Las trampas del buen gusto y la censura


Otro llamado a la razón de René Córdova, aquí, en Crónica Sonora (ay sí)



Hubo un tiempo en que se consideró que el arte debía buscar lo bueno y lo bello, representar la naturaleza, educar al ignorante o contribuir al bien social. Ahora sabemos que eso no es cierto, que arte es lo que los artistas y sus públicos dicen que es arte.

Ya nadie niega el carácter artístico de los pintores abstractos, de las manos callosas de los apóstoles de Caravaggio y la música ha abandonado la dependencia de la melodía, los documentales son raros en el cine y de vez en cuando se cuelan en la programación de películas que logran desazonar al público y hacerlo repensar su realidad.

El arte busca ahora despertar emociones, no siempre agradables, y explorar vías de pensamiento alternativas, no siempre racionales… El placer estético, por otro lado, se produce en el contacto no sólo con el arte sino con lo que cada persona, informada por sus parámetros culturales, considera bello en el mundo: la naturaleza, el silencio, las estrellas, los borreguitos, Ricky Martin, etcétera, etcétera.

Y aunque hay elementos que pudieran parecer universales en la construcción del arte, la verdad, son bastante escasos, quizá el ritmo sea un ejemplo y su apreciación es bastante variable. Cada época, cada cultura, cada grupo humano, va definiendo (así, en gerundio, en un proceso cambiante) lo que es agradable, lo que está bien, lo que es bello.

Algunas sociedades, llamadas frías por su velocidad glacial de cambio, desarrollan criterios estéticos muy estables que pueden durar siglos o milenios, como la cerámica Tiburón Lisa de los Comcaac, que se elaboró de la misma manera desde el 700 hasta el 1700 en que a alguien se le ocurrió que la práctica pimana de agregar boñiga de conejo al barro podía ser una buena idea. Y aunque cambió la tecnología, el modo de hacer, los escasos elementos decorativos siguieron siendo los mismos, líneas, puntos y poco más que eso.

Los criterios estéticos sobreviven al cambio tecnológico pues, y a veces a las realidades y convenciones sociales que les dieron vida, o se resignifican para convertirse en otra cosa, como la música de Los Apson, que de ser remakes ahora son el alma de cierta tradición popular.

El gusto, por otro lado, es una opción personal que depende de las experiencias particulares, del entorno social y de la educación recibida. Sobre gustos no hay disputa posible dice el refrán reconociendo este derecho a la individualidad, a la libertad de pensamiento.

Con el liberalismo y el estado capitalista pasamos de la libertad de pensamiento, impensable en el Antiguo Régimen inquisitorial, a la libertad de creación y en la segunda mitad del siglo XX el sistema de Naciones Unidas reconoció y empezó a proteger los llamados Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

A la Constitución mexicana llegaron bastante tarde y es apenas en 2009 que se reconoce de manera doble, por un lado el derecho de los creadores a la libertad de expresión artística, el respeto a la diversidad cultural y por el otro el acceso a la cultura y a los servicios culturales que presta el Estado. En Sonora, la redacción del artículo cuarto constitucional se añadió no en la constitución local sino en la reforma de la Ley Estatal de Fomento a la Cultura de 2011.

Así pues, una cosa es el arte, cuya calidad sería definida por los parámetros internos de cada disciplina y tradición, no es lo mismo un buen dibujo chino, que un buen dibujo académico, que un buen dibujo industrial… y los tres pueden ser buenos dibujos respondiendo a diferentes reglas, y habrá unos que me gusten más que otros dependiendo de las experiencias y expectativas que informen mis gustos personales.

Resumiendo: los artistas necesitan libertad para crear y exponer, incluso cosas que nos parezcan chocantes, los espectadores tenemos derecho también a acceder a los productos de la cultura, viejos y nuevos, y al respeto a la diversidad cultural.

Pasemos ahora a la música y las cosas se complican, porque si bien una buena sinfonía no sigue las mismas reglas que una buena cumbia o un buen blues, los criterios de clase asoman sus peludas orejas y el gusto de un grupo pretende ser mejor que el gusto del otro.

Los ricos y poderosos tratan de devaluar el gusto de los pobres y sometidos, y así la música de unos es calificada de corriente (con ere francesa) o primitiva y la de otros como culta, superior y de buen gusto. La apropiación de elementos populares por las músicas cultas es “elevar” su potencial (como en el Huapango de Moncayo) mientras que las apropiaciones de lo popular de elementos cultos los “degrada” como la famosa Cumbia con Ópera o las versiones de rock con banda sinaloense.

La censura a Gerardo Ortiz por su video Fuiste mía hubiera despertado protestas airadas si fuera un documental de esos de largas tomas e iluminación dramática, o una ópera con música pentatónica o un performance… pero como se trataba de un género popular, destinado no a la élite cultural, no a la élite económica, la censura como mecanismo de control aparece entre aplausos de las buenas conciencias y la opinión publicada.

