La ciudad de Hermosillo ha sufrido un proceso de urbanización determinado por su condición desértica y, a la vez, ribereña, teniendo en el cauce del río Sonora correlaciones entre ambas condiciones en diversos sentidos; una época de avenencia ecológica, ocurrida tanto en su etapa originaria como histórica, y una época de disociación sistémica ambiental, que inició durante el Porfiriato, y se concretó en la modernidad. Es decir, la relación de la mancha urbana con el entorno ribereño y con los recursos derivados de tal condición, se ha planteado en función de las planeaciones y de los intereses económico-políticos de cada época, aun cuando en la memoria colectiva esa relación entre cultura y naturaleza pareciera jamás haber existido.
Orígenes étnicos y presencia multicultural en el bajo río Sonora
El núcleo fundacional de la actual capital del estado de Sonora lo constituyó una aldea de la etnia o’ob o pima llamada Pitic o Pitiquín, cuya denominación hace referencia a la confluencia de ríos, siendo dos que, tristemente, no obstante que el lector sea oriundo, es necesario nombrarle: San Miguel y Sonora. Se considera que dicho asentamiento se ubicó en el sitio del vaso de la actual presa Abelardo L. Rodríguez. Por su parte, el poblamiento por europeos dio inicio con el establecimiento del Real Presidio de San Pedro de la Conquista del Pitic, en el año de 1740.

A diferencia de la precisión historiográfica referente a la fundación de múltiples asentamientos en Latinoamérica a manos de la Corona Española, contrariando el deseo del hispanoamericanismo, paradigma prevaleciente en el medio académico y cultural de Sonora, respecto a la actual capital de Sonora no es posible establecer una fecha precisa. Ni en relación con la presencia originaria, ni en cuanto a la europea, hay un punto de partida en la historia. En el año de 1700 llegó el primer europeo, con propósito de colonización, al sitio que originó a Hermosillo. Juan Bautista Escalante, alférez de la Compañía Volante de Sonora, arribó a la aldea que para entonces constituía la frontera entre el territorio o’ob y el de las bandas que fusionadas ahora conocemos como comca’ac o seris. Escalante no fundó el asentamiento el 18 de mayo de aquel año, aun cuando efectuó simbólicamente una imposición toponímica, Santísima Trinidad del Pitic, y dispuso la creación de una ermita; es decir, no ejerció ningún acto de gobernanza territorial o demográfica, como sí ocurrió en, por ejemplo, la región yaqui, por parte de los jesuitas. En un mapa elaborado por Adán Gilg o Adamo Gilg en el año de 1692, el misionero registró el asentamiento en la confluencia de los ríos San Miguel y Sonora. Gilg tampoco lo fundó, sólo plasmó en un documento la existencia de un lugar habitado entonces.
Si bien los presidios eran emplazamientos militares, siempre estuvieron flanqueados por población ya fuese originaria o igualmente europea como los milicianos, pero no dedicada al oficio militar, que por diversos intereses procuraba asentarse en las cercanías, a la vez que otros sectores originarios ofrecían resistencia a la invasión de sus territorios. En el caso del Real Presidio de San Pedro de la Conquista del Pitic, establecido en 1741, la diversidad cultural del asentamiento durante la Colonia y el primer siglo de vida independiente estuvo conformada por pimas, ibéricos, yaquis, “yumas” y comcáac (“seris”, “tiburones” y “guaymas”). La referencia a este panorama étnico sigue siendo importante en tanto determinó la configuración que adquiriría el asentamiento en lo sucesivo.
El sitio del presidio implicó una reubicación de la antigua aldea, al crearse el presidio, también aprovechando los beneficios del afluente, que en ese tramo era ya una fusión de ambos caudales. En este nuevo lugar, en el año de 1784 ocurrió un reparto agrario que fue beneficioso para los colonos ibéricos, y que de entre las etnias existentes en la localidad, incluyó a pimas y seris, e ignoró al sector yoeme o yaqui.
El área de los “españoles” se ubicó en las faldas sur y norte del Cerro de la Campana –es decir, al lado norte del río–, y a los seris se les asignó el lado sur de la ribera, junto al presidio, generándose lo que se nombró Villa de Seris. Tal acto legal –que no legítimo–, dio pie al inicio del proceso urbano, así como a la transformación ecológica de la modernidad, redefiniendo la vida social de forma radical. La ancestral Pitic se perdió en el tiempo, y la etnia pima despareció de esta región de Sonora, siendo segregada hacia la sierra –en su amplia crónica Dejaron huella en el Hermosillo de ayer y hoy, Fernando A. Galáz consigna hacia la primera década del siglo XX la residencia de una anciana pima en el barrio de La Matanza–, teniendo en la actualidad posesión tan sólo de un reducto en el municipio de Yécora. Hermosillo, como tal, siguió siendo desde el periodo colonial hasta su conformación moderna, y como lo sigue siendo, un asentamiento multicultural y pluriétnico –sin embargo, su diversidad no es reconocida, por la generalidad de las mentalidades locales–.
