Un domingo en el bus, un domingo en el parque


Qué bonito es abrir semana con un relato jocoserio de Abraham Mendoza, un óleo de Griselda Benavides y una foto de Valeria Molina

Salud


La mejor ruta de camiones en Hermosillo es la ruta Exprés: directa al centro, vialidades en buen estado y unidades relativamente nuevas, solo que las paradas están desprovistas de casetas, con la ventaja de que en esta época del año y en las primeras horas de la mañana no se siente que hagan tanta falta. Ayer me subí a uno.

Al llegar a la parada encuentro a una mujer uniformada, algo obesa. Ella y un joven estrafalario esperan el camión con cara de fastidio. En cuanto me había acomodado en un pedazo de escombro el camión llega lleno a pesar de ser día domingo. Al subir, la mujer uniformada entabla conversación con una compañera de trabajo que ahí viajaba: medio camión escucha sobre los problemas laborales que tienen en el restaurant donde trabajan.

La mayoría de los pasajeros eventualmente observa a un joven que impregna el ambiente con música cristiana que sale de su celular a todo volumen. A esas alturas ya resiento el peso de la mochila, adentro va la obra cumbre de Julio Cortázar y los tacos de papas con chorizo y de frijoles con chile colorado que me echaron de lonche, tantos como para que no regresara en dos días hasta que terminara de leer la novela. Un asiento se desocupa pero le toca por derecho a dos personas que están más cerca que yo, él le dice amablemente a ella que tome asiento pero ella continúa parada, se ve que no se conocen, que es un encuentro casual, después de unas palabras él se presenta y le extiende la mano, aparentemente sin más pretensiones que la amistad pues se deja ver lo refinado y lo amiguero del mozuelo.

Un hombre viejo pero físicamente muy fuerte, con un aire como del Medio Oriente, sube con un pequeño radio color azul pitufo. Lo lleva fijo en su cinturón, pareciera que tiene unos  veinte minutos de haberlo comprado pues se mira reluciente. La potencia de su volumen es impresionante para su tamaño. La estación de radio programa un narcocorrido que habla de un “señor” de Navojoa, de camionetas blindadas con vidrios polarizados. La vista del joven amable da un giro y se inclina para mirar el radio en la cintura del viejo fornido y molacho, luego voltea hacia mí y le digo:

– ¡Competencia para el otro!

Él me dice que sí, que es el bien y el mal. «Pero el de arriba no tiene competencia», me dice el joven vestido en forma casual pero pulcra y ordenadamente; su tez blanca y sus lentes con armadura de plástico color negro me hacen pensar que es un católico lasallista. Y esa idea se adueñó de mí, aunque me quede claro que un lasallista en un camión urbano de Hermosillo estaría fuera de lugar.

Llegamos al centro y el primer acto fue comprar un capuchino grande para que llegara tibio al Parque Madero, donde me espera la diversidad social y las delicias de la temporada: aunque en forma de parches, un zacate verde por las lluvias invernales que acaban de pasar; los azahares caen de los naranjos como plumas de nieve perfumadas y los sonidos relajantes del agua de la fuente son una música perenne.

La lectura de Cortázar es interrumpida por otra mujer obesa que camina con un perro que más bien parece un zorrillo:

– ¿Es perro o es zorrillo?, le pregunté confianzudamente

Su sonrisa fue luminosa, me recordó al Happy Boy de las hamburguesas.

– ¿Qué raza es?, le pregunté

– Es Shih Tzu, me dijo sin dejar de caminar alegremente

Dos canes de la raza Shih Tzu

Las interrupciones a la lectura siguieron una tras otra. Ahora eran la reunión de los evangélicos con su música ranchera y una prédica estridente y monótona. Después dos señores y un niño muy bien vestidos se acercaron a mí, uno me abordó y lo atendí solo lo necesario, se retiraron después de que recibí su revista. En cuanto se fueron llegó un grupo de Boy Scouts que se pusieron a hacer maromas de manera sistemática, dirigidos por un muchacho mayor que ellos que tenía el aspecto de un ropero.

Había que buscar otro lugar para leer y me retiré junto con tres jóvenes emos que estaban allí (porque un tiempo ese sector fue territorio predominantemente emo) pero ellos tomaron sentidos diametralmente opuestos. En el camino me topé con un grupo de seis jóvenes triquis: del mismo tamaño, del mismo color, la misma nariz, el mismo cabello, parecían clones hablando por supuesto el mismo dialecto. Se dirigían seguramente al kiosco donde estaba un grupo de trabajadoras domésticas testeando y comiendo paletas.

