Hemos sido de todo y sin medida…


Nuestro país, como dice ese gran filósofo llamado José José, ha rodado de aquí para allá y ha sido de todo y sin medida. Ha sido colonia española, imperio, república, dictadura, país revolucionario, agrarista, desarrollista, populista, keynesiano, neoliberal y ahora quién sabe qué. A pesar de esa gran variedad de modelos sociales, el país sigue siendo el mismo de siempre porque tiene una especie de resiliencia que hace que todo siga igual a pesar de gritos y sombrerazos. No hay proyecto, por maravilloso que sea, ni tragedia catastrófica, que no terminen en nada. Si Dios en persona viniera a México (cosa muy improbable) e instaurara su propio proyecto de desarrollo, bastaría un sexenio para ver las señales del fracaso. En este sentido, todas las corrientes políticas tienen derecho, no a impulsar sus propios proyectos, sino a demostrar que también pueden fracasar, que no hay propuesta que no naufrague en las aguas heladas de ese barroquismo nacional que hace que todo sea fuego de artificio.

Todos los gobiernos, por lo menos desde Lázaro Cárdenas para acá, han despertado grandes ilusiones entre el pueblo mexicano. Pero esas esperanzas se han desvanecido pronto ante el empuje de las barreras culturales que nos hacen refractarios al progreso, de las medidas equivocadas (algunas francamente estrambóticas) y de la tremenda corrupción con la que la clase política ha saqueado alegremente al país. 

Estoy convencido de que el gobierno de la cuarta transformación está movido por la buena fe y por un espíritu transformador. Palpo que su auténtico deseo es que México supere los vicios y las inercias del pasado y quieren reconstruir su tejido social, tan deteriorado. Yo, que suelo estremecerme poco, me estremezco de solo pensar que al final del sexenio estemos una vez más lamentando el predominio de esa ley de hierro que dice que no hay proyecto nacional, por maravilloso que sea, que no termine en fracaso. 

¿Por qué habría de terminar en fracaso un proyecto en el que han participado con tanta emoción tantos millones de personas? Por dos razones, según lo veo yo. La primera es porque a ese barco se han subido muchos vividores, personajes que por décadas han navegado en las procelosas aguas de la corrupción, la componenda, el autoritarismo, el fraude y el servilismo, especialistas en adaptarse y hasta parecer auténticos si así lo exigen sus intereses. No doy la lista nada más para ahorrar espacio, pero estoy seguro que todos saben quiénes son. La segunda razón por la que puede fracasar el proyecto será por los errores que pueden cometer.

Hasta donde entiendo, la cuarta transformación se puede resumir en dos objetivos generales: uno, la reconstrucción del estado de derecho (básicamente el fin de la impunidad y de la corrupción, la seguridad, la austeridad republicana y la confianza en las instituciones); y dos, la transformación de las bases de la economía para que el país, además de adaptarse y participar en las transformaciones que están en curso a nivel global, construya una sociedad más justa que ponga fin a la pobreza y a la extrema desigualdad que laceran a la nación desde siempre. 

Me voy a referir solamente al problema de la pobreza. El error que percibo es que el gobierno de la cuarta transformación cree que se hace justicia social repartiendo dinero. Esos programas han existido por décadas y nunca han sacado a nadie de la pobreza. Lo que sí han producido son incentivos perversos que la refuerzan. 

Vea usted: se quiere apoyar a 2.3 millones de jóvenes, a 6 millones de ancianos, a 6 millones de discapacitados y a cerca de 5 millones de estudiantes. Todos esos apoyos tendrán un costo aproximado de 374 mil millones de pesos al año, pero cuando termine el sexenio y llegue un gobierno que no valore tanto esas políticas, esos desamparados volverán a ser tan desamparados como antes. 

Yo me pregunto por qué no se diseña un único proyecto contra la pobreza y se desaparecen los más de 6500 programas asistencialistas que ahora operan y se liberan recursos, para financiarlo, transformando profundamente la administración pública, como corresponde a una verdadera transformación. 

El proyecto contra la pobreza podría ser una política de Estado que consista en dar a todos los niños y adolescentes de México (desde la gestación hasta los dieciocho años) alimentación abundante, saludable y nutritiva, educación de calidad para formar seres humanos libres, solidarios, críticos y competitivos, y salud integral. Eso permitirá atender el aspecto coyuntural porque las familias más pobres recibirán un subsidio directo que no podría ser superado por ningún otro, la alimentación de los hijos; también permitirá enfrentar el aspecto estructural de la pobreza porque en veinte años tendremos generaciones de personas libres en pleno uso de sus facultades físicas y mentales (de lo contrario, tendremos millones de débiles mentales, incapaces de competir, de colaborar e incluso de imaginar un mundo mejor, formados por la desnutrición que afecta a muchos millones de niños actualmente). La propuesta completa para acabar con la pobreza, con eje en los niños y adolescentes de México, la puede leer en: http://vicamswitch.mx/edicion-impresa/.

