Hermosillo, Sonora.-
El deporte, dice Robert Nisbet, es un escenario que permite liberar las guerras por medios distintos a la violencia física y destructiva. Los países buscan mostrar su poderío e importancia frente a otros en competencias internacionales como los Juegos Olímpicos. En algunas ocasiones, estas luchas deportivas y simbólicas coinciden con conflictos reales entre naciones, lo que le da al juego una dimensión que trasciende la cancha. Este es el caso del reciente partido entre Estados Unidos de América y Venezuela en la final del Clásico Mundial de Béisbol de 2026.
Como todos sabemos, Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, decidió asumir sin ningún tipo de máscara ni tapujo su papel de imperio, considerando al continente americano como su espacio “natural” de control; el patio trasero de su dominio. En esta lógica, la existencia de gobiernos que critican abiertamente sus prácticas imperiales y que, además, controlan recursos que consideran estratégicos —energéticos, geopolíticos o de otro tipo— se vuelve intolerable. Venezuela (cuyo gobierno es difícil de defender por su carácter autoritario) se convirtió, por estas razones, en el blanco de las guerras asimétricas impulsadas por Washington. A principios de año, el presidente venezolano, Nicolás Maduro, fue secuestrado por tropas norteamericanas para ser trasladado a Estados Unidos y enfrentar un juicio por su supuesta participación en una red internacional de tráfico de drogas.
de la selección mexicana, mejor ni hablar
En este escenario de conflicto se realizó en Estados Unidos el Clásico Mundial de Béisbol, con la participación de veinte equipos. El favorito era el país anfitrión de la mayoría de las sedes, Estados Unidos, pero también aparecían como probables contendientes Japón y República Dominicana; de la selección mexicana, mejor ni hablar.
En los cuartos de final, Venezuela derrotó sorpresivamente al favorito Japón. Posteriormente se enfrentó a Italia, el equipo revelación del torneo, para avanzar a la final contra el anfitrión. Por su parte, Estados Unidos tuvo un partido con trasfondo político al enfrentarse a Canadá, país al que acababa de vencer en los Juegos Olímpicos en hockey masculino, no sin antes verse envuelto en polémica por una llamada en la que jugadores y el presidente Trump compartieron un chiste machista sobre la invitación del equipo femenil del mismo evento a la Casa Blanca. En la semifinal, el equipo norteamericano derrotó al otro favorito, República Dominicana.
Esta actitud se tradujo en arrogancia frente a sus rivales
En Estados Unidos existe una ideología conocida como el “Destino Manifiesto”, que en síntesis sostiene que el pueblo estadounidense es el nuevo pueblo “escogido” por Dios —en este caso, el Dios cristiano— para dirigir al mundo desde una supuesta superioridad moral e histórica. Fieles a esta doctrina, el equipo norteamericano de béisbol enfrentó el torneo con un cuadro lleno de estrellas de su liga profesional y con la convicción de que no existía rival capaz de interferir en su destino de ganar el campeonato. Esta actitud se tradujo en arrogancia frente a sus rivales, visible especialmente —aunque no exclusivamente— en su entrenador, quien se jactaba de no conocer ni interesarse por la alineación de los contrincantes, confiado, según sus propias palabras, en la evidente superioridad de su equipo. No obstante, fueron derrotados en la final por la menospreciada selección de Venezuela.
En el Mundial de México de 1986, la selección de Argentina enfrentó a Inglaterra, país con el que cuatro años antes había perdido una guerra por el control de las Malvinas. En ese partido, Diego Armando Maradona anotó dos goles que, a la postre, definieron el encuentro a favor de su selección. Uno de ellos fue llamado por el propio Maradona “la mano de Dios”. La victoria de Venezuela contra Estados Unidos, en un estadio norteamericano y frente al “dream team” estadounidense, se siente como ese tipo de triunfo deportivo que sabe a victoria frente a algo más que jugadores. Por un día, en un parque de béisbol, Venezuela pudo derrotar al destino manifiesto norteamericano.

