Crónica de una noche de brujas


Vuelve la fina pluma de Mónica Ramos, un descubrimiento más de esta casa editorial 😀


Con el final de octubre sabemos que llega el inicio de la fiesta. Y cómo no, si por mucho tiempo todos pensamos: «¿de qué me disfrazaré?». De repente se llega el día (o los días, para bien o para mal) de la fiesta y uno no tiene disfraz. Como yo. Bueno, algo se me ocurrirá, solo falta una puesta de sol para que sea el festejo, ¿no?

 

Con eso en mente comienzo a planear la noche: tenemos una fiesta en el Country y la universidad la está organizando. No suena muy divertido pues esas fiestas no tienen buena reputación y no necesariamente porque se ponga el desmadre. Si acaso a falta de este. Y no es que una sea adicta a él, no, no. Pero es que después de una semana de exámenes parciales, proyectos y más excusas que se podrían inventar, un desmadre no estaría tan mal. Una noche para bailar, una noche para el alma.

 

Viernes y el día de clases acaba oficialmente. Llamo a Karla y me dice que ya viene en camino desde Navojoa. La espero con ansias. Y mientras tanto el tema del disfraz continúa. ¿Qué me pondré? No planeaba ir, por lo tanto jamás busqué un disfraz. Sin embargo, el día anterior uno de mis amigos emocionado me dice:

 

-Oye, ¿me acompañas al centro a comprar unas pestañas?

 

Y yo me quedo un poco pasmada. No lo juzgo, si él quiere probar el maquillaje puede hacerlo, pero ¿qué chingados sé yo de pestañas, que a veces no distingo del rímel y delineador? Él ve mi rostro de espanto y aclara:

 

No, no, es que es para mi traje. Iré de la Naranja Mecánica.

 

Ah cabrón, ya tiene sentido todo. Pues vamos, le digo valiente. Unas pestañas no podrán contra mí. Y fue ese día en que la duda comenzó. Yo pensaba: «Si voy, como sea estará bien, no es como que tiene uno que ir disfrazado». Debo decir que la emoción del disfraz de mi amigo me contagió, y me arrepiento un poco no haber planeado algo decente para aquella noche.

 

Ya estando en la tienda él toma las primeras que ve y me pregunta si están bien: «pues, pues sí», le digo; todas las pestañas se ven iguales. «Deberías preguntarle a la encargada». Y así lo hace. Parece que tomó la decisión correcta sobre esas pestañas falsas. De regreso, él sigue hablando de su disfraz, de dónde conseguirá esto y aquello, que no gastó tanto, etcétera. Yo lo escucho y me pregunto qué haré con mi disfraz que no existe.

 

Viernes, ya en el presente, la tarde se va rápidamente y la ultima puesta de sol antes del festejo sucede. Una ducha rápida, alegre, un desfile de ropa y maquillaje por aquí y por allá y se puede decir que estoy lista. No llevo ningún disfraz, pero ah qué bien me veo. Escucho el carro medio a punto de morir de Karla, quien toca su bocina, y salgo un tanto apresurada. Hace mucho que no asisto a una fiesta, a una tal como debe de ser. Me mira y desde la ventana me grita: «¿y tu disfraz donde esta?». No llevo, le respondo. Me subo al auto y me mira con decepción. Entonces se le ilumina el rostro, como si sus ojos sacaran chispas. «Tengo unas orejas de Minie Mouse, eso te pondrás». Acepto sin reclamos, es mejor una Minie moderna que nada.

 

Después de llegar por mi disfraz de Minie Hipster, vamos de camino al Country, cuando recibimos una llamada. Karla responde y tras asentir varias veces me dice que hay un cambio de planes. Nos dirigimos a una casa donde se supone habrá una fiesta.

 

Al llegar hay algunas personas afuera, platicando, disfrazados de musulmanes. Nos saludan al pasar, aunque realmente no sé quiénes son. Entramos a la casa y hay unas decoraciones pequeñas de Halloween y unas quince personas dentro. La música está en unas bocinas de computadora, no muy potentes pero lo suficiente para ambientar.

 

La mayoría de las personas que están ahí son desconocidos para mí, pero Karla parece conocerlos a todos, los saluda con mucho entusiasmo y por alguna razón eso me pone feliz. Nos acercamos a la cocina y observo a unas personas que están sentadas a la mesa. «¡La Chalupa!, ¡El Catrín!, ¡La Calavera!», escucho que grita alguien. ¿Están jugando a la lotería? Me emociono, eso es divertido.

