Alejandro González Iñárritu regresa al cine con una película que, como buena parte de su filmografía, parece empeñada en llevar al espectador hacia terrenos incómodos, aunque esta vez lo hace por un camino mucho más irreverente y desconcertante. Desde Amores perros (2000), aquella película que puso al director mexicano en el mapa internacional, hasta Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) (2014) y El renacido (2015), Iñárritu ha construido una obra que rara vez se conforma con lo convencional. Es un cineasta al que con frecuencia se le acusa de pretencioso, una etiqueta que no siempre resulta injusta, porque su cine efectivamente aspira a cosas grandes y esa ambición funciona mejor en unas películas que en otras. Con Digger (2026), sin embargo, parece decidido a jugar con esa reputación y, sobre todo, con las expectativas que el espectador tiene respecto a una película de Iñárritu.
La película sigue a Digger Rockwell, un multimillonario petrolero cuya fortuna, personalidad y ego parecen tener dimensiones igualmente desproporcionadas. Cuando una operación relacionada con la explotación de recursos naturales desencadena una amenaza de enormes proporciones, Digger decide que será él quien encuentre la solución. Lo que comienza como una historia sobre un hombre poderosísimo enfrentado a una crisis que él mismo ha contribuido a provocar, poco a poco va revelando una estructura mucho más compleja, en la que las apariencias, las representaciones y las narrativas públicas adquieren tanta importancia como los acontecimientos mismos. Conviene no saber demasiado antes de verla, porque parte del placer de Digger consiste precisamente en descubrir que aquello que parecía una cosa no necesariamente lo es y dejar que la película vaya mostrando sus cartas a su propio ritmo.
Detrás de la extravagancia de Digger hay una sátira bastante más seria de lo que podría parecer en un principio.
Iñárritu apunta hacia la relación entre las élites económicas, el poder político y la capacidad de controlar las narrativas con las que una sociedad interpreta lo que sucede frente a sus ojos. En el mundo de Digger, provocar un desastre y controlar la historia que se cuenta sobre él pueden formar parte de una misma operación. La película encuentra buena parte de su humor en esa contradicción, pero debajo de la caricatura hay una observación inquietante sobre una época en la que la información puede ser tan valiosa como el dinero o la influencia política. Y es precisamente esa mirada satírica la que explica buena parte de sus decisiones formales. Durante buena parte de la película hay algo que parece ligeramente fuera de lugar. Las actuaciones son deliberadamente desbordadas, algunos personajes se acercan al grotesco y determinados elementos de la puesta en escena producen una sensación de artificio difícil de ignorar. Sin embargo, esas decisiones funcionan como una especie de red de protección para la sátira. No son una coartada, sino el mecanismo que le permite a Iñárritu llevar la caricatura hasta extremos que un registro más sobrio difícilmente podría sostener.
Todo esto aterriza gracias a unos valores de producción extraordinarios y, sobre todo, a la fotografía de Emmanuel Lubezki, colaborador habitual de Iñárritu y uno de los grandes responsables de que Digger tenga una escala visual acorde con sus ambiciones. La puesta en escena convierte los espacios, los personajes y los movimientos de cámara en parte de la propia sátira, mientras que la fotografía encuentra una belleza considerable incluso en los escenarios más inquietantes. Hay en la película una combinación particularmente eficaz entre espectáculo y absurdo, entre imágenes potentes y situaciones que rozan deliberadamente la caricatura. En ese sentido, resulta difícil no pensar en el Dr. Strangelove (1964), de Stanley Kubrick. No porque Digger sea una repetición de aquella película, sino porque comparte con ella la idea de que hay situaciones tan absurdas y peligrosas que la única manera de enfrentarlas cinematográficamente puede ser llevar el absurdo hasta sus últimas consecuencias.
Iñárritu cuenta además con un elenco coral de primer nivel: John Goodman, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg y Jesse Plemons conforman un reparto en el que prácticamente todos parecen entender que la película exige una interpretación que rebase los límites tradicionales. Pero por encima de todos está Tom Cruise, sobre cuyos hombros recae buena parte del peso de la película. Cruise se entrega a Digger con una libertad que resulta particularmente llamativa viniendo de una de las estrellas más reconocibles del cine contemporáneo. Aquí no se limita a interpretar a un hombre poderoso, sino que construye una figura grotesca, narcisista, vulnerable y convencida de su propia condición de salvador. Es una actuación que aprovecha tanto la presencia física de Cruise como aquello que el público ya sabe de él. Y entre sus momentos más destacados se encuentra su extraordinario monólogo en el Congreso Europeo, filmado en un larguísimo plano secuencia, uno de los momentos culminantes no sólo de la película sino de la propia carrera del actor.
No sorprende que Digger sea una película capaz de polarizar opiniones.
Los temas que aborda están demasiado presentes en la realidad contemporánea como para que una película que los trata de manera tan frontal y deliberadamente exagerada pueda dejar indiferente a todo el mundo. Incluso antes de su estreno comercial comenzaron a aparecer ataques y reacciones negativas en redes sociales, anticipando para algunos un desastre de taquilla. Su planteamiento es complejo, su tono cambia constantemente y su apuesta formal exige que el espectador acepte ciertas reglas poco convencionales. Eso inevitablemente dividirá opiniones. Lo que resulta difícil negar es que estamos frente a una propuesta diferente, inteligente y, sobre todo, arriesgada.
Digger es, finalmente, una película sobre el poder de fabricar una realidad y sobre las consecuencias de creer demasiado en quienes tienen los recursos para fabricarla. Es una sátira ambiental, política y mediática que utiliza el exceso como herramienta y el espectáculo como parte de su propio argumento. Pero también es una película que exige cierta confianza del espectador. Hay que dejar que avance, aceptar que algunas cosas parecen extrañas y resistir la tentación de buscar inmediatamente una explicación para cada una de sus rarezas. Parte de su recompensa está precisamente en descubrir cómo encajan esas piezas. Cierto es que un trabajo de esta escala, con semejante despliegue visual y una propuesta formal tan poco convencional, merece ser visto como fue concebido, en una sala de cine y en pantalla grande para dejar que Iñárritu haga lo que mejor sabe hacer cuando tiene los recursos para ello, convertir una idea enorme en un espectáculo cinematográfico igualmente enorme.