Mientras esto sucede, el país podría dedicar los pocos recursos que tiene a la construcción de infraestructura para el desarrollo: carreteras, ferrocarriles, presas, puertos y aeropuertos, parques industriales y el embellecimiento de pueblos, ciudades y rancherías…

Desde luego que hay un problema muy grande: ¿de dónde va a salir el dinero? Porque tiene que salir de algún lado, incluso para financiar las políticas erradas.

Veo dos fuentes de recursos. Una podría ser la tan pospuesta reforma tributaria, una que evite y penalice la evasión fiscal, que reduzca el costo recaudatorio y que de más eficiencia al sistema. En este último sentido, se trataría de eliminar aspectos que solamente benefician a los más ricos, como las deducciones, exenciones, tasas cero y diferenciales, así como el burocratismo que todos padecemos. Hasta donde veo el asunto, la reforma fiscal debería simplificar el sistema reduciendo todos los impuestos existentes a tres: un IVA generalizado (puede ser del 10 o 12 por ciento), un ISR reducido con un deducible que apoye a los pequeños contribuyentes o estimule la generación de empleos y un conjunto de impuestos municipales (multas, predial, tenencia, a la gasolina, etc.) para financiar el desarrollo local.  

La otra fuente de recursos para financiar el proyecto puede ser la restructuración del Estado. Hay aquí al menos dos áreas sustanciales cuya reforma ahorraría dinero del presupuesto federal. Una es la reducción drástica de los organismos autónomos como el INE (reducir la burocracia y eliminar el financiamiento a los partidos políticos), las comisiones de todo tipo y el congreso federal. Respecto a esto último, se puede reducir el congreso a 101 diputados y 32 senadores. 

La otra área de restructuración del Estado es la administración pública federal, que tiene gastos injustificables, como el de publicidad, y de gran dispendio, como el de las compras gubernamentales. También el número de secretarías de estado es innecesario; se podrían dejar solamente cinco y sería suficiente: Gobernación, Relaciones Exteriores, Hacienda y Crédito Público, Desarrollo Social y Defensa Nacional. 

Miguel Hidalgo no hubiera podido emprender la primera transformación sin arriesgar la vida (ya ve usted que al final lo fusilaron en Acatita de Baján y su cabeza fue exhibida en una de las esquinas altas de la Alhóndiga de Granaditas) y sin embarcar a México en una larga guerra interna y externa; Benito Juárez no hubiera podido llevar a cabo la segunda transformación sin la separación drástica del Estado y la iglesia y sin defender al país de la invasión extranjera; Francisco I. Madero emprendió la tercera transformación no sin meter al país en una larga y sangrienta revolución. Lo radical aquí, para fortuna nuestra, no es la guerra o la paz, sino la amplitud y profundidad de las medidas tomadas. La cuarta transformación demostrará que hemos sido de todo y sin medida para terminar siendo nada, si no hace las cosas radicalmente distintas a como se han hecho hasta aquí.

Por Alejandro Valenzuela

Imagen que circuló a principios de 2017, emulando la serie de dibujos animados The Simpsons



Acerca de

Alejandro Valenzuela es originario de las comunidades yaquis, oriundez que proviene del cruel destino que nos hace nacer donde le da la gana, hasta en esos terregales arrasados de calor donde nadie nacería si se pudiera elegir y del hecho de que un día de 1917 los yaquis alzados en la sierra del Bacatete bajaron a Bácum y se robaron a su abuela, que iba embarazada de quien sería su padre. Es director del Vícam Switch, un medio de comunicación único (no existe otro) en las comunidades yaquis. Después de andar de aquí para allá (aunque nunca llegó a ser de todo y mucho menos sin medida) reunió a un grupo de entusiastas que los unía el propósito de “hacer algo” por su pueblo, Vícam (un lugar que se está pudriendo en el abandono y que necesita mucho, pero por el que nadie hace nada). Ninguno de los reunidos era periodista, pero querían fundar un periódico que nunca llegó a ser periódico, pero que se convirtió en un medio de comunicación en el que aparecía la gente común y corriente, la de los pueblos, los ranchos y las calles retorcidas, personas que nunca hubieran aparecido en los periódicos de verdad a no ser que se robaran un tanque de gas. Estudió en la UNAM, en la UAM-X, en el Colef, en Connecticut y en el Colson. Ahora es profesor de ingeniería económica y econometría en la Universidad de Sonora. (perfil autobiográfico).


