que son de madera.
Durante la semana siguieron cabildeando sobre el mejor día para ir al burdel. Finalmente, se pusieron de acuerdo en que tendría que ser un jueves, porque era cuando iban las sexoservidoras al dispensario médico para una revisión general.
Sólo las que estaban bien de salud, libres de alguna enfermedad venérea, podían ofrecer sus servicios. Aunque pareciera raro, ese día bajaba la asistencia de los parroquianos, ya que a media semana escaseaba el efectivo entre los operarios, clientes asiduos al burdel.
El estudiante recordó que cuando trabajaba en un changarro del mercado público sentía un asombro especial cuando algunas de ellas al mediodía, después de la revisión médica, decidían hacer sus compras de víveres. Cuando eso ocurría algunos dueños de las tiendas se escondían o se ruborizaban cuando las meretrices los llamaban por su nombre, pues el trato personal era señal de que eran clientes frecuentes del burdel. Mientras él, por su parte, abría bien grandotes sus ojos de catota, como un lente gran angular. Es decir, mirada cinemascope, como si tuviera “ojos de pescado”, para seguir paso a paso el trajinar festivo de las meretrices por el mercado. No les perdía detalle, escuchaba sus estridentes diálogos y sus risotadas. Admiraba el notorio maquillaje sobre sus rostros, pero más llamaba su atención los vestidos cortos y de gran escote que portaban, y que le hacía suponer era el lenguaje corporal de ese tipo de mujeres.
Esa visita al mercado, que duraba escasa media hora, le provocaba mariposas y hormigas en su vientre. Ese día que llegaban las sexoservidoras a comprar, el resto de las mujeres del poblado no se paraban por el mercado, por el riesgo de ser confundidas con una de ellas. La visita de las meretrices a la plaza comercial era apenas un suspiro profundo. Cuando una de ellas compraba algo en su changarro se ponía rojo como un tomate, de pura vergüenza.
Después de contar el normalista la anécdota, el segundo punto en el que pensaron fue escoger a la sexoservidora que podía ser buena institutriz para principiantes. No les resultó difícil la decisión, ya que era de conocimiento público que había una prostituta preferida por los jóvenes, conocida como “Lucha Villa”, por su parecido con la cantante vernácula. Se decía, además, que parecía tener una misión de institutriz en el poblado, pues estaba predestinada a desvirgar a los jóvenes. También, se enteraron de que era famosa entre sus compañeras de oficio porque tenía perrito. El estudiante pensó que en todo caso debería tratarse de un perro pequeño. Con discreción se enteraron de que el pequeño cuarto en el que atendía a sus clientes era el número 10, y que el costo por visita era de cincuenta pesos. “Como eres menor de edad, llegas, haces lo que te urge, pagas, y te vas de volada”, les recomendaron los de mayor experiencia.
Con esa información quedó preparada su visita secreta al burdel. Escogieron el jueves siguiente a la tercera raya. El punto señalado para reunirse fue la esquina norte de la cuadra en donde estaba ubicado el billar central. Había que estar en el sitio seleccionado en punto de las nueve de la noche. Con una discreta señal tomarían camino a pie hasta El Bule, recorrido que les llevaba treinta minutos, pues el burdel se encontraba al fondo de la hondonada del mineral.
Caminarían por el cauce del arroyo, sin detenerse hasta topar con una cuartería alumbrada con luces mortecinas, escoltada por una cantina de mala muerte. Apenas terminaron de repasar el plan cuando se escuchó el silbato de la fundición que avisaba el cambio de turno de las tres de la tarde. Cada uno de ellos salió disparado, agarrando rumbos diferentes. El “normalista” sintió nervios, respiró profundo tres veces para calmarse, y se echó ánimos de que todo saldría bien.
Antes de irse a su casa se sentó en una banca frente al muelle, intentado ordenar su pensamiento para aclarar algunas dudas que lo asaltaban, y sobre todo ahuyentar el fantasma del pecado, que todavía rondaba su mente a pesar de haber renunciado dos años atrás a la fe católica. Como era su costumbre cuando tenía algo que lo mortificaba, fundió su vista y mente en el mar apacible que había ese día. Quería un rato de reposo para cargarse de energía y luego ir por un consejo con un bondadoso cursillista que laboraba en el almacén industrial de la empresa. Solo a él podía confiarle el acto que llevarían a cabo esa noche; lo conocía desde chamaco, pues había sido su manager en el equipo de béisbol que representaba a su colonia en la liga infantil.