En el año de 1828 se elevó a rango de ciudad al asentamiento (que había sido nombrado Cuartel y Misión del Pitic, en 1772, y Real Presidio y Villa del Pitic, en 1780), designándole Ciudad de Hermosillo, en honor a José María González Hermosillo. En la época, la comunidad se vio animada y construyó obras que pretendían alentar un nuevo estilo de vida: Casino Gran Sociedad (1842), remodelación del centro de la ciudad (1854), Catedral (iniciada en 1861), Plaza Zaragoza (1865) y Teatro Noriega (1868), entre otras –proceso urbano gratamente esbozado por Jesús Félix Uribe García en Breve historia urbana de Hermosillo, y en Hermosillo. Vivencias y recuerdos, entre otras obras de su amplia bibliografía–.
Avanzada la segunda década del siglo XIX, Hermosillo padeció de especulación inmobiliaria, casas abandonadas en la periferia, solares con «tapias ruinosas», malas cosechas de maíz, alza en los precios de trigo, frijol y otras semillas, reducida relación comercial con el exterior, y tiendas desiertas y con escasas existencias, de acuerdo con la recopilación de la prensa de la época, realizada por el arquitecto Uribe García, refiriéndose todo ello a la naciente mancha urbana, al lado norte del cerro de la campana, es decir, del lado contrario al río. En ese contexto, se le declaró capital de Sonora en 1879, año en el que además inició el régimen porfirista local, con Luis E. Torres a la cabeza, comenzando con ello una nueva etapa urbana, que a la vez que se caracterizó por un discurso modernista, significó la ruptura con el modelo ribereño del asentamiento.
La modernidad como discurso ideológico, más que como proyecto urbano, se reflejó en suntuosas edificaciones que renovaron la imagen urbana, teniendo en el orden neoclásico y estilos emparentados el lenguaje para expresarlo: Palacio de Gobierno (1882-1891), Banco Nacional de México (1888), alumbrado público (1897), Penitenciaría del Estado (1897-1908), Banco de Sonora (1898), Mercado Municipal (1898), Capilla del Carmen, una fachada más definida de la Catedral (1908), escuela Leona Vicario (1910), Jardín Hidalgo (1910), Palacio Federal (1911), parque Ramón Corral, hoteles, tranvía, colegios y mansiones. En los aspectos territorial, socioeconómico y cultural, fue factor decisivo de cambios la construcción del ferrocarril de Guaymas a Hermosillo, inaugurado en 1881.
Las bases del proyecto moderno de ciudad, que de forma imprecisa suele nombrarse “era de Abelardo”, fueron establecidas en 1938 por el gobernador Román Yocupicio, al decretar la creación de la Universidad de Sonora, incluyendo su ubicación y primeros documentos ejecutivos. El incipiente proyecto de Yocupicio fue realizado bajo los mandos de Anselmo Macías (1939-1943), Abelardo L. Rodríguez (1943-1948), y Horacio Sobarzo (1948-1949). Destacan de ese periodo obras como: colonia Pitíc, cines Nacional y Sonora, Edificio Museo y Biblioteca de Sonora, Plaza 10 de Mayo, Palacio Municipal y, desde luego, la presa “Abelardo L. Rodríguez”.
Si bien desde principios del siglo XIX la dinámica del crecimiento urbano se dio con orientación hacia el norte del cerro de La Campana, desde el anterior siglo había comenzado a funcionar una malla ecológica que unía al asentamiento con el río, consistente en un sistema de acequias que en el imaginario colectivo remitía incluso a Venecia. No obstante, agricultores y autoridades fueron incapaces de modernizar tal sistema. Tal red de acequias dependiente del río Sonora irrigaba a más de veinte haciendas y huertas, que existieron en el casco urbano y su periferia hasta la década de 1930.
La disolución ecológica
Esta estructura del proyecto moderno tuvo como obra magna a la presa “Abelardo L. Rodríguez”, inaugurada en abril de 1948, y con ello consideró la cancelación de la confluencia de los ríos San Miguel y Sonora como un factor de bienestar, para una época de pretendido progreso urbano y territorial conceptualizado en torno a las grandes obras de infraestructura. Este modelo fue afianzado en los periodos de los gobernadores Ignacio Soto (1949-1955), Álvaro Obregón Tapia (1955-1961) y Luis Encinas Johnson (1961-1967). Tras estas décadas de bonanza para el proyecto urbano, prosiguió hacia los años setenta, y a partir de entonces, un periodo de caos, cuyos principales referentes fueron la desecación de la presa y el desfase del anillo vial periférico. Si bien el proyecto moderno tuvo generosas remediaciones en la primera mitad de la década de 1990, refrendó de manera contundente la disociación respecto al vado del río Sonora.
