No era cualquier miércoles sino el del 25 de febrero de 1976. Y en ese día, un sindicato, por primera vez, iba a emplazar a huelga a la Universidad de Sonora.
A los trabajadores universitarios se nos negaba, con argucias legales, un contrato colectivo de trabajo porque el sindicato no contaba con registro; pero la solicitud de registro nos había sido rechazada sistemáticamente una y otra vez, hasta por cuatro ocasiones desde 1974.
Es por eso que los trabajadores, agrupados en su organización a la que habían llamado STEUS, Sindicato de Trabajadores y Empleados de la Universidad de Sonora, resolvimos exigir la firma de un convenio colectivo de trabajo y luchar con la huelga, al mismo tiempo, por nuestro registro legal. Nos afirmábamos en el principio de que, en los hechos, las organizaciones, y en este caso el sindicato, existen por la simple voluntad de sus afiliados, sin importar su reconocimiento legal, principio que se reconoce por instancias legales superiores
Carencia de servicios médicos completos, bajos y dispares salarios, indefinición y falta de estabilidad en el trabajo, falta de vivienda; maltrato y abuso al enviar a trabajadores de diversos oficios a laborar sin pago alguno a casas y terrenos de los funcionarios de alto y medio rango, sin pago de horas extras, entre otras inconformidades más se acumularon en el emplazamiento de aquel día.
Al sindicato lo conformábamos jardineros, conserjes, auxiliares, secretarias y bibliotecarios de las diferentes escuelas y oficinas; también oficiales escolares y archivistas. De la escuela de Agricultura y Ganadería, peones, lecheros, tractoristas, cocheros, matanceros, regadores, huerteros. De la imprenta, compaginadores, prensistas. De la Radio y TV, locutores y programadores. También, por supuesto, veladores, choferes, plomeros, pintores, albañiles, herreros, soldadores y cooleros, o sea, los trabajadores que arreglaban los coolers.
La concentración para la entrega del emplazamiento a huelga fue convocada en el Edificio Principal, donde se halla la oficina de Rectoría.
Ese día, antes de las doce, abandonamos con firme convicción nuestros centros de trabajo a pesar de las advertencias de descuento del día de salario o la amenaza de despido con las que trataban de amedrentarnos para impedir la entrega del emplazamiento. A pesar de la intensa y enorme campaña amarillista en la prensa local que nos presentaba como títeres en manos de ‘titiriteros mafufos y comunistas que amenazaban con apoderarse del alma máter universitaria’. Ahí íbamos, es cierto, con un ligero temor a las consecuencias, pero con un convencimiento mayor de estar haciendo lo correcto.
Después de que las autoridades universitarias aceptaran recibir a una comisión de cuatro compañeros para entregar y fundamentar nuestro emplazamiento a huelga, nos concentramos por detrás del edificio de rectoría para una breve información y la foto de grupo que ya adivinábamos histórica. Y ahí estábamos. Los que vencimos nuestros temores y superamos los retos y obstáculos de nuestros patrones inmediatos y superiores. Ese día se materializaban los trabajos iniciados por alrededor de setenta y tantos trabajadores, aquéllos que desde noviembre de 1975 nos habíamos estado reuniendo los sábados en diferentes auditorios, sobre todo en el de Ingeniería Civil, para darle forma a tan preciado documento que daría carácter de igual al trabajador universitario en las relaciones laborales con la patronal universitaria.
Aligerada la tensión del suceso dimos paso a una especie de júbilo, de contento. Por primera vez nos escuchamos gritar las consignas que ya serían parte de nuestra identificación como sindicato: ¡STEUS, STEUS, STEUS! y ¡STEUS UNIDO JAMÁS SERÁ VENCIDO! y también ¡HUELGA, HUELGA, HUELGA!
Ya habíamos platicado en nuestras asambleas que no era cosa pequeña enfrentar y fijar ultimátum de respuesta a una patronal universitaria y sus aliados que ya habían dado muestras de lo que eran capaces al responder al movimiento estudiantil de los años setenta con golpizas, expulsiones, órdenes de aprehensión, encarcelamientos, amenazas de secuestro y muerte que habían causado destierros y exilios entre estudiantes y maestros.
Pero el paso se había dado y ya no habría marcha atrás. Las demandas eran básicas, justas y se contenían en ese proyecto de documento laboral. Convenio, Colectivo, Trabajo: tres palabras que sonaban a música en oídos de los trabajadores pues englobaban sus aspiraciones más sentidas. Se demandaba su discusión y firma para el 11 DE MARZO, fecha perentoria o si no… huelga.
Ese miércoles 25 de febrero de 1976, la lucha de un sindicato se había echado a andar y nadie podría imaginar bien a bien lo que estaba por venir.
Y así fue. La huelga estalló el once de marzo a las doce horas con la instalación de banderas rojinegras en las puertas de acceso. Los comentarios obligados durante las primeras guaridas de ese día, de esa noche, sin duda, fueron referentes al temor y la novedad de la instalación de banderas en los puntos visibles y estratégicos. No era cosa pequeña suspender las clases en la primera institución de educación superior en el Estado. Se izó también una gran bandera rojinegra en la astabandera frente al Edificio de Rectoría, un acto que se preserva como simbólico cada 11 de marzo, fecha que se instituyó posteriormente como Día del Trabajador Universitario, izamiento que se repite al inicio de cada huelga que el sindicato ha emprendido.
La huelga de inmediato se vio rodeada de la simpatía de la mayoría de los estudiantes de las diferentes escuelas y facultades de la Universidad de Sonora, conformando brigadas de apoyo, por lo que el Consejo Universitario, manipulado por Castellanos maniobró para suspender las clases, pretendiendo dejar solos a los trabajadores, maniobra que se les revirtió, pues los estudiantes sin clases brindaron un apoyo más decidido a los trabajadores. Especial mención en este apoyo merecen la planta de maestros de las entonces Escuela de Altos Estudios y Ciencias Químicas.
A nivel nacional se volcó la solidaridad de los sindicatos universitarios de académicos y de trabajadores y empleados. De la UNAM, de Puebla, Nayarit, de Sinaloa, de Yucatán, también de las universidades de Tabasco y Zacatecas.
A nivel local destacaron por su solidaridad el Sindicato del Infonavit, el Sindicato de la Industria Textil y el Sindicato de Bimbo del Noroeste. Destaca también el apoyo de las alumnas y alumnos de la Escuela normal del Estado.
Así, rodeada de una amplia solidaridad, inició una huelga que duró 93 días, que fue referente como antes y después de la huelga del STEUS, que sacudió Sonora, que estremeció la ciudad capital Hermosillo, que apenas rebasaba los 250, 000 habitantes, huelga que al final se levantó alcanzando sus demandas centrales: la firma de un avanzado Contrato Colectivo de Trabajo y el reconocimiento legal del Sindicato de Trabajadores y Empleados de la Universidad de Sonora, el STEUS
Francisco Javier Ruiz López*
Fotografias de Francisco Serrano Córdova y René Serrano Córdova
* Texto leído por el autor en el Taller de Autobiografía que coordina Francisco Gonzalez Gaxiola, profesor de la Universidad de Sonora y suscriptor de esta revista.