En ese trance estaba cuando se le vino en mente el escarceo sexual que había tenido dos años atrás con una joven de su edad, hija de una locataria que vendía comida en el mercado. Como si estuviera viendo una película, recordó que, a petición de ella, se comprometió a pasar a su domicilio para despertarla de madrugada y así llegar temprano al mercado y conseguir la carne que requería para su fonda, pues de lo contrario, como era costumbre, recibiría en público una hondonada de insultos y jalones de greña por parte de su madre. El compromiso no le pareció de gran esfuerzo, sólo tenía que desviarse un poco de su ruta y dirigirse al caserío que había en el cerro que hacía de cauce del arroyo.
Al día siguiente, cuando faltaban 15 minutos para las cinco de la mañana, llegó bien acomedido a la casita de la Tencha Fernández. Flotando sobre la punta de sus pies, para no hacer ruido, se dirigió al segundo catre, de acuerdo con las instrucciones que había recibido de parte de la adolescente. Con una caricia suave la despertó.
En penumbras se dio cuenta que la Tencha estaba dormida boca abajo sin brasier, solo portaba una diminuta pantaleta que apenas le cubría sus partes nobles. En cuanto la despertó se puso de pie como resorte, tomó la almohada y se cubrió sus tiernos pechos. Le pidió que la esperara unos minutos, que se iba a dar un baño rápido. Llenó un balde con agua fría de un tibor que estaba en el patio y enseguida se metió a un baño a medio construir, cuyas paredes eran unas oxidadas láminas galvanizadas.
Él, por su parte, se colocó cerca del baño así podía escuchar cómo caían los jicarazos que se echaba la joven adolescente sobre su tibio cuerpo. En esas estaba: dejando todo a su imaginación, mientras el fuego se apoderaba de sus entrañas. Tardó segundos en que se pusiera su juvenil miembro como canilla de difunto. Unos minutos después con tono provocador le dice la Tencha que se asome tantito, que quiere decirle algo. Aunque no le faltaban ganas, se niega a asomarse pues temía que le saliera una perrilla en un ojo, por ver lo prohibido. Ya bañada y cambiada, el cuerpo de la Tencha olía a hierba de monte, parecido al aroma del jabón Heno de Pravia, enseguida se fueron juntos al viejo mercado.
Al día siguiente, como si fuera obra de un solo acto, la escena se repitió de principio a fin. Ese día, sin embargo, al llegar al mercado dio comienzo un segundo acto. Sin pensarlo y sin que nadie lo notará se metieron sigilosos a la pequeña bodeguita del changarro. Sin mediar palabra alguna con pasión juvenil empezaron a besarse y a tocar sus cuerpos. La calentura subió los grados en los cuerpos y cabezas de ambos. El fragor de esa batalla sexual los hizo desnudarse como si fuera un acto de magia. Él besa suvemente los pequeños y tibios pechos de Tencha, que apenas están despuntando, como dos tiernas limas chichonas. Así, pasan un rato de intenso placer. “Parecemos Adán y Eva, esto es una probadita del paraíso”, le dice ella; él le contesta: “pero no nos comeremos la manzana”, y luego ríen. Apenas quince minutos dura ese encuentro furtivo, que se repetirá durante varias semanas.
De golpe sale del limbo onírico de su memoria. Mira el reloj en la torre de la Compañía y decide que es hora de ir a buscar al cursillista Victorino Martínez. Dirige sus pasos al almacén industrial, apenas y cruza el umbral de la puerta principal se topa con el cursillista, su amigo y consejero. Victorino lo recibe con su amplia y fraternal sonrisa y un efusivo saludo. “¡Quiúbole morro, ¿qué te trae por estos rumbos?”.
El joven va al grano y le resume el plan que va a llevar a cabo esa noche con un amigo, en la que piensan visitar el Bule. Luego sorprende a Victorino con una pregunta: “¿Con las putas, se tienen relaciones sexuales igual que con las otras mujeres?”. El cursillista esboza una sonrisa, al darse cuenta de que el joven que tiene enfrente jamás ha estado con mujer alguna. La pregunta lo delata.
