Instrucciones para leer a Nacho Mondaca


En Moisés y la religión monoteísta, el último gran texto freudiano, el viejo Sigmund establece una analogía entre la amnesia que presenta la humanidad en relación al parricidio original, el olvido al que ha sido sometido Moises por el pueblo judío y la represión que se sucede en la neurosis. La vertiente inconsciente del síntoma neurótico, dada por el retorno de lo reprimido, encontrará un correlato de malestar o síntoma en la civilización caracterizado por el retorno de la verdad reprimida sobre el magnicidio primordial. Igualmente Moisés constituye la expresión de una verdad inconsciente del pueblo judío, que no habla de él, lo ha reprimido del texto sagrado. Para Freud, Moisés había sido doblemente asesinado: en la realidad y en el texto.

En Instrucciones para asesinar a Julio Cortázar, Ignacio Mondaca Romero (de quien hasta donde se sabe, no figura entre los coautores de La Biblia), acomete la doble misión suicida más peligrosa de su carrera literaria: en primer lugar, enhebrar juntos catorce relatos sólidos, armados con lo mejor del oficio narrativo que Nacho ha desarrollado durante años. 

Músico, lector, buzo, incansable promotor de la lectura, esposo, padre, todos esos y muchos que omito son para Nacho los alter-egos de un lector voraz y un cazador de frases que el tiempo consignará luego al papel. La segunda mitad de la misión es clara: Julio Cortázar debe morir.

Se dice que Freud militaba en las filas de Sófocles en todo lo relativo al mito de Edipo. Tanto el asesinato del padre como el goce de la madre por parte del hijo se producen sin que Edipo lo sepa, son inconscientes. El sujeto freudiano esconde o reprime el deseo edípico inconsciente de matar al padre y ese deseo va a retornar bajo la forma de síntoma. Este esquema se estructura en la constitución del deseo inconsciente de la muerte del padre y su posterior regreso sintomático desde lo reprimido. De aquí que Freud considere que en la medida en que un sujeto pueda encontrarse con la función del padre muerto, sin reprimirla, podrá acceder a la dimensión de la realidad de su deseo.

¿Para qué matar a Cortázar (el Padre) si no para deleitarse en la madre desposada injustamente por él y negada para los demás? La madre bien podría ser la literatura y más específicamente aquella narrativa destinada a generar el cuento. Cortázar, el padre cruel, ha poseído por demasiado tiempo la exclusividad de la belleza y al asesinarlo, es decir, al librarse de su influencia, el hijo podrá gozar de la madre y escribir su propia obra, su auténtica literatura libre de la genética paterna. 

¿Lo consigue Nacho Mondaca en este libro? Para responder esa pregunta habría que decir que ya desde “El pianoforte” o “Relatos del ocio” es perfectamente distinguible la voz de un autor singularizado por esa abstracción llamada estilo. Si bien es verdad que un ojo educado podrá tener atisbos de las influencias literarias de Mondaca (justificadas y hasta atribuibles a su enamoramiento pertinaz por leer buenos libros), también es innegable que no se concibe esa voz narrativa si se le restara el muy particular sentido del humor y el exquisito manejo de la ironía del que pocos autores son tan posesionarios. 

(Largo paréntesis: a esta combinación de elementos entre la influencia de los clásicos con la mordacidad y la verosimilitud de la vida cotidiana se le conoce entre los estudiosos como “la elegancia de Mondaca”, y para efectos de este texto lo verifiqué con tres especialistas distintos. Todos coinciden. Fin del paréntesis). 

Hace dos semanas, cuando recibí la llamada del autor para invitarme presentar su libro, sentí una grata emoción. No por la perspectiva de hablar en público y de tener que preparar palabras elogiosas en un medio que a veces abusa de ellas sin necesidad, sino porque sabía que tendría la oportunidad de ser uno de los primeros lectores de esta obra que, estaba seguro, me aliviaría por unos días la pena de leer las cosas terribles que me he visto obligado a leer recientemente. Tuve razón. Bastó abrir el archivo electrónico y encontrarme con el refrescante título del primer cuento: “Made in China” para sentir una vibrante conexión con el cuerpo de relatos.

Cito el primer párrafo: 

A Nicasio Novelo no le cabía la idea de que los egipcios de la antigüedad se afeitaran las cejas cuando moría uno de sus gatos; cultivaban la costumbre de momificarlos y aunque esto podía comprenderse a la luz de sus símbolos, le parecía un exceso. Lo sorprendía igualmente que en la Roma imperial la veneración a esta especie llevara al linchamiento de un hombre que aniquiló a un minino suyo; según las creencias romanas, el acto convertía a aquel individuo en un ser abominable. En China y otras partes de Oriente los gatos fueron y han sido por siglos amuletos de la buena suerte y espantadores de espíritus malignos. Sin embargo, Nicasio se preguntaba por qué entonces el aura de los gatos no había sido capaz de detener las invasiones de hunos y mongoles en el país oriental.

El libro fue consumido en dos días y hubiera sido uno si no lo hubiera empezado muy tarde por la noche. A la mañana siguiente le envié un mensaje a una muy querida colega nuestra diciéndole que el libro era de lo mejor que le ha pasado a nuestra literatura en los últimos años y que debía leerlo pero que era imposible porque el libro-libro no existía aún. Días después me escribió que lo había encontrado, recién desempacado, en los pasillos de esta misma feria y lo había leído en una sola tarde.

Tenías razón, me dijo, es un libro hermoso y pone muy en alto el trabajo que se está haciendo en la narrativa del noroeste de México. 

Si Nacho ha realizado una labor verdaderamente titánica al promover la lectura con las charlas que nunca niega a las escuelas de todos los niveles y en cualquier foro donde lo soliciten, no es para nada menor la aportación que ha hecho al generar lectores produciendo una literatura de altísimos vuelos de la que no se sale ileso. Alejado del lugar común, decidido a crear personajes memorables y emociones profundas, cada uno de estos catorce relatos es un golpe contundente a las fibras sensibles del ser.

Mi segunda lectura ha terminado de convencerme de esto. Me siento agradecido y me reafirmo como un gran admirador de la prosa de Ignacio Mondaca, de quien la casualidad me hizo amigo pero la admiración me hizo lector. Sólo me resta esperar un futuro cercano en que ese poder metafísico y sobrenatural de la literatura me cumpla un capricho de ficcionista: que Aurora Bernárdez se despierte una mañana con la necesidad impostergable de limpiar a profundidad el sótano y ahí, debajo de un cajón de doble fondo se encuentre con el amarillento y quebradizo manuscrito del último de los textos inéditos de su difunto Julio. Un texto tal vez demasiado breve con un título tentativo y profético: “Instrucciones para asesinar a Nacho Mondaca (antes de que sea demasiado tarde)”.

Por Gerardo H. Jacobo

Fotografía de Blanca García



Acerca de

Gerardo H. Jacobo es narrador que emigró del Valle del Mayo a Hermosillo. Ha publicado las novelas Dos píldoras azules y Crucigrama. Dirige la revista cultural Abrapalabra.


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