De pronto me encontré con un hombre que podría asegurar era menor que yo, pero que ha vivido más rápido que yo; en sandalias y pantalón corto pedaleaba una bicicleta, su camisa parecía un blusón. Nos fuimos acercando, nos miramos y al estar frente a frente él me dijo como si me estuviera buscando:

– Eres mi apá

Y siguió pedaleando…

En la otra parte del parque donde me instalé, un grupo de cinco mujeres jóvenes y una niña que se ubicaban (otra vez) entre el sobrepeso y la obesidad, disfrutaban de unos ‘chetos’ con chamoy acompañados de unas botellas de soda tamaño familiar. Detrás de mí una pareja del mismo sexo descansaba recostada en el tronco de una palmera: una de ellas muy esbelta y de pelo largo, la otra, también. Enfrente de mí un padre soltero estaba sentado en el césped con una bebecita muy dócil que tenía puesto un overol, le daba papilla de plátano con una cuchara, después de un rato la acomodó en la carriola y se fue. Mientras tanto una persona sin techo, en completo estado de embriaguez, recogía los restos de soda de las botellas tamaño familiar para acompañar lo que traía de comer en un plato desechable.

Pasé el mediodía de domingo haciéndome preguntas sobre algunas cosas que quedaban pendientes para el resto del día: ¿Dónde comeré mis tacos? ¿En el cerro de El Coloso, dónde no hay peligro, dónde están los fariseos? ¿En la plaza de la colonia Pitic? ¿Le ganará el Morelia al América? ¿Quién asesinó a Miroslava Breach? Pero un poco más allá del domingo estaba la siguiente pregunta: ¿Qué reflexión tendré el lunes en el grupo pequeño?

Finalmente, se acabó el mediodía con el capítulo séptimo de Rayuela que al final dice:

Entonces, mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Por Abraham Mendoza

En portada, «Escena típica en un pesero», de Griselda Benavides. Óleo, 2013

Abajo, libro y lonche fotografiados para la ocasión por Valeria Molina. Parque Madero, Hermosillo, marzo 2017




Acerca de

Abraham Mendoza vio la primera luz en San Pedro El Saucito el 2 de abril de 1960. Es geólogo de profesión y narrador nato que escribe como Dios le da a entender. Tiene por hobby caminar por todas partes excepto en andadores y le gusta que le lleven serenata aunque no sea su cumpleaños.


'Un domingo en el bus, un domingo en el parque' tiene 4 comentarios

  1. marzo 27, 2017 @ 2:02 pm Rebeca

    Te subes poco en los camiones urbanos, lo supongo porque el relato es de una experiencia tranquila, digamos experiencia camionera cotidiana. Cuando uno se sube todos los días al camión, «de cajón», al menos una vez al mes, toca presenciar un robo de celular, un pleito entre usuarios, o usuario vs chofer, o chofer vs chofer, etc. También toca escuchar al menos una historia muy triste, digna de la película de «Nosotros los Pobres», calarse dos trasbordes de unidad por descomposturas mecánicas, o incendio, o por mala sincronización o nomás por pura mala leche. También toca ver al vendedor de dulces y charras, al operado con bolsa de diálisis colganda, que no vende pero pide, al que sí vende pero discos piratas, pero que es honesto porque cala en su súper grabadora todo el repertorio, al mismo payaso con la pintura chorreada por el sudor con los mismos chistes que el de las charras pero sin dulces. Toca presenciar la pedrada furtiva contra el vidrio de una de las tantas ventanas, a la señora que se pasa de lista al usar la tarjeta de estudiante de su hijo, al que no le alcanza para el pasaje y hay que prestarle, al que hay qué feriarle, al que anda perdido y hay que orientarlo, a la viejita vestida de saco, chal, abrigo y bufanda en pleno verano que cierra todas la ventanas del camión porque «no le vaya a dar un aire», a la ex, al ex, al montón de viejitos con su folder transparente de plástico azul que van al Seguro por quincuagésima vez a ver si ahora sí le dan la cita «pal» urólogo… y así hasta el infinito.

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    • marzo 27, 2017 @ 3:15 pm abraham mendoza

      Hola Rebeca,
      Me subo casi todos los días al camión, dos veces por día, por eso te puedo decir que estoy asombrado ya que casi nada te faltó de esa amalgama social en el camión que supera a la del parque Madero. En cuanto a lo tranquilo, fíjate que si hay viajes tranquilos, depende de el horario (hora no pico), de la temporada (cuando no hace calor) y del día de la semana (el domingo). Gracias por comentar, saludos.

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  2. marzo 27, 2017 @ 5:10 pm Carmen

    Buen relato, como siempre, el de Abraham.
    PD: A mi tmb me gusta que me lleven serenata, nunca me ha pasado, pero se ha de sentir bonito 😉

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