La urgencia de las maripositas rosas
Hay llamadas telefónicas que paralizan el tiempo. Una mañana de 2019, mi teléfono sonó con la urgencia propia de una emergencia. Del otro lado de la línea se escuchaba una voz rápida, agitada, casi sin aliento. Era mi madre, la señora Rosa María Delgado Casanova, quien entonces contaba con 86 años.
—¡Mijita… no sé cómo hacerle…! —me dijo con un asombro desbordado—. ¿Tú crees que a la tela de maripositas rosas le combine bien un listón azul?
En ese preciso instante, el corazón se me devolvió al pecho. El susto inicial dio paso a una carcajada contenida que, a los pocos segundos, retumbó en toda la habitación. Para mis adentros pensé: Claro, si ya sé cómo es mi madre. A esas alturas de su vida, las preocupaciones de Doña Rosa no giraban en torno a los achaques de la edad o a la alacena repleta de medicamentos. Su gran dilema del día era estético y poético: qué muñeca iba a cobrar vida entre sus manos y cómo lograr el adorno perfecto.
Aquella inquietud era una escena cotidiana para nosotras. Con frecuencia solía llevarla a recorrer cuantas tiendas de telas y mercerías existieran en Hermosillo. Recuerdo que ese mismo día publiqué la anécdota en Facebook, maravillada por la hermosa «mortificación» de mi mamá y profundamente agradecida con la vida por su excelente estado de salud.
El arte de reinventarse
Para entender la ligereza y alegría con la que Doña Rosa habita el mundo, hay que mirar el temple de sus raíces. A los 38 años, la vida la puso a prueba de la forma más dura: quedó viuda y al frente de cinco hijos muy pequeños. Le tocó salir a trabajar fuera de casa, levantando con tenacidad un negocio de comida para sacar a la familia adelante. Tras años de entrega incansable, un día decidió que era momento de apagar los fogones, volver a casa y reclamar su merecido descanso.
Ese descanso no fue la inactividad, sino la libertad de crear. Al estar de vuelta en casa se descubrió como artista y artesana; de pronto se volvió una apasionada de pintar flores en lienzos de manta que luego confeccionaba como cojines. Por aquellos años empezó a acudir al Corredor Cultural que se instalaba en la Plaza Zaragoza, espacio donde muchos artesanos exponían su talento. Fue en esa época cuando comenzó a confeccionar sus entrañables muñecas de trapo con cabello de estambre, un proyecto tan entrañable que incluso una de sus nietas, Clarisa, le abrió una página en Facebook llamada «Las muñecas de la abuela».
En este mayo de 2026, mi madre cumplió 93 años. Sus días en Hermosillo transcurren con una aparente y hermosa normalidad. Se levanta temprano, prepara el café recién hecho y sale al patio a recoger el periódico Expreso, del cual es una fiel suscriptora y lectora cada mañana. Luego se dispone a resolver con entusiasmo los crucigramas y las sopas de letras de la sección de entretenimiento. Diariamente, por la mañana, mi hermano Rodolfo llega a acompañarla a tomar el café, y en cuanto él se despide, ella vuelve al patio para limpiar la jaula de sus pájaros y regar las plantas que florecen bajo su cuidado.
Una crisis a los 93
Sin embargo, Doña Rosa nunca deja de sorprender. Hace solo unos días volvió a llamarme por teléfono, esta vez para lanzarme una de sus lucubraciones más insólitas:
—A chicotes, mijita… como cumplí años, voy cayendo en cuenta del montonal de años que tengo…
¡Una crisis existencial a los 93 años! Entre risas y ternura, me di cuenta de que su mente sigue tan despierta, lúcida y chispeante como siempre.
Hoy, como su hija, escribo estas líneas buscando regalarle una «Chispa de vida». Quisiera que al abrir las páginas de su diario esta mañana, se asombre al leerse aquí y recuerde que, sin importar los años que acumule el calendario, siempre es y será inmensamente valiosa y amada. Doña Rosa nos enseña día a día que envejecer es solo un detalle cuando el alma se mantiene ocupada en hilar telas de maripositas, cuidar jardines y sonreírle a la vida con un ingenio inolvidable.
— Marisela De Gunther Delgado
