La eternidad de Ismael Mercado


Fabulérrimo (Papazúl dixit) retrato de nuestro querido Ismael Mercado, de la pluma y gracia del Héctor Rodríguez más Méndez, complementado por la lente despierta de Luis Felipe Larios y Velarde.

Pocos personajes tan intensos hay en el universo cultural de la región, que con su vitalidad y  gozo por la vida nos dejen sin palabras para describirlos al momento de su partida. Con ellos se corre el riesgo de no poder describir su intensidad y por lo tanto no trascender en la palabra, como ellos lo hicieron en vida.

Uno de esos personajes es Ismael Mercado Andrews, nuestro querido y gran Papatzul, periodista de oficio, activista, poeta, literato, bailarín según la ocasión y rumbero por decisión. Rebelde desde siempre, irredento desde cualquier postura, un ser humano íntegro y congruente por definición.

Desde aquel lejano día del año 1967, cuando los soldados entraron al campus universitario con las bayonetas por delante, Ismael Mercado, a la sazón joven dirigente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Sonora (FEUS), definió una congruencia que lo acompañaría junto a sus rutilantes y sicodélicas camisas de toda la vida. La rabia ciudadana que según sus palabras estalló aquel día, dejaría en él una mística y una convicción que impregnarían de lleno sus artículos periodísticos, sus poemas, crónicas y relatos.

Así como la insurrección estudiantil y la rebeldía ciudadana fueron la mejor respuesta al lenguaje de las bayonetas caladas, el poder de la palabra se transformaría en su mejor arma contra la prepotencia del poder, la política y la ordinariez de la vida.

Ese es el Ismael Mercado que conocí en los años ochenta, del siglo pasado. El Ismael que con voz temblorosa y fuerte participaba también en los coloquios, siempre con el comentario acertado o la pregunta acuciosa. Ismael Mercado, el gran Papatzul, haciendo retumbar con  voz temblorosa, grave, las preguntas finales de los coloquios de historia y literatura. Siempre cerrando las mesas con alguno de los temas que lo apasionaban como el papel de la burguesía sonorense, la expulsión de los Chinos en Sonora o las luchas épicas contra los micos en la Universidad de Sonora. Sus críticas certeras a personajes como Enguerrando Tapia o Luis Encinas Jhonson. Ismael empezando sus alocuciones con aquella frase de me cala hondo. Nadie como él para para fustigar y denunciar los cuchupos y truculencias del poder en turno, el poder que corrompe, deshumaniza, desorganiza y absorbe.

Junto a esa gran actitud de vida que lo caracterizó siempre, Papatzul dejó otro legado no menos importante; el de su baile. Para poder hablar de él, es necesario definir exactamente a qué nos referimos. Definir el estilo de baile que nos legó no es cosa fácil. En una primera aproximación me atrevo a decir que el estilo encaja en lo que se podría clasificar como  género rumbero-municipal, pero dada la cantidad de amigos que también sienten como suyo no sólo el baile, sino su memoria, tendríamos que convocar a un sesudo debate para congeniar hipótesis acerca del significado sobre esa extraña manera de tatuar el aire con sus manos mientras los ojos hurgaban en los mundos invisibles tratando de atrapar lo infinito, lo inasible.

Ese era nuestro gran Papatzul, el bailarín de cuerpo erguido, delgado, que iniciaba sus bailes desplazándose en líneas rectas como en un paso doble. Ismael Mercado avanzando a pasos cortos, en trechos perfectamente medidos, entre las mesas, jardineras o árboles según fuese el escenario. Ismael exorcizando a propios y extraños con el movimiento de sus manos, convocando en un acto chamánico en el que sólo él se conectaba con las potencias dionisíacas de lo infinito. Ismael Mercado Andrews, firme exponente de la época setentera con sus camisas sicodélicas, siempre entalladas y más abajo de la cintura. Ismael Mercado en la fiestas de los coloquios, una posada de fin de año, en las Horas de Junio o en su escenario habitual; la cantina del Pluma Blanca.

Ese era el bailarín de hombros anchos, siempre erguido, levantando las manos, invocando, pidiendo, implorando, trazando extraños jeroglíficos tratando de descifrar los más profundos misterios de la noche, del viento y los amaneceres. Ismael extendiendo su fama de bailarín irredento en los confines más lejanos a donde se extendieron los viajes de los primeros coloquios de historia. Quién no recuerda por ejemplo el viaje a Nacozari, cuando al escuchar el primer mugido de la canción “que salga el toro”, se tiró a un ruedo imaginario ante la mirada atónita del  presidente municipal que agradecido por la visita de tan doctos historiadores cerraba el coloquio agasajándolos con una cena de manteles blancos. Un presidente municipal que al segundo mugido del toro se preguntaba qué clase de historiador era aquel hombre que sin ningún respeto por las tradiciones de los pueblos mineros iniciaba el baile sin esperar a las damas, capoteando un toro imaginario a todo lo largo y ancho de la pista.

