Pa’ pendejo no se estudia



¿Qué tanto nos arriesgamos en nuestra cómoda vida de Siglo XXI? ¿Por qué no se atreve, usted lector, a chutarse este ensayo detenidamente de principio a fin?

Un texto de Víctor Peralta y una ilustración de Oier -flamantísimo estreno- para el heterodoxo público de Crónica Sonora


Es muy común que las personas nos enfoquemos en evitar lo malo, y soslayamos la búsqueda y promoción de lo bueno. Tomamos el micrófono para lo malo, porque creemos que lo bueno se cuida solo, que es íntimo, egoísta, que somos dueños y señores de lo bueno, en ese sentido, que no importa para los asuntos públicos. No así de lo negativo: lo negativo incluye asesinatos, violaciones y negligencias graves, involucra muerte, ignorancia y tragedias. Parece más fácil ponerse de acuerdo en lo que no queremos todos, a lograr un acuerdo en lo que de hecho sí queremos todos. El asunto es que a veces, concentrarse demasiado en esta forma de ver las cosas, nos vuelve una amenaza, nos vuelve policías, controladores, obsesivos, nos vuelve el Gran Hermano.

A veces, para los que tendemos a ser o parecer monotemáticos, esta tendencia a gritar lo malo nos hace ver amargados a los ojos de los demás. Si la disposición psicológica a tratar en público lo concerniente a lo malo se estira el tiempo suficiente, la ansiedad y los nervios nos hacen un espectáculo irrisorio a los ojos sobre todo de los más jóvenes que por definición han estado menos expuestos a la maldad y negligencia que quienes han vivido más tiempo. Quienes son, o somos mortificados, vamos poco a poco sepultándonos bajo un tejido duro de cicatrices y dejando de vivir, para, supuestamente, vivir más. Y esa vereda psicológica podría ser la más importante de todas: ¿cuánto y cómo debo morir para poder vivir? La clave está en la noción de sobrevivir. Si cambiamos “vivir” por “sobrevivir,” auguro que las respuestas que nos demos harán que las preocupaciones que tenemos por sobrevivir sirvan a un propósito humano luminoso, no un propósito policiaco y regañón. La sobrevivencia debe encontrar uno de sus límites en la vivencia. Otros de sus límites, está en los derechos genuinamente humanos. Otros de sus límites quizá en las religiones, otros límites quizá vengan de la filosofía.

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Este domingo 12 de marzo, nada malo pasó. Muchas cosas buenas en cambio sí pasaron. Hubo una competencia de triatlón que se llama Mayatlón en una comunidad maya de Quintana Roo que se llama Pac Chén. Pac Chén parece un pueblo de hobbits, por muchas razones. La belleza del encuadre natural. El tamaño del pueblo. La vibra que hay en el pueblo. El tipo de construcciones, techos de paja que dan la impresión de ser un continuo entre los juncos y lirios de la laguna, y el zacate a cuatro aguas sobre las zapatas de sus construcciones, y las macetas de los pasillos. Vistos desde arriba a cierta altura con ciertos vistazos negligentes, no podríamos discernir Pac Chén el pueblo, de la selva que lo rodea.
En el triatlón, en el que yo participé por primera vez en la categoría de relevos mixtos, ganamos el 8vo lugar. En mi cuarto, olvidé el chip, artificio cuasi-necesario para poder ser rastreado con certeza, y poder ser ubicado objetivamente en el ranking final de la competencia. Ese es un olvido fatal en casi toda competencia, de modo que yo, más que mi equipo, corrí con suerte al ser permitida nuestra participación. Terminamos 1 km. de nado, 22 de bicicleta y 6 de carrera a campo traviesa, en unos minutos más de las 2 horas. Competí junto con un amigo, Oreb N., y una cancunense más, hasta ayer desconocida para mí, E. S. El amigo con el que competí se encargó de la carrera de forma magistral. E. S. hizo una gran carrera en bicicleta. Esta prueba es mucho más castigada para la bici y para la carrera, que para el agua. Claro, ¿cuándo han visto a un manatí falseado? En cambio animales terrestres luxados o fracturados, hay un montón. Yo, me quedo en el agua, y los que disfrutan del polvo, el sudor y las piedras, que se encarguen de su prueba.

