Los mercedarios. Héroes anónimos de manteles largos


El regreso de Liliana Coutinho a esta ecuménica casa editorial


Como cada 24 de septiembre, ayer celebraron los mercedarios las fiestas en honor a la Virgen de la Merced -o Misericordia-. Esta es la advocación de la Virgen María que, según la tradición, le ordenó a San Pedro Nolasco fundar un nuevo rostro de su iglesia. Los mercedarios, a diferencia del resto de las congregaciones, hacen un cuarto voto, que es el voto de la liberación al cautivo, el cual consiste, en términos vulgares y míos, nada más y nada menos que en practicar las obras de misericordia incluso si hacerlo les cuesta la vida. 

Conocí la Orden de primera mano, como laica comprometida, hace más de 25 años. Y de las primeras cosas que “cortocircuitaron” mi idea prejuiciosa de la iglesia fue cuando, por ahí de 1994, el párroco de Ciudad Obregón convocó a celebrar su cumpleaños dentro de la casa cural. Al evento asistimos todos los que participábamos en los grupos base. No quiero imaginarme las críticas y llamadas de atención que seguramente recibió Fray Heriberto en la diócesis cajemense, cuando aquel 20 de noviembre cientos de personas bailamos en la terraza de la casa cural “Te traigo esta cumbia morena” al ritmo de Los Renegados del Norte tocando en vivo. ¡Toda la casa retumbaba y hasta los señores de la vela perpetua anduvieron baile y baile! ¡Qué escándala!

Dudo mucho que la celebración fuera un evento completamente narcisista o egocéntrico, pues otra situación que recuerdo es que por esas fechas muchos jóvenes teníamos inquietud religiosa y curiosidad acerca de lo que pasaba detrás de las puertas de un “claustro”. Obviamente, no creo tampoco que sólo por satisfacer nuestro morbo de conocer cómo era la casa parroquial, el padre se organizó una fiesta, pero lo que sí creo es que formó parte de un plan social maestro que armonizó mucha de la tensión o duelo de haber “perdido” al párroco anterior de muchos años, y esa pequeña gran fiesta terminó trastocando lo espiritual. 

El evento, al menos en mí, sirvió para darme cuenta de la austeridad en la que vivían los frailes y que aquello, lejos de ser un lugar ostentoso, se trataba de un lugar bastante espacioso y simple, suficiente para respirar silencio y paz sin ser considerado aburrido. Cambió, en muchos, nuestra perspectiva formal, alejada y ceremoniosa acerca del clero, para visualizarlo ahora mucho más humano y sensible a las apreciaciones de la tierra a la que fueren. Daba gusto ver la congruencia.

El segundo evento que marcó mi percepción respecto a la Orden fue cuando, tiempo después, me tocó viajar a la ciudad de México en mi paso a Oaxaca. Mis amigos seminaristas sabían que era difícil encontrar boletos en temporada decembrina y como en aquella época no podían comprarse en línea o con tanta anticipación, sin pensarlo, me ofrecieron quedarme con ellos mientras saliera mi siguiente autobús. De nuevo, ¡qué escándalo! ¿Me imaginan? Una veinteañera rodeada de hombres, invitada a quedarse en los dormitorios de las visitas del seminario mayor mercedario. Recuerdo perfectamente haber sido tratada con total respeto y descubrir gustosa equipos de varones cocinando, con una sencillez y destreza digna de los mejores chefs del país. Todos ellos muy participativos en las labores del hogar que compartían. Pero lo más sorprendente para mí fue saber que el lugar estaba sirviendo para dar refugio a personas que lo necesitaban por razones mucho más poderosas que un simple atraso de camión. Fue entonces cuando en mi experiencia de participación social comprendí que la defensa de derechos humanos no eran una lucha exclusiva de activistas sociales o académicos. Y que, por el contrario, nunca podremos pesar o medir el aporte que realiza el clero de a pie, cuando de apoyo social se trata.


