Para conmemorar el Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, ofrecemos la reseña que amablemente elaboró Mariana Urquijo de nuestra edición dedicada a l@s desaparecid@s en Sonora


Al igual que la edición impresa número 19 de Crónica Sonora, no sé por dónde comenzar a hablar cuando la desaparición forzada se convierte en el tema de conversación cotidiana. Y ojalá fuera así. Muchas veces uno cree que porque se empapa de testimonios, noticias y reflexiones diarias, así lo harán las personas de nuestro entorno, y así sucede, al menos en el círculo que frecuentamos y hablamos sin pesar. Sin embargo, cuando exploramos un poco por fuera de la cámara de eco donde resonamos normalmente, nos damos cuenta de lo sesgado que se vuelve hablar de los desaparecidos en México.

Al leer esta edición especial dedicada a la evolución de esta pesadilla en los últimos diez años, como dice en su portada, una y otra vez me encontré con una idea que pocas veces queremos ver o escuchar: “un estado, así con minúsculas, corrupto, cómplice del crimen, y enemigo de las víctimas”, redacta Teresa Padrón Benavides en “La doble muerte de las madres buscadoras”. Tal vez porque se ha vuelto más cómodo señalar a las víctimas y poner la responsabilidad sobre los adultos responsables que, si bien son los que protegen y resguardan, no deberían ser víctimas de un ente que vela por sus propios intereses.

Niñas y niños que son arrancados de las entrañas de sus madres para ser comercializados, para ser vendidos, esclavizados, ultrajados. Adolescentes saliendo de la escuela, saliendo de fiesta. Adultos engañados en busca de un empleo o un mejor sueldo para sustentar su día a día. Mujeres que viajan de una ciudad, de un estado, de un país a otro en busca de mejores condiciones de vida, o que simplemente existen y respiran.

Como bien lo escribió Santa López en “Ser mujer en Obregón”, “es tener latente el sentimiento de que cada día, al salir de casa, puedes no regresar”. México se ha convertido en el escenario más mortífero para los mexicanos.

Y el panorama es macabramente paradójico: un país que se prepara para la llegada de millones de extranjeros que pisan el suelo donde se derrama la sangre de sus habitantes locales. Un país que maquilla, armoniza y disfraza una de las crisis más graves nunca antes vistas. Hasta parece un chiste o una burla encontrarse con frases como: “Ciudad de México: Capital del fútbol y el feminismo”, o “La pelota vuelve a casa”. Y la iconoclasia no es nueva, es una forma de protesta contundente, pero parecen colocadas allí con el único propósito de ser intervenidas.

Hablar de desaparecidos es definitivamente hablar de algo más allá de un asesinato, es hablar de la muerte. Y es que además de la crisis de desapariciones, México ha sido el protagonista de miles de casos impunes de mujeres asesinadas. Lizette Sandoval describe en “Las vidas desechables: Feminicidio y desigualdad en Sonora”, la complejidad de la violencia feminicida con la justa señalización que esto amerita: “Hablar de feminicidio en Sonora no es solo hablar de crímenes. Es hablar de un sistema que, de manera silenciosa, permite que algunas vidas sean más vulnerables que otras”.

Haciendo hincapié en una verdad incómoda: los feminicidios son atravesados por crisis que agravan estos escenarios de violencia, por la precariedad económica y la posición geográfica que derivan en la invisibilidad. Y es entendible. Para el estado reconocer los feminicidios en México, es reconocer una falla catastrófica en su sistema. Es reconocer su incapacidad, su ignorancia y desensibilización. Detrás de todos los señalamientos hacia el estado que nos abandona, el estado que nos suelta, el estado que condona, me quedo fría y pienso: “Ojalá fuera sólo culpa del estado”. Ojalá sólo cayera la responsabilidad en los victimarios y el estado que se sordea. Pero la violencia va más allá de un acto atroz, es un círculo vicioso que comete, que normaliza, que engaña y que perdona, y para cada una de estas fases se necesitan personajes distintos. Imagínese usted, qué sería de los colectivos de búsqueda, o qué sería de las madres que lloran el regreso de sus hijos, si estuvieran respaldados por todos los ciudadanos. Si en lugar de comentar: “De seguro andaba en malos pasos”, simplemente compartieran el boletín de búsqueda.

El cinismo existe, y se refleja en publicaciones, fotos, vídeos o boletines de personas desaparecidas, pareciese que la empatía y la sensibilidad se ha ido para nunca regresar. No se trata de un ente maligno, gigantesco y monumental que se encarga de suprimir a los amotinados, sino de ciudadanos, de simples y llanos civiles de a pie que, sin pensarlo, acuerpan y repiten los patrones de violencia que atraviesan, incluso, a ellos mismos. Se trata de la hipocresía que deja de ver a las mujeres como un ser humano y las ve como un objeto de consumo; “¿qué traía puesto?”.

Crónica Sonora se encarga de entregarnos páginas cargadas de reflexiones que pesan, de palabras que atraviesan y de anécdotas con la esperanza de que se nos quite la ceguera, chingao. Suficiente dolor han tenido que pasar las familias de desaparecidos y asesinadas como para que, además de la negligencia del estado, atraviesen la ignorancia, la insensibilidad y la apatía de una ciudadanía que ignora, que insulta y que grita.

Hay páginas que me han dejado helada, porque reflejan lo que muchos han querido ignorar: el abandono institucional, la violencia sistemática que se incrusta en nuestra sociedad, la complicidad, el engaño, la impunidad. Fue imposible para mí no llorar, cada una de las palabras era una estocada directa al sentimiento de añoranza y determinación por mi futuro. ¿Qué tan lejos en el futuro puedo llegar a pensar, si todos los días mi vida se puede acabar?

Sobre la autora / autor

Mariana Urquijo estudia la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Sonora y sostiene el programa Charla entre Mujeres en la plataforma digital Nuevo Sonora. Contacto: marianaurquijo60@gmail.com

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