Fotografía de Oreb Navarro

En México hay un problema gravísimo de obesidad. Al parecer hay causas contribuyentes incluso genéticas. Algunos mexicanos somos más antojados de las tortillas de harina. Otros mexicanos simplemente no pueden hacer el ejercicio que sus cuerpos les demandan. En el primer caso, están casi todos los descendientes de los pueblos originarios. En el segundo caso estamos la mayoría de los mexicanos, y en el tercer caso están los niños urbanos que viven en burbujas de seguridad, para no morir en el caos de sus entramados urbanos. Mueren un poco pegados a sus sillones, o anclados al patio de su complejo de edificios, para no morir de tajo víctimas de la delincuencia o de algún peligro vehicular.

¿Cómo encontrar el balance entre morir un poco y vivir más? La verdad es que quizá es imposible en todos los casos. El año pasado en otra competencia de natación, una distancia realmente irrisoria para los que hacemos este deporte por salud y por hobby, 1.25 kms. en el paradisíaco Bacalar, un competidor de Guadalajara perdió la vida. Era joven, y era fuerte a juzgar por sus fotos. Ese nivel de riesgo está en todo lo que hacemos.

 

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Recluirse como agorafóbico en la casa, es una opción en la que de plano uno cae en un combo de razonamientos erróneos: por un lado, partimos de que si disfrutamos la vida, habremos de morir. Si no disfrutamos la vida, habremos de morir igual. Es mejor disfrutar que no disfrutar; de algo nos habremos de morir, se nos dice. El problema es que para ese razonamiento parece que cualquier disfrute está bien, y esto es claramente equivocado. El disfrute del adicto a la heroína, quizá no vale la pena en comparación con perder ese goce por tal de sobrevivir.

Pero también, parece que dado que el goce es mejor si es más grande, y vivir más acumula nuestro goce, por ello siempre es mejor vivir más, y también, si uno se arriesga menos e idealmente nada, entonces uno vivirá más. El truco con este otro razonamiento es que despojar a la vida de todo riesgo, puede hacernos sobrevivir, pero también nos haría morir una muerte voluntaria. Las papas enterradas en el zoquete sobreviven. Creo que la mayoría de las personas considerarían una condena mortal vivir el resto de sus días como una tortuga terrestre de las islas galápagos: básicamente 200 años de pasos lentos y comer lechuga.

No me estoy comprometiendo con la idea de que no hay actividades de vida que son prácticamente cero-riesgosas. Lo que digo es que, primero, el riesgo a la vida está siempre que podamos morir. De modo que hasta tomar café en la comodidad de nuestra habitación representa ciertos riesgos físicos pequeños, pero presentes. Pero aún si los riesgos físicos se llevan a cero, leer el libro incorrecto puede arruinar nuestra forma de ver el mundo. Abstenernos de ciertas actividades de riesgo puede equivaler a pasar de largo algo que le podría dar sentido a una vida gris. Y que muchas veces sobrevivir, puede significar dejar de vivir.

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Un caso. El agorafóbico que sobrevive en su habitación se pierde tantas experiencias como la de visitar Pac Chén, entre amigos, y nadar, correr y pedalear en una laguna hermosa. Con los riesgos incalculables que tiene estar en un pueblo, en medio de la selva en la península de Yucatán. Jaguares, pumas, víboras, arañas y otros arácnidos, mosquitos, jején, chaquistes y otros parásitos insectos, virus, bacterias, protozoos, hongos, del aire, de la tierra y del agua, plantas urticantes, pólenes de muchos tipos, cocodrilos, tejones, y espinas, humanos de casi todo el mundo en modo de competencia, en actividades físicas, exposición al sol y a altas temperaturas, vaya usted a saber cuánto más. Si el agorafóbico fuera racional y sistemático en su intento de deshacerse de todo riesgo posible, quizá incluso tendría que dejar de tomar agua, y comida. Esto se puede considerar enfermo, y es ciertamente peligroso.