Ese era el gran Ismael Mercado, bailarín irredento, poeta de lo infinito que a despecho de lo que digan los eruditos de la danza dejó un sentido de goce y gozo profundo para el baile cantinero, municipal y ciudadano. Si Papatzul se regodeó en la invención lírica de poemas y relatos que iban a contracorriente de las buenas costumbres y convencionalismos sociales, el baile no tenía por qué ser la excepción.

Todos los que lo conocimos podríamos llenar páginas y páginas con la inmensa cantidad de anécdotas e historias que dejó regadas peregrinamente. Cada uno podría darle su giro y contarlas desde ese desdibujamiento o enaltecimiento que va dando la distancia de la partida. Sin embargo, en lo que todos podemos coincidir y en lo que nadie estará en desacuerdo es que Papatzul se hizo leyenda desde el día lejano en el que estalló la rabia y las bayonetas caladas no lo callaron, como nunca callaron ni sus poemas ni sus relatos. Me atrevo a decir que la muerte no lo alcanza y no lo alcanzará jamás porque seguirá sobreviviendo a la muerte de sus amigos. Cuando el último de ellos se haya ido, Papatzul seguirá sobreviviendo en un zapato viejo y en los incontables amaneceres que nunca terminarán con su fiesta.

Ismael Mercado Andrew puede estar tranquilo, porque después de su partida no se fue a esa “eternidad pensadamente neurotizada, ni con ningún dios inventado” como decía en  el pretexto contra la soledad de los instantes. Más bien se fue a ese paraíso eterno, constante, alegre y gozoso, donde parafraseándolo nuevamente “hay vientos que anuncian otros vientos, lluvias que anuncian otras lluvias, tiempos que anuncian otros tiempos”.

Por Héctor Rodríguez Méndez*

*Texto leído en el XXI Encuentro Hispanoamericano de Escritores Horas de Junio

Esta magnífica gráfica, en la que nos parece ver a un Ismael enfrentando a su destino, fue realizada por Luis Felipe Larios Velarde

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Acerca de

Héctor Rodríguez Méndez es sociólogo y consultor especializado en el desarrollo proyectos comunitarios sustentables. Ha trabajado en centros de investigación y programas para la conservación y uso sustentable de los recursos naturales en Areas Naturales Protegidas.


'La eternidad de Ismael Mercado' tiene 5 comentarios

  1. junio 15, 2016 @ 2:56 pm Emmanuel Esquer Vizarra

    De la “inmensa cantidad de anécdotas», y es que comienzo a olvidar esta, urjo registrarla.
    Ismael le preguntó a Fernando Delgadillo después de un concierto hace como 15 años en el Luna Dance: “Fernando dime 3 canciones con las que te quedas”, palabras más palabras menos que se perdieron junto a la respuesta, creo que dijo cantares de Machado-Serrat, entre otras dos fallidas para mis memorias poco significativas. Fernando le devuelve la consulta, sin advertir que se trataba del poeta, supuso que era un fan febril que no había llegado casualmente a la escena tras bambalinas a buscar un poco de cerveza fría a la sazón de la Mónica luna, -¿Tu, con cuáles te quedas?, era lo mínimo que debía para atender esta repentina tertulia. Ismael responde cantando “esa que dice… que lejos esto y del suelo en que he nacido…”, no recuerdo las otras tres (debiera) pero vale la pena saber que una canción importante per se es importante también por que la traía dibujada en el áspero aliento el buen Ismael Mercado.

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  2. junio 18, 2016 @ 12:14 pm Claudia Landavazo

    Que disfrutable descripción de la danza de Ismael, que cercana al recuerdo de tantos momentos que tuve la fortuna de presenciar …entrañable crónica.

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  3. agosto 4, 2016 @ 10:21 am Patricia Diaz

    Solamente El podìa Ser lo que fuè y lo que sigue siendo, para Nosotros quienes tuvimos el privilegio de ser sus escuchantes y amigos, El esta y seguirà estando en nuestros corazones…..!!! «Sin palabras Maestro» !!!

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  4. mayo 13, 2017 @ 9:12 pm Héctor Rodríguez Espinoza

    COBRA GRAN INTERÉS EL LIBRO «EVOCACIONES DE UN UNIVERSITARIO», AUTORÍA DE HÉCTOR RODRÍGUEZ ESPINOZA
    http://www.contactox.net/vernoticias.php?artid=18647&cat=235

    De mi libro autobiográfico «1956. Evocaciones de un Universitario, les comparto:
    ISMAEL MERCADO ANDREWS: NO SÉ, NO ESTUDIÉ …ESTO ES : ¡UN JA JÁ ¡; Y SU IRREVERENCIA AL BENEMÉRITO DE LAS AMÉRICAS.

