El tren de la ambigüedad, segunda parte: El complejo del salvador


¿Por qué un cuate como AMLO, tan preocupado él por el perdón de los indios a los españoles por lo ocurrido hace 500 años, les ensarta el viborón maya a los mayas?

Por ahí va el segundo dardo de Salvador Alejandro en su ensayo El tren de la ambigüedad


Alguna vez, Rudyard Kipling escribió:

Llevad la carga del Hombre Blanco. 

Enviad adelante a los mejores de entre vosotros; 

vamos, atad a vuestros hijos al exilio 

para servir a las necesidades de vuestros cautivos; 

para servir, con equipo de combate, 

a naciones tumultuosas y salvajes; 

vuestros recién conquistados y descontentos pueblos, 

mitad demonios y mitad niños. 

Este poema, que parte de la experiencia colonial británica en La India, funge como un retrato psicológico y moral de cualquier empresa salvacionista por parte de Occidente. El relato del Tren Maya se inscribe en un proceso histórico que tiene como enclave la idea del Estado-Nación, misma que logra su síntesis identitaria en la idea del mestizaje. 

Lo mestizo es la superación de lo indígena y europeo. Vive en el tiempo superior de su advenimiento y se concede a sí mismo una nostalgia mínima ante el pasado higienizado de su colonización. El mestizaje no es solo una nomenclatura culturalista sino un proceso político y una plegaria por acceso a la Modernidad. En un sentido más profundo lo mestizo es la negación de lo indígena puesto que lo subsume en su relato y lo posiciona en un estrato subalterno. Dicha categoría, que puede ser entendida como síntesis de lo mexicano, ha resultado ser una operación racial que inscribe todo aquello que es anterior a sí, en un tiempo ajeno y exterior al ahora. 

Cuando un mestizo entra en contacto con un indígena existe un desdoblamiento temporal. Se ve ante un pasado vivo y lo contempla con cierta mirada occidentalizada. El indígena es invisible, en un sentido político, al espacio fáctico del mestizaje al tiempo que vive una fosilización histórica. Está en los libros de texto como agente onírico ancestral, una tragedia de la cual lo mestizo no es culpable aunque desde el presente progresivo reproduce los mismos vicios longevos de los colonos.  

Quien se dice o asume mestizo sabe en su interior psicológico que es un ciudadano global de segunda categoría. En caso de pensar lo opuesto, la blanquitud le recordará su posición en este mundo. Su movimiento ontológico, que no es sino neurosis de la identidad, se desprende de lo indígena porque entre más cercana resulte su relación con estas fuerzas humanas, su categoría global se verá más amenazada. Es muy distinto asumir un país de mestizos con indígenas a un país que reconoce en su forma política lo indígena como elemento activo y dinámico. En este sentido, el relato de la Independencia no puede sino entenderse como una disociación de lo indígena. Nosotros no somos como ellos porque ellos no son como nosotros. Tautología. 

En el poso de nuestra confección identitaria, sabemos que los indígenas son más cercanos a nosotros que la experiencia de cualquier obrero de Liverpool o cualquier confederado blanco de Mississippi. Si esto no fuera así, ¿de dónde la obsesión por su re-conocimiento? ¿Por qué, si el mestizaje es aquello que nos otorga fundamento y proyección en la rampa de la historia, sentimos una blanquecina compasión? Los visitamos en sus comunidades, bailamos sus danzas, comemos su comida, compramos sus creaciones, escuchamos sus relatos y leyendas, vivimos la experiencia indígena y volvemos a la comodidad metropolitana de nuestra deprimente existencia en el seno de un capitalismo transnacional, pensando, si tan solo vivieran un poco como nosotros. Volveré sobre este punto más adelante.

Llevamos a cabo estas operaciones de encuentro porque se cruzan en el horizonte de nuestra mirada, porque una masacre nos recuerda que aún están aquí y porque cuando nos subimos a un Tren, sentimos un fulgor exótico al contemplar la inexplicable –para nosotros– ingeniería de las pirámides. Lo cierto es que, en el transcurso de este delirio, solo aquellos que niegan asumirse mestizos y emprenden un camino ontológico diferente, no sentirán la necesidad de ninguna experiencia y no deberán ninguna especie de euforia al contemplar sus tradiciones. 