'Hemos sido de todo y sin medida…' tiene 5 comentarios

  1. noviembre 6, 2018 @ 7:18 am Héctor Islas Azaïs

    Excelente artículo. El autor no sólo expone, sino que propone y se une entusiasta al oleaje (hoy apenas chisguete) transformador. Aplica además con solvencia el “principio de caridad” que en lingüística, retórica y filosofía del lenguaje hace referencia al recurso que se emplea para hacer que las afirmaciones de nuestro interlocutor sean los más coherentes y racionales posibles (es decir, que tratemos de no atribuirle falacias, falsedades, sinsentidos y demás burradas). Sólo una palabra cambiaría, un pequeñísimo detalle. Donde dice: “Mientras esto sucede, el país podría dedicar los pocos recursos que tiene a la construcción de infraestructura para el desarrollo” pondría más bien “debería” en lugar de “podría”, pues, si no, ¿qué harán esas generaciones y generaciones vigorosas, educadas y acaso fifís que saldrán del magno programa de combate a la pobreza que propone Alejandro? ¿Se dedicarán en sus casas a la contemplación filosófica o a las artes? ¿O emigrarán en masa como trabajadores altamente calificados a otros países como sucede hoy con tantos ciudadanos de la India? Abrazos Alejandro y, en serio, qué buen texto, me cae que sí.

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  2. noviembre 6, 2018 @ 9:01 am ROSANA MENDEZ BARRON

    Duro y a la cabeza como siempre… disfruto mucho leer tus opiniones Alejandro, un abrazo y esperemos que el escenario futuro sea más benévolo con este lastimado país nuestro…

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  3. noviembre 6, 2018 @ 9:13 am Gregorio Belmonte Juarez

    Excelente y puntual escrito. Al filósofo -José José -parodiando los asuntos del corazón con nuestra ejemplar historia de trasformaciones…más que un acto de fé en una siguiente, nos da aliento, esperanza y certidumbre…Ya que que no menciona la analogía es todos eso que se ha rodado, de un lado a otro…a sido gracias al carácter social del cambio.Las iniciativas del nuevo Congreso de la Unión, puntuales, prácticas…nos dice que la Trasformación tiene rumbo y prioridades! Gracias Alejandro por compartir tan sencilla analogía en un asunto tan complicado de teorizar y tan sencilla de expresarla

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  4. noviembre 6, 2018 @ 12:35 pm Alejandro Valenzuela

    Héctor, Roxana y Gregorio, agradezco profundamente sus comentarios. Respecto al tema del combate a la pobreza, creo que las décadas de hacer lo mismo nos podrían demostrar que el camino andado (repartir dinero) no es la solución. De pronto, a partir de que publicamos nuestra propuesta en el Vícam Switch (http://vicamswitch.mx/edicion-impresa/) he empezado a ver en los medios esa idea, todavía un poco vaga, sobre la estructuración de la propuesta a través de la atención a la infancia (alimentación, educación y salud). Me da mucho gusto porque se nota que el tema está en el aire. Yo ya hice lo que pude: le entregué la propuesta (impresa en papel) a Paco Ignacio Taibo II y le pedí que se la diera a los meros gallones del cambio verdadero (a AMLO, si se puede), pero a ver si lo lee; si lo lee, a ver si lo entrega; si lo entrega, a ver si lo consideran…

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  5. noviembre 6, 2018 @ 1:14 pm Miguel Ortiz González

    Alejandro, tremendamente lúcido tu texto que remite al Plan Integral para combatir la pobreza en México, también de tu autoría. Son varias las virtudes ensayísticas y prácticas de ambos documentos, pero yo me quedo con la muy afortunada y oportuna combinación que realizas entre lo coyuntural y lo estructural a la hora de diseñar las estrategias para superar el problema sustantivo de nuestro país, es decir la lacerante pobreza y su colateral: la inequitativa distribución de la riqueza, una de las más injustas del mundo. Digo el más sustantivo problema porque como bien lo sintetizas y analizas, la pobreza es causa y consecuencia de las tres vertientes que identificas como vertebrales y qué propones atacar en el Plan: la desnutrición, la deficiente salud y la crisis educativa que padecen los niños y adolecentes de nuestro país. Propones, dicho coloquialmente, destrabar y romper el círculo vicioso de la pobreza y subdesarrollo, para generar un círculo virtuoso de salud, nutrición y educación que erradiquen a mediano y largo plazo la pobreza a efecto de lograr alcanzar el desarrollo integral de la sociedad mexicana. Y en el centro de tu Plan y estrategias colocas a la niñez como la plataforma y resorte de tu ambicioso pero insoslayable plan. Creo que tu propuesta, a diferencia de los programas hasta ahora instrumentado por los distintos gobiernos, es la más integral, radical y racional de las propuestas para lograr el objetivo planteado. Y lo es porque precisamente logras la imprescindible combinación de lo coyuntural con lo estructural, lo adjetivo y aislado con lo integral y lo sistémico. El problema a superar es que logres que el Plan Integral que propones sea contemplado como parte del Plan Nacional que rija el programa de gobierno del nuevo grupo gobernante. Ahora hay que pensar en cómo lograr ésto. Árdua tarea.

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