El gusto personal, el prejuicio vuelto experiencia estética, impidió a un sector bastante amplio de la población ver a un artista, o de hecho a un equipo artístico, en el video en cuestión. ¿Si es banda no es música? ¿Si yo no lo oigo con placer puedo permitir que lo censuren?

Varias voces cuestionaron la censura y sin embargo se ejecutó. El video fue retirado de You Tube y se cancelaron los conciertos previamente contratados al artista. No se trata de defender la violencia contra las mujeres o el feminicidio, pero si sólo podemos presenciar obras libres de violencia contra las mujeres o libres de violencia o libres de dilemas morales desaparecerá casi todo el repertorio de teatro, la ópera y buena parte del cine.

Los artistas crean en una sociedad concreta y reflejan las ideas de su entorno, pero en este caso como en muchos otros de censura, los aspectos incómodos de la realidad se niegan primero en su expresión artística como si evitar mencionarlos hiciera que desaparecieran de la realidad material y cotidiana.

La censura actúa en el marco del pensamiento mágico, según el cual los deseos generan realidades y el lenguaje atrae o repele el infortunio, en vez de abrir una discusión sobre la violencia en el noviazgo, sobre la idea de posesión de las parejas o sobre los roles y exigencias irreales e inalcanzables a los que aspiran jóvenes y adultos, nos escandalizamos, bajamos un video de You Tube y seguimos con nuestras vidas creyendo que hemos contribuido a mejorar el mundo.

La censura basada en una idea del buen gusto se volcó también sobre Clarissa, maestra de inglés en el Instituto Cumbre de Ciudad Obregón, quien tuvo el atrevimiento de ir de vacaciones a Los Cabos, participar en un concurso de baile y ganar.

A la directora, y podemos suponer que propietaria de la escuela, no le parecieron de buen gusto las prácticas culturales de la maestra y la despidió de su empleo. Al igual que en el caso del cantante Gerardo Ortiz el buen gusto era un agravante de una infracción mayor a los valores (o antivalores) sostenidos con índice flamígero por los censores.

En ambos casos era el cuerpo femenino el objeto de la preocupación censora, por ser objeto pasivo de violencia en el primer caso y por ser sujeto de placer en el segundo, en una alianza paradójica que muestra los peligros de construir prejuicios basados en el gusto personal.

El colmo de esta serie de eventos desafortunados fue la precipitada caída de la gracia del poder del comentarista Sergio Romano, quien primero defendió correctamente el derecho de la maestra Clarissa a la vida privada, pero al enterarse que el Secretario de Educación y Cultura había condenado a la maestra y apoyado su despido, se retractó de su posición original, abundó sobre los rancios tópicos de la debida moral magisterial y señaló, para ir más allá del funcionario estatal, que él no solo hubiera despedido a la maestra, sino que la mandaba matar. Y allí ardió Twitter.

A pesar de una disculpa apresurada de Sergio Romano reconociendo que incluso genios como él podían equivocarse, la televisora pública ofreció disculpas a la población y prometió mejorar su programación. Luego vino un comunicado del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Radio y la Televisión señalando que le retiraba la anuencia a Sergio Romano para trabajar en radio y televisión, medida que fue confirmada por un nuevo comunicado de Telemax despidiendo a su editorialista.

Sergio Romano cayó entonces por un exceso de violencia en defender la opinión de un funcionario público, en apoyo al poder pues, perdiendo su utilidad política y convirtiéndose en un pasivo para los poderosos en turno a cuya defensa ha dedicado su vida profesional. Su caso es indefendible.

Lo preocupante es cómo el STIRT por sí y ante sí puede sacar a un comunicador de los medios públicos y privados, pasando por encima de dueños, contratos y líneas editoriales. Es por lo menos curioso que conservemos esa reliquia estalinista en tiempos del derecho a la información y la lucha por medios cada vez más diversos y democráticos. Pero como diría Romano, siempre nos quedará el internet… y Crónica Sonora.

Por René Córdova

En portada, imagen del videoclip Fuiste mía, de Gerardo Ortiz.

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Acerca de

José René Córdova Rascón es Antropólogo Social por la ENAH, maestro en Salud Pública con especialidad en Políticas Públicas por la Universidad de Arizona en Tucsón, director de Espacios Expositivos, S.C. y curador externo de la nueva exposición permanente del Museo Comcaac (antes Museo de los Seris) en Bahía de Kino, Sonora. Contacto: rrenecordova@gmail.com


'Las trampas del buen gusto y la censura' tiene 2 comentarios

  1. mayo 17, 2017 @ 12:10 am Beatriz Marina

    Fabuloso!

    Responder

    • mayo 14, 2020 @ 6:38 am Teresa Padrón

      Muy buena reflexión en torno de los parámetros estéticos y también sobre los límites de la censura.

      Responder


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