A Kurt Gödel, un brillante y famoso lógico y matemático, le sucedió algo semejante, ello lo mató. Pero aunque no hubiera muerto, si su miedo a la comida envenenada no fuera letal, habría perdido el gusto por los placeres de la gastronomía. Si el riesgo de ser envenenado lo transfiriera a todo lo que envenena, quizá dejaría de tomar agua y tendería a aislarse en salas estériles. Dejaría de convivir con mucha gente, en muchos lugares y así, quitando poco a poco cada riesgo, quizá eliminaría todo aquello que hace que la vida valga la pena ser vivida. Y así, poco a poco, tratar de conservar la vida nos acerca a la muerte literal o simbólicamente.

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Ese domingo, saliendo del evento, había mucha gente lesionada. Es común escuchar entre los competidores reprocharse: cuando me tiro al agua, o empiezo a pedalear o correr, me preguntó que qué demonios hago allí si yo estoy feliz en mi oficina. Uno, quizá podría decirse, muere un poco para vivir. Pero la suma del asunto llega a ser perfecta. Después de Pac Chén, Oreb N., otra amiga Marce V., mi esposa Eloísa y yo, regresamos a Cancún por el norte. Nos detuvimos a disfrutar de una cheve helada, viendo a Tres Marías conectar un imparable que les dio 2 carreras, contra el equipo de, Dzitox o algo así. Esa ventaja la perdieron a la siguiente entrada en un error en tercera base. Una señora que estaba junto a nosotros le gritó una obscena perogrullada al tercera base:

— ¡Pa’ pendejo no se estudia! (imagínese con acento yucateco)

Fotografía de Víctor Peralta

Después de allí corrimos a encontrar agua fresca en la que quitarnos el calor. Llegamos a un cenote que se llama Choj Hái, que es uno de los más bonitos que yo jamás haya visto. Marce asegura ser incapaz de nadar en un cuerpo de agua dulce entre la maleza y que tenga plantitas visibles. No la culpo, hay cocodrilos, fango y quién sabe cuánta cosa más. Pero en Choj Hái no hay de eso. Sólo hay kilómetros y kilómetros de río subterráneo, algunas de cuyas cuevas hace 14 mil años estaban tan secas que se caminaron por personas a cientos de metros hacia dentro. Jerónimo Avilés, uno de esos súper-científicos que son intelectual y físicamente imponentes, han encontrado la segunda osamenta humana más vieja del continente americano y otras, dispuestas de tal modo que se recuperaron hasta los huesitos del oído interno de algunas de las osamentas; el cuerpo se depositó allí en seco, y se descarnó en seco, la cueva se inundó poco a poco, de abajo para arriba. La disposición de los huesos impone esa lectura y hacen imposible toda otra forma de inundación.

Nos contó Jerónimo en una conferencia en Cancún que ellos han explorado algunas cuevas a decenas de metros de profundidad. Pero dice también que hay cientos de metros de profundidad con sistemas cavernarios vírgenes jamás tocados por el hombre. Algunos mayas dicen que en los cenotes viven un par de serpientes que causan terremotos, hasta donde sabemos, las serpientes no podrían causar terremotos, pero con que fueran tan grandes como para comerme de una dentellada, me pongo frío. De regreso a casa, nos detuvimos a comer en Xcan. El regreso fue tranquilo, a la luz de la luna llena. Todos estábamos contentos.

Autorretrato de Víctor Peralta

Creo que la vida me da muestras de que el adagio latino mens sana, in corpore sano implica, en el mundo en que vivimos, que uno debe asumir algunos riesgos, de lo contrario, terminaremos enfrentando el peligro más grande: la muerte viene por fuera, pero también por dentro de uno mismo. La búsqueda de la seguridad absoluta, paradójicamente, a seres como nosotros, en mundos como el nuestro, acelera nuestras muertes. Quizá por esto, esa animal reacción que todos tenemos de vez en cuando, además de ser un signo de demencia, es también un signo de salud. Al mismo tiempo, a la misma vez. Pa’ pendejo quizá nos convenga estudiar. Dicho de otro modo: hay que arriesgar inteligentemente.

Por Víctor Peralta del Riego

Ilustración by Oier


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Acerca de

Victor Peralta nació en Hermosillo y creció entre Nogales, Ímuris, Hermosillo y Zacatecas, donde estudió Derecho y Filosofía. En 2005 entró a la Maestría en Filosofía de la UNAM de la que se está titulando con una tesis sobre la computabilidad de la mente humana y la incompleción de Gödel. Hoy en día se desempeña como docente-investigador en Cancún.


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