Diario de una gorda


Todo comenzó cuando tenia seis años. Estaba madre vistiéndome con un vestido rosa, con holanes blancos en la parte lateral de los brazos y en  la parte superior otros tantos. Era una cosa esponjosa. Zapatos negros, tipo escolares, recién chinoleados, y un peinado alto con un una enrolladura en la frente llamado copete. Era un domingo por la mañana, mis padres estaban alistándose para salir al flamante Tianguis del Héctor Espino, aquí en Hermosillo. Tenían que comprar herramientas varias, una mochila y cosas para el hogar. Fue entonces que madre habló:

-Oye Ramón, es temprano. Quizás alcancemos a desayunar en el tianguis un burro de carne con chile

No tenía conocimiento de lo que era un burro de carne con chile. Para empezar, ¿qué era un burro? La carne con chile, ¿qué tipo de chile llevará? ¿Será salado, será dulce? No me imaginaba el sabor, pero algo en mi boca me decía que sería agradable. Algo crecía. Una especie de saliva que rodeaba mi lengua y terminaba excesivamente en los alrededores de mis enormes mejillas. Un sobresalto inexplicable estaba pasándome y no encontraba la forma de manejarlo.

Mi padre sólo asentó con la cabeza y continúo con su vestidura. Fue entonces que emprendimos camino al tianguis; mis padres iban repasando  los artículos que hacían falta en el hogar y que podrían encontrar en el lugar. Tomamos un camión Ruta Once Luis Orcí hacia el centro y de ahí tomamos otro camión Ruta Cuatro en la escuela Leona Vicario, que nos dejaría en el Tianguis del Héctor Espino.

Llegamos al fin y una brisa de olores golpeó mi pequeña nariz. Una combinación entre aceite quemado, ropa guardada y una especie de fusiones gastronómicas provenientes del tianguis era el recibimiento más salvaje que había tenido en mis escasos seis años. Mis ojos estaban en dirección hacia cualquier lado. A madre le sudaba la mano. A padre le urgía encontrar un retrete. Y a mí… bueno, yo ya quería conocer los burros de carne con chile.

Caminamos por un extenso pasillo. En los alrededores un puesto de ropa para hombre, dos puestos de ropa nueva, un puesto de lociones y bodys piratas. Y al final se alcanzaba a ver una humareda. Apreté la mano. Apuré el paso de madre y llegamos al área de comidas. Nos sentamos en unas pequeñas bancas color azul, con un logo de una marca de gaseosa. Madre le habla a la señora, que está recibiendo el dinero de un señor, y yo busco su cara de satisfacción. Se acerca la señora y pregunta:

-¿Qué va ordenar?

Madre sin preguntar contestó: tres burros de carne con chile, por favor.

En mi desesperación abrí un refractario que contenía verduras varias: repollo, guacamole, salsa bandera, limones, algunos pepinos y una salsa roja que la señora de a lado me decía ¡está picosa mija! Comencé a comer pepinos con limón. Al principio empecé lento, pero mi obsesión de gorda produjo una rapidez que me dejó incapaz de manejarlo.

Llegaron los burros a nuestra mesa y madre pregunta:

-¿Te ayudo?

Niego con la cabeza

Comencé a identificar el burro, sus componentes. Tortillas sobaqueras, enrolladas con la carne con chile y frijoles. Emprendí mi viaje hacia el primer mordisco pero algo me detuvo. Comencé a sentir algo en mi cara. Un cosquilleo. ¿Un cosquilleo?

Sí, un cosquilleo que no me dejaba dar la primera mordida. Un cosquilleo que hormigueaba mi bigote y caminaba por mi mejilla hasta dar con mis orejas. Esa fue la primera señal de gorda que tuve en toda mi vida.

Traté de evitar el cosquilleo para al fin poder probar el burro. Comencé a rascarme pero la sensación no se detenía. Y sin más, hice el atrevimiento de dar la primera mordida. Fue ahí cuando me quemé la lengua, porque realmente estaba muy caliente. Después vino la calma, el sabor de la carne con chile estaba en mi paladar y podía sentir el sabor del jugo extraído del chile tatemado, la carne cocida en combinación con el chile que hacia una fusión gastronómica indescriptible en mi boca.

Al terminar (porque realmente acabé con un burro, por mí sola), quedó la satisfacción más enriquecedora que a mis escasos seis años pude experimentar.

Por Angélica Sotelo

Fotografía de Benjamín Alonso

Iluminación by Luis Gutiérrez



Acerca de

Estudió Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Es directora editorial de la revista AriSontimes.


'Diario de una gorda' tiene 4 comentarios

  1. marzo 23, 2018 @ 8:45 am marcos rendon

    se supone que debemos aplaudir esta estupidez

    Responder

  2. marzo 23, 2018 @ 3:04 pm Johnny Domínguez

    Tuve el honor de leerlo antes, lo amo pero no es recomendable en tiempos de hambre, jajaja.

    Responder


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