“Quiero un mundo de caramelo donde todo sepa mejor”

Danna Paola

La ciudad entera se consternó al saber de la tragedia en la que veintiséis personas murieron, entre niños y adultos, al incendiarse un restaurante recientemente inaugurado.

Como suele ser, de una manera u otra, casi todos los habitantes de Ciudad Cedros tenían alguna relación o conocían a las víctimas. No se hablaba de otra cosa, más cuando se supo que según las investigaciones periciales el incendio había sido provocado intencionalmente.

Tras cinco días de investigaciones la policía logró dar con el sospechoso, quien tras ser investigado resultó ser el criminal que prendió fuego al comedor y bloqueó las salidas. La gente lo quiso linchar, pero la policía lo evitó. A mí me tocó tomarle la declaración, y al escuchar sus argumentos me convencí que el tipo estaba completamente loco.

¿Por qué lo hizo?—le pregunté

“Es que me da asco, mucho asco, que la gente se congregue en torno a la comida. Odio ver a la gente comer. Parecen chimpancés. Monos desenfrenados escarbando los platos, y veo cómo en cada bocado tienen un orgasmo y se sirven, y se sirven otra vez, más de lo que necesitan para sobrevivir, cuando la vida de la mayoría de ellos no sirve para nada; ¿qué caso tiene que coman para seguir vivos? 

“Veo como toman los trozos de comida y los observan curiosamente, mientras se atragantan con lo que están masticando. Los niños, al parecer, ven la comida de una manera menos obsesiva, pero los adultos, míralos, todos tienen unas barrigas rebosantes y estarán más grandes con cada año que pase. Comen y comen hasta convertirse en seres que sólo viven para comer. Es vergonzoso ver como la cantidad de comida que entra por su boca no es la misma que sale por su trasero; se van inflando como viles gusanos. Bien decía Giovanni Papini que el acto de comer debería ser tan privado como el acto de defecar.

Y, míralos, cómo se reúnen en restaurantes supuestamente para convivir, pero al final de cuentas sólo les interesa comer y al hacerlo, la plática pasa a segundo plano; lo poco que se habla es de acuerdo al ritmo que les marca la mordisqueada de cada uno de los asistentes y, después de tanto comer, ya no les quedan ganas de hablar y sólo desearán una cama para reposar los alimentos gracias al famoso mal del puerco. Velos, se quedan con los sentidos embotados; olvidan la importancia del ayuno para lograr ser una persona más inteligente y para vivir más.  Se les olvida que Cristo nos dijo que había que ayunar. Olvidan que la comida hace que la sangre se vaya al estómago y no a la cabeza; al cerebro, por eso no evolucionan; siguen siendo monos.

“La glotonería ha llegado a tal grado que—prosiguió—, mientras millones mueren de hambre, otros millones mueren por los excesos de comerse lo de los otros. Hemos devastado la tierra para cultivar más alimentos y criaderos de animales. Y míralos, sólo los humanos están gordos, y no los animales. Sólo piensan en comer y en cuando volverá a llegar el momento para comer otra vez, para luego pasar a fornicar mientras tallan sus enormes barrigas.

“Hay que prohibir los restaurantes y destruir todos los que hay. Que comer sea algo muy íntimo y que sea con mesura. Tenemos que ser valiosos para merecer comer”—todo esto confesó el asesino, mientras sus ojos se desorbitaban y se ponía colorado.

El criminal fue sentenciado a cadena perpetua y aseguró que estando en la cárcel haría huelga de hambre para afrontar con dignidad su condena.

Por Jesús Huerta Suárez

Dibujo de Nancy Barenbreuker

Sobre el autor

Obregonense, músico, columnista, amante del medio ambiente y del boxeo

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