¿Con la comida no se juega?


Delirante, irreverente y, en ciertos momentos, bastante majadera. Una crítica bien sazonada contra la religión, la política y nuestros hábitos alimenticios. La fiesta de las salchichas (2016), dirigida por Conrad Vernon y Greg Tiernan, a partir de una idea de Seth Rogen, es una de las cintas más sabrosas de la temporada y puede ser consumida por los apetitos más voraces y los gustos más despiadados.

 

¿Qué sucedería si los productos que compramos en el supermercado tuvieran conciencia, anhelos y sentimientos? Quizás serían seres inocentes que esperan con ansia ser seleccionados por nosotros, los dioses consumidores, para ser llevados al great beyond, es decir, al paraíso eterno, o cualquier cosa que suceda al salir por la puerta de la tienda.

 

En realidad las risas en La fiesta de las salchichas comenzaron gracias a un error en la programación de sus avances promocionales. Durante el verano su tráiler fue proyectado en las salas que exhibían cintas para los más pequeños. Y el escándalo fue breve, pero mayúsculo.

 

¿Embutidos fálicos? ¿Panecillos vaginales? ¿Una matanza botanera? La fiesta de las salchichas no es una aventura para niños, pero sí es una broma monumental digna de Mel Brooks, si el venerable Mel estuviera pacheco y decidiera escribir un guión como este.

 

En Shopwell, un supermercado como cualquiera, Frank la salchicha (en la voz de Seth Rogen) aguarda junto a sus compañeros de paquete el momento de ser comprado, esperando que al mismo tiempo sea adquirida su amada panecilla Brenda (Kristen Wiig) para consumar su amor en el gran más allá. Antes que esto suceda, es devuelto a los estantes un frasco de Mostaza (Danny McBride), éste, aterrado, revela a sus compañeros que todo lo que les han dicho sobre ese paraíso es una mentira y que los dioses en realidad son monstruos pavorosos.

 

No existe el paraíso. Es el apocalipsis. Es la muerte, en el infierno de todos tan temido. De ahora en adelante ya sabemos qué pensar de los tarros que aparecen masacrados en el piso del mercado: son los productos que eligieron el suicidio al martirio de la cocina.

 

La locura y el caos se apoderan de todos los personajes. Y las bromas son lanzadas al espectador con una velocidad tal que resulta difícil elegir de qué reír sin empacho. Los recuerdos del 9/11, la estrujante secuencia inicial de Salvando al soldado Ryan (1998, Steven Spielberg), una posible atracción homoerótica entre judíos y palestinos – o entre un bagel (Edward Norton, en una perfecta imitación de Woody Allen) y una fundamentalista tortilla árabe (David Krumholtz) -, la preferencia lésbica de un sexytaco (Salma Hayek) y la ausencia de la canasta saludable en esta calórica odisea.

 

Aquí no aparecen ni El ataque de los tomates asesinos (1978, John De Bello) ni las célebres espinacas de Popeye (1980, Robert Altman). Es la comida chatarra la única y genial protagonista en La fiesta de las salchichas: pizzas congeladas, bolsas de papas fritas, jugos y refrescos, cerveza, bebidas alcohólicas, dulces y golosinas e incluso una deforme goma de mascar pegada a una silla de ruedas a batería doble A con un gracioso y evidente parecido a Stephen Hawking.

 

Ya era hora que apareciera un elogio heroico a la defenestrada comida chatarra. ¡A que no puedes comer sólo una!

 

La fiesta de las salchichas, por supuesto, es una sátira a Toy Story (1995, John Lasseter), sin embargo, al ser realizada en el nuevo siglo, se toma libertades que hace 25 años habrían sido impensables. Claro, a su favor abonan cintas como South Park: Bigger, Longer & Uncut (1999, Trey Parker) y, en México, Santo contra la tetona Mendoza (2012, Alejandro Lozano y Andrés Couturier).

 

Son los noventa minutos más insolentes que se han visto en la pantalla en muchos años. Y a contratiempo La fiesta de las salchichas logra su cometido. ¿Cómo establecer el nexo entre la fantasía y la realidad? El apego infantil a los juguetes fue la clave en Toy Story. En La fiesta de las salchichas es una secuencia surrealista donde las sales de baño revelan lo que el consumidor puede descubrir de la comida que está a punto de devorar.

 

Con golpes y aguijonazos para todo lo que se mueve en la cultura actual, La fiesta de las salchichas puede hacer vomitar o hacer disfrutar lo que ocurre en pantalla: ¿Les dije que el villano es una bombita de lavado vaginal?, ¿Les comenté que hay bromas bastante subidas de tono sobre los orígenes raciales de los antojitos y botanas que a diario nos llevamos a la boca?

 

Sin embargo, el centro de todas las burlas y las bromas es la condición femenina. La fiesta de las salchichas apuesta por un mundo de varones y existen más chocarrerías que pueden ofender a las sensibilidades políticamente correctas, sobre todo en el tema de la equidad de género.

 

Somos lo que comemos. Y entre el maridaje y las mezclas que nos permitimos hacer creamos verdaderas orgías gastronómicas. Cama y mesa. Los dos placeres que definen nuestro hedonismo. ¿Por qué no habrían de hacerlo la comida que compramos?

 

Buen provecho.

 

La fiesta de las salchichas. Dirigida por: Conrad Vernon y Greg Tiernan. Música y canciones: Alan Menken y Christopher Lennertz. Con las voces de: Seth Rogen, Edward Norton, Kristen Wiig y Salma Hayek.

 

Por Horacio Vidal



Acerca de

Horacio Vidal (Hermosillo, 1964 ) es publicista y crítico de cine. Actualmente participa en Z93 FM, en la emisión Café 93 con una reseña cinematográfica semanal, así como en Stereo100.3 FM, con crítica de cine y recomendación de lectura. En esa misma estación, todos los sábados de 11:00 A.M. a 1:00 P.M., produce y conduce Cinema 100, el único -dicen- programa en la radio comercial en México especializado en la música de cine. Aparece también en ¡Qué gusto!, de Televisa Sonora.


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