No frenaremos el norte, no frenaremos el sur


Hermosillo, Sonora.-

Desde temprano se observó que más hondureños llegaban caminando a Tecún Umán para sumarse a la caravana de sus compatriotas, que salió el sábado pasado de San Pedro Sula, desde donde han recorrido unos 500 kilómetros.

Prensa Libre, 20 de octubre de 2018

Tecún Umán, Ayutla, es una de las fronteras que dividen a Guatemala de México. Se encuentra en el departamento de San Marcos y sus habitantes se sienten orgullosos de su gobierno municipal y de la insignia que maneja su alcalde: Que no te digan que no se puede, de que se puede se puede.

Una tierra desconocida, un pueblo que a nivel internacional quizás no había marcado o llamado la atención hasta hace un par de días, cuando la #CaravanaMigrante formada por miles de hondureños se hizo presente al tratar de cruzar la frontera de México rumbo al sueño americano. 

Especialmente no me encuentro en la posición de dar alguna opinión al respecto más allá de lo que tú puedes escuchar o ver en las noticias. Pero te quiero platicar un poco sobre esta frontera, sobre su gente.

La frontera

Separados por el río Suchiate, México y Guatemala intercambian día a día productos de despensa, los lugareños transitan la frontera sin ningún problema, ya sea en motos, carros o a pie. Los ilegales lo hacen a través de una balsa formada por madera y llantas.

-Tienes que cruzar en balsa- Me comentaban Juanka e Isra

-Imagínate, la mexicana pasando a su propio país de ilegal

Lo dijeron una noche después de pasear por Ayutla. 

Pero déjenme contarles cómo fue mi impresión y mi paso por esta ciudad. Al principio, después de un mes de vivir en la ciudad de Guatemala, mi compañero de trabajo regresó a México y me quedé sola; desde la primera noche me llamaron para que fuera a Ayutla. Me dio raite uno de la compañía y nos detuvimos en medio de la carretera, dentro ya del departamento de San Marcos. La experiencia al principio fue bonita, veía el verdor de paisaje, los volcanes, etcétera; pero conforme se iba llegando el destino, el camino fue cambiando, la carretera se hizo más cerrada, estaba llena de baches y la verdad parecía un poco un rumbo desconocido. 

“Aquí te bajas”, me dijo el chofer. “Es uno de los mejores hoteles de Ayutla”, me comentó mientras yo veía el letrero: Hotel Don Carlos. Una figura de un hombre con un sombrero formaba el logo del famoso hotel, me bajé con mis maletas y me dieron mi cuarto ubicado en un segundo piso. El ruido del abanico del techo era lo único que me acompañaba esa tarde, hacía un calor, una humedad que no recordaba y fui directo a comprarme ropa adecuada.

Ya instalada, sin una idea clara de qué realmente estaba haciendo ahí, me dispuse a ponerme a trabajar en la sala que estaba afuera de mi cuarto. En eso pasa alguien subiendo las escaleras. “¡Isra!”, le grité de manera alegre tras por fin ver una cara conocida. 

El río

Ayutla es una ciudad tranquila, pequeña. No encuentras café antes de las 10 am. Mis compañeros de trabajo me llevaron a conocer las afueras, caminamos un poco hasta llegar al río y con ropa y todo nos metimos a bañar, justo como lo hacía de niña en el Río Sonora cuando iba al rancho de mi abuelo. Después de pasar por casa de un amigo que se trepó a una palmera y nos cortó unos cocos para tomar aguar, me dijeron:

-Ya conociste la parte bonita, ahora te llevaremos a conocer otro lado del río

Fuimos en carro hasta el borde de la ciudad. Llegamos hasta un asentamiento de personas y un enorme basurero, los niños corrían hacia el carro y se nos lanzaban hambrientos tocando el vidrio, viendo qué es lo que llevábamos para tirar. Me dio mucha tristeza. El borde del río se encontraba sobre un enorme basurero, las familias viven ahí en condiciones infrahumanas.

De tal manera, el paso obligado para llegar a México, desde Guatemala, el río Suchiate, sufre de una enorme contaminación. Les dejo el testimonio de una de sus habitantes, recogido por La Jornada en 2006, por desgracia vigente en la actualidad: 

“Claro que nos enferma tanta mugre y basura que ahora hay. Nos salen unas ronchas feas que picaban mucho, pero ya encontramos la forma de controlar eso: al regresar a casa llevamos una cubeta con agua y le echamos cloro, y con esa agua nos damos una refregada en todo el cuerpo y lo dejamos que se seque solo, así ya no sale ninguna roncha ni nos pica el cuerpo”.

Esta experiencia me hizo salir de mi pequeña burbuja; decenas de guatemaltecos, mexicanos y seguramente de otros países pasan por la frontera sin ser requeridos de documentos. Hoy, con el asunto de la Caravana Migrante, recuerdo cómo pasé por esa misma frontera hace un poco más de un año, en moto, sin papeles, mas que una cuota de 5 pesos para entrar de nuevo a Guatemala. ¿Cuál es la diferencia ahora? No me preocupo por los hondureños en su paso por Ayutla, porque de seguro los recibieron con un cálido abrazo, comida y refugio, porque así es la gente de ahí, hacen las cosas de corazón. Como dijo una mesera de una cafetería a la que iba todas las mañanas cuando me sirvió el desayuno:

-Lo preparé con tanto amor que hasta me salió un hotcake en forma de corazón.

Me apena, más bien, que siempre son los que tienen menos, los que saben dar más.

Texto y fotografía por Roxana Fragoso

Fotografía de portada, que muestra a la autora a orillas del Suchiate, por Israel Castillo


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Acerca de

Maestra en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Sonora y maestra de yoga también.


'No frenaremos el norte, no frenaremos el sur' 1 comentario

  1. octubre 22, 2018 @ 5:02 pm Max Fragoso

    El eterno problema de la migración ,muchos no lo desean por los temores de la competencia del empleo , otros la toleran por aprovecharse con la explotación de la mano de obra. pero al fin es la continuación de la mezcla de la raza , es la sal de la vida .

    Responder


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