Run Baby Run: Andanzas de un paranoico por los aeropuertos de Gringolandia


Pase, lea y sufra con Jorge Tadeo los vericuetos de abordar-transbordar con unos cuanto bucks en el pocket.


Mi vuelo salía a las nueve de la mañana y el tiempo que haría del lugar donde me hospedaba era de aproximadamente una hora. Esto si no había mucho tráfico. Como era un vuelo internacional, las reglas dicen que tengo que estar tres horas antes. No sé el motivo, pero así dicen las aerolíneas en todo el mundo. Mi paranoia me dice que es mejor estar cuatro horas, no vaya a ser la de malas.

 

Así que mi día inició a las cuatro de la mañana con un baño y la despedida de los amigos que amablemente me dieron hospedaje por más de una semana. Bajo a la calle,  compro un café negro grande y un bagel con queso crema. Me despido de Manuel, el guatemalteco que alimentó mi vicio de café y bagel toda la semana. Me dirijo a tomar el metro.

 

El metro en Nueva York es un poco más enredoso que el de la Ciudad de México, pero mucho menos complicado que el de Bruselas donde es fácil perderse; sin embargo, fiel a mi costumbre después del primer transbordo (‘sólo’ serían dos) tomo el tren equivocado y termino yendo en dirección opuesta. Lo descubro cinco estaciones después y media hora de atraso con respecto a la agenda de puntualidad dictada por mi paranoia. Para mi fortuna a esa hora de la madrugada la mayoría de los usuarios son latinos; no tengo problemas en hacerme entender sin hacer uso de mi mal inglés.

 

Una hora más tarde y tres transbordos ya estoy en el tren correcto. Para entonces los veinticinco kilos de mi maleta y los cinco de mi mochila ya comienzan a tener vida propia. Es el problema de tener el vicio de los libros y estar en una ciudad que tiene una librería con más de un kilómetro de libros de segunda mano a un dólar.

 

A las 7:20 estoy tomando el tren ligero rumbo al aeropuerto, que me dicen no tarda más de media hora en llegar; ni hablar, voy retrasado. Una vez en la terminal que me corresponde corro hacia el mostrador de la aerolínea con la que se supone tengo mi vuelo, donde me informan que mi vuelo en conexión a Charlotte no es con ellos, sino con otra compañía más pequeña que le pertenece a la misma corporación, pero no son ellos.  Al ver mi cara de extrañeza el empleado me dice: “Tiene que ir a ese mostrador”. Mi paso se vuelve más veloz. Llego al mostrador, documento y me dirijo al área de salida. Tengo media hora para desayunar. Me como mi bagel, que ya no es tan delicioso como al principio, y relleno mi botella de agua. Ventajas de Nueva York: su agua corriente es potable, al menos eso dicen.

 

La media hora se convierte en cincuenta minutos. Tengo veinte minutos de retraso y mi vuelo de conexión entre Charlotte y Miami tiene un tiempo de una hora veinte entre mi llegada y salida. Mi yo paranoico comienza a temblar y a pensar que me quedaré varado en Charlotte con sólo veinticinco dólares en la bolsa.

 

Abordo. Me toca pasillo. Lugar complicado para alguien de mi tamaño. No puedo tomar ni agua. Lo más barato en el avión supera mi presupuesto y no cuento con credit card. Intento relajarme y me dispongo a leer My boring-ass life: the uncomfortably candid diary of Kevin Smith. No lo logro. Aterrizamos con veinte minutos para tomar la conexión. La “señorita del personal de tierra”, este es el nombre que reciben las sobrecargos que aún no alcanzan el nivel de grosería requerido para volar y se tienen que conformar con usar el uniforme, pero sin subirse en un avión. Esta mujer  me informa que mi vuelo sale de la puerta V. Nosotros llegamos a la puerta C.

 

Ante mi pregunta de qué pasaría si pierdo mi vuelo me responde: “No es mi problema, su vuelo es de otra compañía.” Exacto: misma corporación, distinta aerolínea. Bienvenido al capitalismo.  Entonces a correr. Llego justo en el momento que están cerrando las puertas de abordaje. Logro entrar gracias a la lástima que le causo a los de personal de tierra. Me toca pasillo de nuevo. Ya no me importa. Estoy cansado, sediento, hambriento. Me acomodo en el asiento y me duermo.

 

Despierto media hora después y para mi sorpresa aún estamos en el mismo sitio. Le pregunto a un sobrecargo que me ignora. Le pregunto a otra que me dice que estamos retrasados. Si no me lo dice no me doy cuenta. Pregunto por el motivo del retraso. Me ignora. Nunca se sabe el motivo del retraso.

 

Entre el tiempo del vuelo y el retraso sólo me queda una hora de mi nuevo vuelo de conexión. Ahora Miami-México. Diez minutos después despegamos. Ya no logro dormir, de nuevo intento leer. Abro el libro, no me concentro, comienzo a escribir.

 

Aterrizamos en Miami con cuarenta minutos para mi vuelo de conexión. Corro de la puerta G a la puerta K. Llego con veinte minutos de sobra para sentarme y relajarme. Respiro, descanso.

 

Esta vez me toca ir solo. Tengo tres asientos para mí. De nuevo la aerolínea no te ofrece ni agua. Todo lo tienes que comprar. Mi presupuesto sigue siendo insostenible. Llego a la Ciudad de México con casi 30 kilos de equipaje bajo mis hombros. Camino al metro. Ahí hago un recorrido de más de veinte estaciones hasta llegar a donde tomo el autobús a casa… Cuando llego a casa, tengo doce horas de viaje. De un viaje que se pudo haber hecho en la mitad. Aunque el balance esta vez es positivo.

 

Texto y fotografía por Jorge Tadeo Vargas

CHARLOTTE DOUGLAS INTERNATIONAL AIRPORT

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Acerca de

Jorge Tadeo Vargas es un activista empedernido. Cree que el mundo puede ser otro y hace por ello. Tiene, pues, la mala costumbre de la congruencia. Más que de Baja California, Sonora o EdoMex, es un hombre de mundo.


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