La fecunda y prodigiosa ribera de la confluencia hídrica se reduce en la actualidad al área conformada por el vertedor de la presa, una pequeña laguna –que aún hasta hace un cuarto de siglo poseía una dimensión doble respecto a la actual–, tres conjuntos y un área deportivos, y el parque La Sauceda, que reconstruye el de los años noventa –teniendo como antecedente otro parque del mismo nombre, edificado a principios de la década de 1970–; tal amplia área y sistema de conjuntos representa una reminiscencia biológica y reducto ecológico de lo que fue la ribera del Pitic, o junta de ríos.
A partir de allí, yendo hacia el poniente, como algún día corrió el río, se encuentra el proyecto urbano Río Sonora Hermosillo XXI. El proceso de urbanización y equipamiento, iniciado a principios de los años noventa, pretendió hacer del antiguo cauce una franja urbanizada, como si el pasado y el futuro cupiesen en compartimientos acotados a una dimensión dictada por la usura inmobiliaria. Se restringió algún eventual flujo del río Sonora a un irrisorio canal similar a los tajos agrícolas de antaño, no obstante que apenas hacia mediados de la década de 1980 el río dejó todavía sentir su poderío, desplazando a la población del área como medida de protección civil.
Durante la primera década del proyecto se constató su fracaso, de momento, y hacia el futuro. Se edificaron el Centro de Gobierno y el parque La Sauceda, y varios lustros después, edificaciones aisladas y Galerías Mall. Al remontar así, consiguiendo cierta cantidad de inversionistas-constructores e inquilinos, fue claro el propósito comercial y corporativo del área. Torpemente, más como medida política que como solución urbana, se creó el Parque Conmemorativo, pretendiendo resarcir políticamente el daño ecológico provocado al entorno con la destrucción del Parque de Villa de Seris, suplantado por el conjunto MUSAS, Museo de Arte de Sonora. No obstante la existencia de tales proyectos en el cauce del río, es evidente el predominio de terreno baldío, pues en los lotes e incluso sitios que alojan algún local, se aprecia la topografía silvestre, que la arquitectura y el urbanismo no han sido capaces de reformular.
Existe una franja habitacional aledaña al antiguo vado del río, ocupado por una gran cantidad de colonias y fraccionamientos, destacando por su antigüedad y/o ubicación: Universitaria, Revolución I y II, San Juan, Hacienda de la Flor, La Matanza, Las Pilas, Prolongación Centenario, Villa de Seris, entre otras. En cuanto al aspecto habitacional, Las colonias de Hermosillo más cercanas al sitio que ocupó el asentamiento o’ob o pima son Los Naranjos y El Ranchito, siendo la primera la única colindante con el área de humedales. En términos de paisajismo, la ribera ha sido además referente primordial para El Coloso Bajo y El Coloso Alto, cuyos habitantes son quienes mejor testimonio tienen de las transformaciones en amplitud de ángulo. Justamente en relación con estos barrios, así como con La Matanza y colonias colindantes, se encuentran los grupos ceremoniales de origen yaqui, los detentadores de mayor arraigo histórico. En el presente, permanece como rastro de la condición ambiental de los primeros tiempos tan sólo la mencionada área del humedal, que se encuentra desintegrada de la planeación urbana y, en lo general, de la memoria histórica y de la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad.
Los grupos ciudadanos que han existido desde los primeros lustros del siglo XXI, abocados a la preservación ecológica o de un perfil político encaminado a la concreción de ciertos proyectos en el mismo sentido, tienen valor tanto por su mera condición ciudadana, como por la genuidad que les es propia por su espíritu ambientalista, convicción y vocación que les ubica en el lado contrario de quienes aspiran a ampliar el usufructo de un territorio que en realidad pertenece tanto a la sociedad, como a la naturaleza. Queda como tarea, si se aspira a construir un futuro firme, su vinculación comunitaria, no sólo respecto a la población local, sino en cuanto a la incorporación de la comunidad humana ribereña e inmediata.
El parque llamado “Bosque Urbano La Sauceda” de forma paradójica permitió cristalizar iniciativas planteadas desde la ciudadanía, a la vez que podó el ahínco depositado en ideales previos y acciones orientadas a la salvaguarda de sitios específicos de los terrenos que ocupa, como el humedal, cuerpo de agua emblemático además de esta área de la ciudad. Con anticipación al arribo de Alfonso Durazo a la gubernatura de Sonora, una de las propuestas ambientalistas impulsó la denominación de “bosque”. Diversas voces en el mundo, comenzando por las de pueblos originarios, han manifestado contraposición con dicho concepto, al sugerir éste entidades fijas y masas arbóreas a ultranza. No obstante, existía una conveniencia política en hacer uso del apelativo: que el segmento de lo que fue el área ribereña y habitacional de la antigua Pitic, se adaptara a un discurso centralista que procuró seducir haciendo pasar su proyecto como la posibilidad de traer el Bosque de Chapultepec a pleno desierto.
El proyecto ecológico y urbano que habrá de reivindicar a la naturaleza, que habrá de conciliar a la comunidad ribereña con su entorno, y que brindará a la capital de Sonora una reformulación del espacio social más allá del propio sitio del antiguo cauce del río Sonora no está por ejecutarse, ni se está construyendo, está apenas por concebirse.