Por cierto, ayúdanos a seguir laborando en pro del iletrado

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El tercer y último momento que trascendió en mi memoria y en mi cariño a la Orden fue cuando años más tarde, fray Manuel (Pasitos), luego de terminar la carrera de Derecho, empezó a acompañar a reclusos condenados a muerte en Estados Unidos. Recuerdo todavía la pasión de las cartas con las que me escribía, llenas de filosofía y de ética, donde se planteaba y replanteaba todos los dilemas por los que atraviesan los sistemas penitenciarios y sus individuos, pero de los cuales pocas veces se habla o se comparte socialmente por el estigma que padecen los encarcelados. Entonces terminé verdaderamente de apreciar la labor que realizan, tan compleja, tan pensada, porque no se trata de una agrupación cualquiera, sino de una que se esfuerza por trabajar con los peores candidatos a ser amados: los nuevos leprosos, los apestados, los menos afortunados de cualquier escalera social.

No es coincidencia que las y los religiosos mercedarios anden en la cárcel, en el campo, en los hospitales y en las escuelas. Para los mercedarios, el cautiverio está en quienes necesitan de salud, educación, alimentación, albergue y espiritualidad, para romper las ataduras que por nuestra condición humana nos hacen dudar de la fe. Para ellos, el mandato de servicio, asumido voluntariamente, los compromete a ayudar socioculturalmente a quien sea, y si eso no pasa, no sirven.    

No quiero con esto generalizar ni idealizar la labor de todos los religiosos o de toda la Orden. Pero ahora que estamos en tiempos de reconocer a los héroes anónimos, creo que es preciso reconocer que no todos los grupos religiosos son iguales. Lo señalo porque todos los días escuchamos noticias desagradables y aberrantes acerca de la fe, cualquiera que sea, no sólo la católica, pero difícilmente visibilizamos el trabajo solidario para con el prójimo que realizan muchas órdenes y congregaciones pequeñitas, aprovechando la estructura clerical ya construida. Igual que en cualquier otro gremio, en las iglesias existen personas que efectivamente son capaces de dar la vida por el hermano y no son noticia, porque cumplen con el voto de pobreza, entendido también como humildad o silencio. Son personas que no salen en los diarios porque no aspiran a cargos de poder, ni a capitalizar lo que donan, pero existen, se los garantizo; y no pocas veces ponen la vida o la integridad en riesgo por cumplir con sus ideales. 

Si pensamos en las actuales y cada vez más sofisticadas formas de opresión, o si analizamos la palabra “liberación” de manera crítica, nos daremos cuenta que el reto que se proponen no es pequeño, constituye mucha de la esencia que esperamos ver en alguien que se reconoce creyente o amante de esa fuerza universal integradora, a la que la mayoría llama Dios. Así que hoy, a la luz de un nuevo día de fiesta para ellos, pido al universo que los dote de los recursos necesarios en el cumplimiento de su misión. Que nunca falte salud para llevar a los enfermos, comida qué compartir con el hambriento, conocimiento para abatir la ignorancia, refugio para los necesitados, compañía a los desahuciados, consuelo en la tristeza, conciencia en la oscuridad; pero, además, entereza y congruencia para quienes acercan todas esas armas de liberación al cautivo: Hombres y mujeres valientes, fuertes, sanos, sabios. Libres para liberar.

Por Liliana Coutinho

Fotografía tomada de la página Facebook del Movimiento Juvenil Mercedario en Ciudad Obregón



Acerca de

Lili Coutiño Escamilla es oaxaqueña de nacimiento y adoptada sonorense. Radica actualmente en Cuernavaca, donde es candidata a doctora en Ciencias en Epidemiología. Ha recibido dos premios por investigar el estado de salud de los jóvenes y las mujeres en Sonora. Le interesan como científica la investigación aplicada a grupos vulnerables y, como persona, ser persona. Es amante de la comida, la música, la charla, los libros y el buen humor.


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