Cambio de luces


Tres cuadras más adelante ese perro va a cambiar de dueño. Así se lo comenté a mi madre quien esa tarde de principios de año, a paso lento, me acompañaba al centro comercial que acababan de inaugurar. Pero seguramente no me oyó porque desde entonces ya se estaba quedando sorda. Los dos lo miramos asustadizo en el regazo de ese hombre en andrajos que lo atesoraba como el mejor botín jamás logrado en los últimos meses. El tipo soltó una palabras y nos dijo no sé qué cosa; quise entender que nos los ofrecía en venta y yo, con un desdén, lo mandé al carajo.

 

El periférico, a estas horas de pardo atardecer, es un dragón esquizofrénico, un toro de lidia furibundo. Así pensé en describírselo a mi madre pero me pareció una cursilería de mi parte y mejor la tomé del brazo mientras esperábamos el cambio de luces del semáforo. Fue entonces cuando sentí que me jalaban del pantalón. Era un niño pecoso y sonriente y me presumía a su mascota: un perro asustadizo el cual me miraba como si ya nos conociéramos. Le pasé mi mano por su cabeza sucia y estiró su hocico como olfateándome, al tiempo que yo me daba la media vuelta porque el semáforo ya había cambiado y eché a andar acompañado del paso lento de mi madre.

 

Cuando alcanzábamos la otra orilla oí un impacto fuerte que seguramente mi madre no escuchó porque desde entonces ya se estaba quedando sorda. Y casi al instante vimos caer, como si desde una nube, los restos del niño que momentos antes me presumía a su mascota.

 

Aquello, ese dragón esquizofrénico o ese toro de lidia furibundo o lo que sea, se detuvo en seco. Yo abracé a mi madre con fuerza y lentamente nos fuimos sumando a los mirones. El niño era una mariposa disecada y roja. Los paramédicos llegaron no sé en cuanto tiempo y levantaron el cuerpo casi de inmediato.

 

Mi madre estiró una mano y me señaló hacia el lado opuesto del semáforo. Desde ese punto un perro asustadizo y cojo, este que hoy muerto de viejo estoy sepultando, me veía como si ya nos conociéramos. Lo tomé en mis brazos como a un niño, me llenó de sangre la camisa, hablé de pactos y del destino o no sé qué cursilería y le volví a decir a mi madre al tiempo que avanzábamos: “Este perro otra vez va a cambiar de dueño”. Pero seguramente no me oyó porque desde entonces ya se estaba quedando sorda.

 

Por Miguel Ángel Avilés

Fotografía de Luis Gutiérrez



Acerca de

Miguel Ángel Avilés Castro (La Paz, 1966) es abogado por la Universidad de Sonora. Practica el periodismo y la literatura desde 1990. Pese a ello es buena gente. En 1992 se hace acreedor al Premio Estatal de Periodismo en Sonora en el género de reportaje. Ha publicado Diles que acá estamos (1990), Los sordos territorios (1997), Ingratos ojos míos (2004), Tres Modos de Morir y Una Misma Historia (2013) y Estar y No. Juegos de la Memoria (2014). Es compilador y coautor de la antología Santo y Seña. Relevos Literarios sobre el Enmascarado (2014), por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura. En Octubre de 2014 ganó el Premio Estatal de Literatura en Baja California Sur en el género de crónica, con el libro Diario de mi Ciudad. Desde hace algunos años escribe la columna El Diván y publica, con obstinación, muchas babosadas en Facebook.


'Cambio de luces' 1 comentario

  1. mayo 15, 2015 @ 8:58 am Margarita Rascón

    Que dramática historia, tiene la virtud de plasmar en pocas lineas el ambiente de barbarie y des humanización que genera el individualismo en nuestra ciudad, así lo he percibido algunas veces en las vialidades de Hermosillo. Una excelente invitación a tomar conciencia sobre cómo participamos en la construcción de nuestra ciudad.

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