Las musas muertas


Vuelven a la carga Los Satánicos, esta vez en la pluma de Berenice Camou.


 

¿A quién no le ha tocado escuchar que alguien, al ver un cuervo posado o volando frente a ellos, dice en chiste automático “Nevermore”, y nosotros sonreímos, porque sabemos que la persona en cuestión conoce al menos una de las obras más significativas de Edgar Allan Poe? Es fácil reconocer que Poe ha sido emblemático en el terror literario desde mediados de 1800, y  precursor del horror sicológico y relato policíaco. También fue de los escasos escritores de la época que querían vivir de lo que escribían.

 

Mi participación se enfocará en las mujeres de Poe, tanto en las de su vida personal como en las de sus letras. El oriundo de Boston mostró obsesión por las mujeres que marcaron su vida, e indagó de manera profunda, de distintas formas, su percepción de la muerte. En 1835 apareció “Berenice”, relato donde la relación con su prima-esposa y la descripción de algunos personajes se asemejan demasiado a la ficción (claro que en la realidad Poe nunca le arrancó la dentadura completa a nadie, al menos espero que no). Desde el inicio, sus textos superaron la narrativa gótica convencional. Escandalizó por su terror sicológico, por las enfermedades misteriosas y por el miedo a ser enterrado vivo, terrores por demás frecuentes en la época.

 

En “Eleonora” de nuevo muestra una de sus monomanías: la frágil figura femenina. Luego de vivir un romance pleno, el protagonista se enfrenta al abandono por la muerte de su amada, aunque guarda la promesa de ser cuidado desde “el más allá” bajo la consigna de jurar fidelidad. Sin embargo, cuando se encuentra profundamente enamorado de Emerganda, y cree que por eso está manchando el juramento y la memoria de Eleonora, ésta aparece en espíritu para liberarlo de la pesada carga. Aquí pareciera que engloba la negación ante la muerte de Elizabeth, su madre biológica, y cómo buscaba figuras maternas que embonaran en sus parejas.

 

Algo similar sucede en “Morella”, con la encarnación de la madre en la hija. Ambas sucumben y lo atormentan al dejarlo solo, al borde de la locura. Así también con la ambigua reencarnación de Ligeia en “Lady Rowina”, donde describe las cualidades de sus parejas; singular belleza, fragilidad, gracia, inteligencia y una proclividad terrible hacia la enfermedad y el desamparo. Y es curioso que, pese a retornar frecuentemente al tema de las mujeres y los amores imposibles, en los relatos de Poe nunca encontraremos la más mínima señal de erotismo o sensualidad. Como escribiera Charles Baudelaire en su Introducción a la literatura de Edgar Allan Poe: “Sus retratos de mujeres están, por decirlo así, aureolados; brillan en el seno de un vapor sobrenatural y están pintados con la manera enfática de un adorador.”

 

En la vida de Poe, su trabajo como escritor nunca cesó. Siguió escribiendo poemas, prosa, cuentos. Quizá descarga parte de sus frustraciones al criticar incisivamente los trabajos de sus contemporáneos, pero siempre mantiene la línea del terror, lo detectivesco, entrelazando muerte, obsesiones sádicas algunas, imaginaciones materialistas con imágenes tan descriptivas que sitúan al lector y lo atrapan por la historia y por una extensión narrativa no muy larga.

 

Muchos de sus escritos están enmarcados en el romanticismo oscuro, como “El Retrato Oval”, que eterniza la juventud y la belleza a costa de la vida de su amada. Cabe señalar que, basándonos en el análisis estético, “El Retrato Oval” propone examinar la frontera confusa entre el arte y la vida, y cómo en ocasiones la belleza, la obsesión de conservarla o representarla, puede convertirse en un camino de la muerte.  

 

La devastación que conllevan estas situaciones ponen los necesarios toques de locura en los protagonistas de sus relatos, y crean cierta aceptación empática del lector. Aun en el poema “El Cuervo” se siguen recogiendo estas obsesiones de la amada, eje fundamental de su vida, de su trabajo, sus musas, sus mujeres muertas, todos los abandonos lo guían hacia depresiones y excesos que hasta en sus últimas palabras refleja el tormento por la soledad: “Querido Dios, ayuda a mi pobre alma”.

 

A manera de cierre, y para sincretizar un poco el espíritu de Poe, dejaré uno de sus poemas, encontrado 27 años después de su muerte:

 

Solo

Desde el tiempo de mi infancia no he sido

como otros eran, no he visto

como otros veían, no pude traer

mis pasiones de una simple primavera.

De la misma fuente no he tomado

mi pesar, no podría despertar

mi corazón al júbilo con el mismo tono;

y todo lo que amé, lo amé solo.

Entonces -en mi infancia- en el alba

de la vida más tempestuosa, se sacó

de cada profundidad de lo bueno y lo malo

el misterio que todavía me ata:

del torrente, o la fuente,

del risco rojo de la montaña,

del sol que giraba a mi alrededor

en su otoño teñido de oro,

del rayo en el cielo

cuando pasaba volando cerca de mí,

del trueno y la tormenta,

y la nube que tomó la forma

(cuando el resto del Cielo era azul)

de un demonio ante mi vista.

Por Berenice Benítez Camou

Portada by A’alaa AlMajnouni

mc

La autora durante su presentación en el marco de los Lunes Satánicos en Casa Madrid

 

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Acerca de

Berenice Benítez Camou (Nogales, Sonora) estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Sonora. Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos.


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