Como si fuera un maestro de anatomía y sexo extiende una cartulina sobre una mesa, toma el lápiz que trae en su oreja derecha y se pone a dibujar dos cuerpos desnudos. Una mujer acostada boca arriba y encima de ella a horcajadas un hombre, con ello le ilustra la postura sexual más común. “Es la pose del misionero”, le dice. “Te aseguro, que es más difícil subirse a una bicicleta que tener relaciones sexuales con una mujer”. El normalista captura la imagen de la cartulina y encuentra que se asemeja a una campamocha. Antes de retirarse escucha que el cursillista le dice: “Por lo del pecado no te preocupes, vas y te confiesa con el cura y santo remedio para la culpa. Además, hoy es un buen día, hay pocos clientes, seguro no te tocará revolver el atole”.
Empezaba a caer la tarde cuando llegó a su casa. Entra y se dirige directo a la cocina, donde su madre le ha preparado un asado de res, su platillo favorito. Sin darle detalle le avisa que esa noche irá a una fiesta muy especial, así que le pide le planche el mejor pantalón y una camisa de las nuevas. “Es que voy a ir a echar novio con una damisela, que vive al otro extremo del pueblo, más allá de Ranchería”, le dice a su progenitora, quien le hace un gesto como diciéndole “allá tú”. Al terminar de comer, va al patio y le monta tres veces a su bicicleta. Luego se dirige a su cuarto, donde levanta el mullido colchón de su cama y saca tres revistas de Playboy. Las ojea al azar, se fija en las fotos de las rubias anglosajonas. Todas ellas despampanantes, con pechos grandes y sus alas abiertas. Piensa que así estará la “Lucha Villa” esa noche que los reciba para darles el bautizo sexual.
A las siete de la tarde empieza alistar su salida. Abre la llave de paso para que se llene el tinaco del baño, saca del viejo ropero familiar sus zapatos nuevos para estrenarlos esa noche, y sobre la cama coloca sus mejores calcetines y unas trusas nuevas. Entra al pequeño baño, abre la regadera, y frota su juvenil cuerpo con la espuma de un jabón gringo que tiene de logo una palomita. En tres ocasiones se enjabona, mientras entona pequeños fragmentos de canciones que están de moda en la radio. En su cuarto termina de secarse. Se pone suficiente desodorante Old Spice en sus axilas que ya pintan vello. Luego mucho talco Menen entre los dedos de sus pies. Se viste y se peina en el espejo del viejo ropero, colocando en su cabeza unas gotas de glostora para aplacar su rebelde remolino. Luego, saca su colonia english leather, que, para que no se le acabe sólo la usa en momentos especiales. Juzgó que ese día lo ameritaba, lo mismo que sus mocasines que le habían costado media raya semanal y que tenía reservados para el primer día de clases en la Normal.
A las ocho y media de la noche ya está listo para su cita. Pretende ser puntual para no quedarse vestido y alborotado, y encamina sus pasos hacia el punto de reunión acordado con el mulegino. Al terminar de bajar la cuesta que conectaba su colonia con el “dawn town”, hizo una pausa en su marcha hacia el billar, encaminó sus pasos rumbo hacia una conocida casa del arroyo. No se trataba del domicilio de la Tencha, sino el de una mujer regordeta con pelo pintado de rubio que pisaba las cuatro décadas de edad. La razón de esa visita estaba en el subconsciente del joven “normalista”. La mujer a la que fue a buscar antes de ir al burdel había sido cliente frecuente en el changarro donde había trabajado antes de irse a estudiar al norte. Bajo cualquier pretexto lo acosaba y trataba de seducirlo con caricias en el centro de gravedad de su cuerpo. Más por pudor que por falta de ganas nunca cedió a ir con ella al baño público del mercado, así que sutilmente fue a decirle a donde iba esa noche y mostrar con ello su heterosexualidad en aquel pueblo lleno de mariposas. Saldada la duda, que seguro había quedado en pie en la mente de la mujer, se dirigió al billar, a donde llegó con puntualidad cronométrica.
El par de adolescentes llegaron al burdel unos minutos antes de la diez de la noche. El ambiente era soso, por no decir lánguido. El “normalista” y el mulegino, como si fueran clientes con experiencia echaron un ojo dentro de la cantina. Un par de borrachos estaban apoderados de la rockola y seleccionaban puras canciones para el desamor que cantaba con su voz grave y ronca Chavela Vargas. Cuando vieron que el policía de turno estaba distraído en íntima plática con la única prostituta que había en la cantina, decidieron que había luz verde para ir al cuarto número 10. Por un volado que echaron, el mulegino sería segundo en entrar con la “Lucha Villa”.
