Culiacán, Sinaloa.-

Antes llegaba con uniforme, con firma, con decreto, hoy la censura llega envuelta en buenos modales, en mensajes privados, en la frase tibia de “mejor bórralo”, que suena como consejo, pero huele a advertencia. Uno entiende rápido que no es exactamente un consejo: es una frontera. Una línea imaginaria que nos recuerda que la incomodidad se paga caro.

Vivimos un momento extraño: mientras la violencia es cada vez más explícita, la palabra se vuelve cada vez más sospechosa. La realidad puede mostrarse descarnada, viral, en video, en directo, sin pudor, pero la narración de esa misma realidad se vuelve tema prohibido. Parece que no molesta la violencia, molesta que la nombremos. Molesta que quede por escrito quién dispara, quién gobierna, quien calla, quien muere.

Se castiga más a quien describe que a quien ejecuta.

Y esta delicadeza repentina por las formas, por el lenguaje, por la “no polarización”, tiene algo profundamente perverso: coloca la carga sobre quienes narran, no sobre quienes producen la violencia. El mensaje es claro: el problema no es la herida, es que la señales. No es el cuerpo tirado en la calle, es que lo menciones. No es el Estado ausente o cómplice, es que lo cuestiones.

Aquí, pedir silencio bajo el argumento de “no alarmar” es casi un insulto. ¿Cómo se alarma a quien ya vive alarmado? ¿qué puede “empeorar” cuando ya despertamos con balazos más veces de las que despertamos con pájaros_? ¿Cuál es el riesgo de publicar lo que todos escuchamos, lo que todos vemos, lo que todos tememos?

La censura no es abstracta: es cotidiana, opera en el miedo, pero también en la costumbre. Y eso es lo más peligroso: que normalizamos sobrevivir sin preguntar, a narrarnos desde la omisión y a editar nuestras propias historias para que no parezcan excesivas, no parezcan “violentas”, no parezcan “quejas”. Nos volvimos cuidadosos incluso de nuestro propio dolor

Las ciudades con narcoguerra lo vivimos al doble

Acá la autocensura es parte del aire. Los niños la aprenden antes que la tabla del 2: hablar bajito, no repetir nombres, no preguntar por qué hay convoyes por qué la calle quedó con cinta amarilla, por qué el negocio de la esquina amaneció cerrado y nadie quiere decir qué pasó. 

Somos cronistas silenciosos. Vemos, sabemos, deducimos, ensamblamos historias que no podemos contar. La gente aprendió a narrar con gestos, con pausas, con silencios estratégicos. Las conversaciones están llenas de huecos, de sobreentendidos, de “ya sabes cómo es aquí”. Y los peor es que sí sabemos, Sabemos demasiado.

Aun así, nos piden que callemos todavía más.

Que no hablemos de los muertos que dejan huérfanos, mascotas, amigos, como si no importara la ternura que se queda parada en una banqueta. Que no contemos el miedo de la gente que corre sin saber si alcanzará a llegar viva a su casa. Que no hablemos de las madres que despiertan con sus hijos llorando porque les tocó oír su primera balacera. Que no escribamos sobre lo que nos pasa todos los días porque “esparcimos la histeria colectiva”

Censurar es pedirle al doliente que no llore en voz alta. Es decirle al testigo que se tape los ojos. Es exigirle al escritor que finja que aquí no pasa nada… mientras todo pasa.

Pero si algo hemos aprendido (aunque nos tiemble la voz) es que callar nunca ha protegido a nadie. El silencio solo perfecciona el terreno donde la violencia se siente cómoda. El silencio refuerza la impunidad y fabrica olvido.

Y sabemos muy bien lo que pasa cuando se olvida…

Por eso escribimos. Por eso insistimos en nombrar. No porque tengamos la esperanza ingenua de que una columna detenga una bala, sino porque en un territorio donde todo invita a callar, escribir sigue siendo una forma de existir. Una forma de resistir

Escribimos porque si nos quitan la voz, luego nos quitan la memoria, y después nos quitan hasta el derecho de decir que aquí estuvimos. Escribimos para no desaparecer del todo…

Por Heidy Mares

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Este artículo forma parte de nuestra edición impresa número 18, dedicada a la censura. Si no la tienes pícale abajito de la portada y accede (¡gratis!) al PDF:

CRÓNICA SONORA_Edición 18_ INVIERNO 2025-2026_digital

Sobre la autora / autor

Heidy Mares (Culiacán, 1993) es egresada de la licenciatura en Historia (UAS), cronista y activista. Su trabajo se centra en visibilizar problemáticas sociales en Sinaloa, con énfasis en la violencia, la memoria colectiva y los derechos de las mujeres, articulando la escritura con la defensa de los derechos humanos.

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