    En 2° de Preparatoria cursamos Ética, Ciencias Políticas e Introducción al Estudio del Derecho, con el Lic. José María Oceguera Ramos, El cochito. Magistrado del H. Supremo Tribunal de Justicia del Estado y honrado profesional del Derecho, platicaba que diariamente era multado por el policía Manuel Morales Alcántar, Moralitos, al pasar por la calle Rosales frente a la Escuela Alberto Gutiérrez, por incurrir en exceso de aceleramiento y velocidad. Pero es que era la única forma – se justificaba – en que a su viejo y gigantesco Buick no se le parara el motor. Era tío de mi compañero de aula Ismael Mercado Andrews, a quien en un afán de neutralizar su bohemia indiferencia por los estudios y procurar su superación, le preguntaba todos los días la clase:
    – A ver Ismael, dime la clase … -, a lo que, también todos los días, Ismael inmediatamente le ripostaba, con seca decisión:
    – ¡No sé, no estudié! – .
    Una vez Oceguera le insistió, recordándole que la noche anterior lo había visto estudiar mucho en su casa; y la flácida respuesta fue la misma:
    – ¡No sé, no estudié! -.
    Oceguera, con paternal terquedad, le suplicó que hiciera un esfuerzo. Para convencerlo, le argumentó que lo había observado durante la clase que estaba absorto en el libro de Derecho de García Máynez y que Ismael, por tanto, algo debería recordar de su penetrante lectura. Ismael, al verse acorralado y casi perdido ante la mirada expectante de todo el grupo, todavía se dio el lujo de repetir:
    – ¡No sé, no estudié! -.
    Ya enfadado – hasta donde podía enfadarse el santo Oceguera -, le pregunta:
    – Entonces, ¿qué tanto lees en ese libro de García Máynez, en el que estás tan embebido, Ismael? -.
    Ismael, con un pícaro cinismo sacó de adentro del libro de Derecho, mostrándolo con su mano derecha, el pequeño ejemplar de historietas de caricaturas sobre picardías y sexo, a todo color, motivo de su morbosa concentración, famoso entre la raza de la época y le contestó:
    – ¡Es un Ja Já! -,
    – ¡ Ja, ja, ja, ja , ja, …¡ -, soltamos todos la carcajada, manteniéndose Ismael impávido, como si nada, con su detectivesca cara del actor Lee Marvin, olímpicamente de regreso a su poco formativa distracción. (Já-Já era una popular historieta de chistes dibujados y fotografías de las vedettes de la época, como la navojoense Rosy Mendoza, ¡“la cinturita más perfecta de México”!).
    Oceguera, pensativamente frustrado, por volverla a perder.

    °°°
    Ismael fue uno de los líderes auténticos del movimiento estudiantil universitario de 1967 a que me refiero más adelante, escribió un libro testimonial sobre los sucesos, “El día que explotó la rabia”, fue reportero del periódico nacional “El día” y recientemente colabora con una columna dominical en El Imparcial. ¡Qué bueno!)
    Fue muy comentada, en los círculos universitarios, una travesura suya que él me relató con sabor:
    “La noche del 21 de marzo de 1973, aniversario del natalicio de Benito Juárez, Alonso Vidal y yo habíamos estado departiendo en su casa, entre Revolución y Transversal, muchas horas. Eran, más o menos las 4.30 de la mañana, se nos antojó ir al mercado municipal a comer menudo. Pasamos por el famoso Jardín Juárez y se nos va apareciendo el famoso monumento de Juárez, con un montón de coronas. Por cierto, en ese tiempo estaba de moda la película Los Caifanes. Como a mí me caía muy mal la forma oficial de recordar al gran Benemérito de las Américas, y emulando aquella película se me hizo muy fácil sacar las coronas de donde las habían acomodado y desparramarlas en el prado. Continuamos discretamente al mercado, por la calle Matamoros. Llegamos, nos sentamos y pedimos menudo y cabeza. En eso van llegando policías y por la espalda nos dijeron: ‘Jóvenes, vénganse pa’ca’, nos sacaron del mercado, nos llevaron arrestados a la Comandancia de policía y nos metieron a las celdas. Como Alonso era muy gordito, él tenía calor. Desde luego que negué los hechos y manifesté que las únicas coronas que conocía eran las ‘coronas extra’.
    Como a las 6 de la mañana alguien gritó: ‘Ésele Mercado’. Me sacaron y va entrando el reportero de la página roja de El Sonorense, César Vallejo Arévalo y me tomó una foto. Después, en la celda, siguió la tempestad de frases vanas y todo el día allí. Al otro día va apareciendo, en El Sonorense, con mi foto: ‘Conocido exlíder de la Presidencia de la FEUS lo encontraron tirando coronas en el Jardín Juárez y acompañado de un tipo que se dice llamar Alonso Vidal’.
    Fungía como Secretario General de la Universidad de Sonora Óscar Téllez Ulloa y él habló para que nos sacaran. Estaban a punto de acusársenos de ataques a la Nación. No llegó a mayores. De allí cada quien se fue a su casa y yo me acosté y arropé espichadito en mi cama, aunque no tenía frío.
    Desde entonces, ya no le vuelvo a criticar al Benemérito de las Américas.”

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