Frente a la puerta del cuarto, el normalista respiró profundo tres veces, alistó sus nudillos y dio tres toquidos. Desde adentro una voz suave lo invitó a pasar. Enseguida giró la oxidada perilla de la puerta y entró a la pequeña habitación. Lo primero que vio fue a la Lucha recostada en la cama, cubierto su cuerpo por un camisón transparente por el que se avizoraban sus pechos y un vello púbico negro y frondoso. Antes de decir palabra buscó en el pequeño espacio al perrito, pero no lo vio por ningún lado. Luego percibió un aroma agrio que mezclaba un perfume barato con el sudor del día. Pensó que acaso eso atraía a los hombres, y que por eso era la sexoservidora con más parroquianos.
– ¿Es la primera vez que vienes al Bule? – le pregunta la dama, con el tono de una mujer con gran experiencia en el trato con principiantes.
–No, he venido varias veces– responde con voz titubeante.
–Está bien, vete quitando la ropa, que se hace tarde y te echarán de menos en tu casa.
Nervioso se quita toda la ropa, dejándose los zapatos puestos.
–Ven móntate, pero quítate calcetines y mocasines. Aquí nadie te los va a robar– dice dándole las instrucciones con la experiencia de una directora teatral.
–Ah, sí, es cierto, no me di cuenta de que los traigo puestos– le contesta mientras observa sus pechos y su rostro. La encuentra de estatura baja, con cabello chino, y a diferencia del humor ambiental no huele mal. Predomina el olor a jabón de tocador.
Se monta en la Lucha Villa, recordando el dibujo que le hizo su amigo el cursillista. Desesperado se prende de sus redondos pechos. Nota que son más grandes que los de la Tencha y sus pezones parecen dos tostones de esos viejos de cobre.
–Eres un becerrito, lepe…
En seguida, la Lucha inicia una acelerada rotación de su cadera, lo que le hace imaginar que va montado más que en una bicicleta en una yegua bronca. No le queda de otra que dejarse conducir por tan experimentada tutora. Un ruidoso abaniquito le avienta un aire que le refresca el sudor que corre sobre su espalda, un ligero alivio en esa noche de calor húmedo. Al mismo tiempo, nota que en su cuerpo hay una sensación rara, parece haber entrado en una zona de columpios que le provocan un hormigueo incontrolable. Los intensos movimientos de rotación de la dama, le recuerdan el movimiento que hace la cola de una cachora cuando se la cortan. Por segundos se olvida del perrito y su posible ataque por la espalda. Ella le advierte que no se baje, porque es el turno del perrito. Él ya no tiene el mínimo control de la situación, así que se le entrega para recibir el mejor regalo, unos segundos de efímero placer gracias al perrito que lleva en sus entrañas la talentosa dama.
Terminado el acto se viste con prisa, sin ocultar un ligero temblor erótico que sacude su cuerpo entero. “¡Puta madre!, alguien me hubiera explicado que esto es como alcanzar la Gloria”, balbucea. Antes de salir de la habitación observa cómo, sin pudor, ella se introduce una lavativa. Al momento de entregarle el billete de cincuenta pesos le pregunta su verdadero nombre. Ella se acerca al oído y se lo dice en tono bajito, y luego le da un beso en la mejilla a manera de bendición.
Al terminar de recordar empieza a quedar en manos de Morfeo, un sueño acelerado por las emociones incontroladas que ha vivido, más el dulce efecto terapéutico que emana de la acacia. Sus párpados ya no le responden, a pesar de que quiere prolongar el recuerdo vivo de su encuentro con la dama del perrito. Cuando siente que está a punto de entrar en el umbral absoluto del sueño, siente una mano suave sobre su cabeza, y luego una voz maternal le dice que se meta a bañar y que orine lo más que pueda, agregando un consejo proverbial: “nunca menciones el nombre de la mujer con quien tengas una relación amorosa, tampoco des detalle de lo que haya ocurrido entre cuatro paredes”.
Después de cinco décadas de que ocurrieron los hechos aquí narrados, no había olvidado a la mujer que lo condujo con maestría en su iniciación por los linderos de Eros. Menos olvidó su verdadero nombre. Quedó encriptado en la estrofa de pegajosa y rítmica canción que dice…
Y puedo cambiarte el nombre
Pero no cambio la historia
Te llames como te llames
Para mí, tú eres la Gloria
Eres secreto de amor (secreto)
Eres secreto de amor…