El ciudadano es la nomenclatura micro del Estado. El Estado es la nomenclatura macro del ciudadano. Hacemos al Estado que nos hace y deshacemos al Estado que nos deshace. Cuando construíamos nuestro inicial proyecto de nación independiente, del mismo modo nos construíamos a nosotros mismos. Tal proyecto dejó fuera de toda posibilidad a indígenas y afrodescendientes. Fue el momento posrevolucionario donde se recuperó la idea de lo indígena, hablamos de literatura indigenista e incluso fuimos nobles con una Reforma agraria. Nos encaminábamos triunfantes a la globalización cuando el 1 de enero de 1994 el pasado se hizo presente. ¿Cómo? ¿No habíamos acaso hecho suficiente con murales y estudios antropológicos? ¿Acaso no bastaba León Portilla? El 1 de enero es el espectro de la deuda, claro recordatorio frente a una amnesia auto-inducida. 

Cuando les vimos, fuimos empáticos. Marchamos en las ciudades, acudimos a sus encuentros y enviamos a nuestros mejores intelectuales. Hoy. Hoy la historia es muy distinta. El CNI, EZLN y otras organizaciones mayas que se oponen al megaproyecto son entendidas como reaccionarias, incluso antagonistas de la Cuarta Transformación. Ah, estos indios necios que no quieren superarse, decimos, aún. Amparados en la putrefacta idea de que ellos tienen que vivir como nosotros si quieren desarrollo. El caballero de Macuspana, que conoce bien la cosmovisión chontal, ¿qué daño podría hacerles? Un descendiente de chontales, colonizado. Legitimador de un cristianismo de Derecha. Su Cartilla moral evidencia mi atisbo.

Lo que nosotros no queremos entender, es que para ellos la palabra desarrollo no significa trenes, hoteles, centros nocturnos, turistas aporofóbicos y buitres culturales. Para ellos desarrollo no significa contaminación y asaltos, tampoco cadenas de comida rápida ni domingos en un centro comercial. Cuando se les informaba sobre el megaproyecto, respondieron que sí, que el tren muy bien pero que no tenían agua, que no tenían calles pavimentadas, que no tenían electricidad, que no tenían escuelas y hospitales dignos. No es lo mismo derechos humanos que “Polos de desarrollo.” La respuesta de los representantes del FONATUR: es que todo eso va a quedar resuelto con el Tren. Alguien tiene que venir a explicarme cómo esto puede ser considerado una consulta seria. 

La idea Colonialismo interno, propia del marxismo negro, explica que al interior de la metrópoli existen espacios donde se reproduce no solo la lógica sino el entramado colonial. Un ejemplo es Estados Unidos, que presumía sus ciudades al tiempo que omitía mencionar las plantaciones. Nuestro caso no es muy distinto. Sendos espacios urbanos al tiempo que la minería, gasoductos, robo de tierras para cultivo de granos para engorda, aún existen como prácticas vinculantes de nuestra economía capitalista. 

La Península ya vive una colonización financiera. Cultivos de soya para engorda avícola. Los Rastros porcinos contaminan el ecosistema y la deforestación amenaza más de veinte especies, algunas de ellas en peligro de extinción. El capitalismo se ha instaurado en suelo maya. Hoteleros han desplazado comunidades enteras y los sabios curanderos no pueden ejercer su conocimiento milenario porque la irradiación de pesticidas y plaguicidas es tan agresiva que enferma las plantas que ellos necesitan para curar a su comunidad, como lo han hecho durante más de 3 mil años. Como ellos dicen: la tierra está enferma, la sentimos sufrir y el Tren Maya no la va a curar. Mucho menos un tren de doble estiba que impacta de manera profunda en vibraciones que van a alejar a la fauna de su hábitat. El Tren tiene la única misión de oxigenar un proyecto capitalista que ya está en marcha. Mismo que necesita las tierras del pueblo maya para consolidar su asentamiento y disparar el desarrollo que a ti y a mí nos va a beneficiar pero que no va a resolver los problemas históricos de los mayas. 

Que en 2020, en un México que se presume multicultural, y ahora montado en el tren del progresismo, 3 millones de indígenas peninsulares aún acusen falta de agua potable, electricidad y hambre, es la otra realidad. El mundo secreto que no sale en las postales turísticas.  ¿Cómo y bajo qué operación el megaproyecto busca expropiar las tierras mayas para construir sus 18 “polos de desarrollo”? Ello nos requiere una tercera parte.



Acerca de

Nogales. Hiphóplogo. salvadoralejandrocontacto@gmail.com


'El tren de la ambigüedad, segunda parte: El complejo del salvador' 1 comentario

  1. junio 11, 2020 @ 9:44 am Teresa Padrón

    Gracias por poner el dedo en la yaga respecto de que los mega proyectos de la 4T no se diferencian en nada de los gobiernos anteriores «neoliberales».
    Sólo traerá devastación y tragedia para los pueblos originarios y ganancias y beneficios para el gobierno y los empresarios.

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