Tiempo ha que no publicábamos un relato disruptivo y menos del siempre inquieto Eduardo El Lalo Carrillo desde las Tijuanas, Baja Californias


Recibí el folio de servicio junto a dos manuales de instrucción el pasado 3 de marzo. 40 días después iniciaría labores para la república o comenzaba mi exilio. Eso, y que no recibiría salario por los servicios prestados como funcionario público, decían los manuales de formación enviados por la representación electoral del Nuevo Mégico. Mi número de folio era el 0824. 

No tenía ahorros suficientes o, en todo caso, patrimonio de algún género distinto al de llevar al día las cuentas y el supermercado como para asegurar el porvenir de mi familia, mucho menos como para administrar las cuentas de un municipio, que era el cargo que ejercería a partir del 26 de febrero del 2034.

El país era un bastardo de Estados Unidos desde la caída de La Prieta, el movimiento político orquestador del aparato tiránico y fascista  con lenguaje de izquierda que duró dos sexenios en el poder y que dejó las arcas de la nación entre gringos y chacales herederos del sistema político sin separación de poderes, órganos de control ni rendición de cuentas a los megicanos.

“Legajo formativo de la República Federal del Nuevo Mégico, capítulo 1, sección C, es menester girar todos los asuntos de la ciudadanía a su respectivo archivo, servicio o paraestatal y pagar cualquier gasto alineado al presupuesto municipal del mandato sin recurrir a costos burocráticos de ningún genero”.

A todas luces vivir en el exilio era la decisión más formidable, porque se negaba inherentemente al autoritarismo del capital (con suerte se podía terminar en la pizca en el gabacho o contrabandeando rancho en Centroamérica,  pero, en realidad, todo sería labor de las madres buscadoras menos tarde que temprano). Por eso mismo no era una opción, sólo quedaba tomar posesión y esperar a no ser linchado por el pueblo.

En aras del progreso de esta gran nación, le juro lealtad a la República del Nuevo Mégico y al municipio de Chaparrón de Lomaverde que me eligió como su nuevo presidente municipal…

Entonces sentí la definición de clamor y algo así como un sinónimo de heróico al ver a tanta gente bajarse de autobuses, acomodarse en las butacas petaca por petaca y vitorear como orates por los sobres amarillos con parte de mi presupuesto adentro. Fue una chulada, un privilegio, inmolar la democracia en su máximo esplendor: la gente votaba por un número al que alimentaría por varios años y del que no conocía su identidad al momento del sufragio.

Todo eso estaba muy bien: comida caliente tres veces al día, esa misma manutención dos años después de prestado el servicio y una muerte pública si se defraudaba al erario. Pero no había funcionarios públicos, coño de la madre, de la vecina y de la virgencita del más allá. Una utopía. Sin funcionarios públicos era como se combatía la impunidad desde los Estados Unidos.

Haz de cuenta un Oporporo, que lo trabaje un comisionista y su familia, que los explote, que los desquicie y los denigre para que las ganancias se repartan verticalmente hasta la Casa Blanca, le dijo de fiscal a fiscal un gringo a un mexa. 

Y ahí estaban mi primera dama con mis dos chamacos, mi serpiente que se muerde la cola, atendiendo asuntos, recibiendo residentes disconformes y pagando recibos como mendigo que abre la puerta de esas tiendas de conveniencia por lo que sea, a la que  desde chamaquita le disgustaba el nombre de Chaparrón de Lomaverde y que ahora era esclavizada en esta tierra como en la época feudal, porque aquí crecimos y aquí nos volvimos buen sustento del lugar y ahora, por desquite, sugería ponerle como ella misma: Medialuna González Polanco. 

Así que muy rápido me eché al municipio encima, antes que a mi señora que siempre fue llamada Chaparrona Mocoverde: Bienvenidos a Chaparrón de Medialuna, ciudad aguacatera como ninguna y con el salario más alto del país.

Lo que resultó en una inflación que la maña desinflaría extorsionando a productores, los productores a empresarios y los empresarios a sus trabajadores hasta poncharse otra vez sus nóminas en una recesión maniobrada desde la Casa Blanca (fabricadora de mañas en Centroamérica, en Oriente y poco a poco en los demás planetas). 

A mero quid pro quo logré salir del palacio municipal cuando comenzaron a cerrar las fábricas que no pagaban impuestos. Pero a las dos cuadras los desempleados pusieron mi destino en sus manos. Pobre de mi Medialuna, o me sucede en el puesto o la encuentran las madres buscadoras.

Sobre la autora / autor

Infección cultural, reciprocidad y jijijí desde Tijuana

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