 

Al acercarme, las seis o siete personas jugando tienen vasitos con un líquido de extraña procedencia en cada parte de la lotería. Entonces gritan El Borracho y los participantes que lo tienen se toman de un jalón todo el contenido de esos vasitos. Bueno, no me había tocado ver una lotería de shots. La pienso un poco y decido pasar, me gusta más la lotería normal.

 

Pasan las horas y la verdad que el tiempo corre cuando estás en el lugar correcto, ahí donde te sientes a gusto. No sé por qué pero de aquella fiesta llamativa y grande no me acordé en ningún momento. La atmosfera de amistad que se encuentra en esta casa es muy acogedora. Poco a poco las frituras, la salsa de pepino (porque alguien se tomó la molestia de hacer una salsa de pepino) y el alcohol se iban acabando. Y después de varios juegos de póker Karla me dice que tenemos otro lugar a donde ir. Yo voy contigo a donde sea, le respondo feliz.

 

Salimos de esa calidez solo para afrontar un frio viento de madrugada. Mientras nos dirigimos a nuestro nuevo y desconocido destino por las calles veo pasar personas pintadas de catrinas: con acompañantes, algunos amigos, otros novios y unos cuantos ahí, donde uno no sabe qué son. ¿Y cómo saberlo? Algunas cosas son demasiado extrañas para definirlas. Pero siempre puedes ver la realidad de algo por sus ojos, ¿no? Al menos eso dicen.

 

Las luces de las calles están encendidas y sin embargo el cielo se ve estrellado. Es gracioso cómo salir de madrugada puede cambiarte. Lo que ves, lo que escuchas, lo que sientes. Más si al sacar el rostro por la ventana ves un desfile de monstruos, algunos muy sexys, otros bien hechos; y escuchas risas entre un mar de leperadas y groserías y claro, ¡el alcohol en mano no puede faltar! Sonrío para mis adentros y espero nunca apaguen estas luces.

 

Karla entra por lo que se podría decir un barrio bajo, que está desierto. Encuentra estacionamiento y nos dirigimos a una vecindad. Tocamos la puerta y un sujeto con una máscara de Ghostface abre un poco y nos pide contraseña. Karla y yo nos miramos desconcertadas, pues ¡qué íbamos a saber! El sujeto ríe y nos deja pasar. Por un momento me arrepiento de mis decisiones y más conforme avanzamos por el lugar.

 

Hay pequeños departamentos dentro y sólo son estudiantes quienes viven ahí. «Las fiestas que se han de hacer aquí», pienso, y los envidio por un momento.

 

Alrededor nuestro salen y entran, se quedan parados y nos observan jóvenes disfrazados, y otros que ni lo intentaron. Nos dirigen a unas escaleras y nos suben al techo. Mientras avanzamos, una detrás de la otra, comienza a hacer un frio inmenso, de ese que te hela todo, hasta la piel, y al subir los escalones comienza a escucharse música, cada vez más fuerte, se escuchan risas exageradas, de esas que no te las crees pero das gracias que existen.

 

El lugar está lleno de luces de navidad, un amplificador de guitarra y una mesa con una bolsa de doritos. Y con eso tienen pues el lugar está repleto. Muchas personas bailan, otras están en una esquina fumando ¡porque están en un techo! Aquí no hay problema con el humo.

 

Junto a Karla vislumbramos a compañeros de la uni y vamos hacia ellos. Se ven contentos, un tanto ebrios, y al parecer llevan mucho tiempo ahí pues las marcas de lo que fue un maquillaje de calavera están, mas la calavera ya no.

 

Nos saludamos con elocuencia y hacen ademán por presentarnos a los integrantes de esa noche. Una, dos, tres personas de las cuales no recuerdo más que su disfraz. La pregunta aquí es de cuál disfraz hablo; quizá ellos también sólo me recuerden por mis orejas de Minie Mouse. Hay cosas que sólo suceden una vez y no vuelven a pasar. Así como personas que no volverás a ver, solo podrás decir «recuerdo a aquel joven vestido de rockero», y con eso será suficiente.

 

Lo cierto es que eso de hacer fiestas en un techo me parece la mejor idea, aunque estuviera temblando del frío y me arrepintiera de mi vestimenta. El lugar tenía una magia incalculable. Porque todo era tan sencillo, tan por qué no. Sumado a eso el cielo estrellado de aquella noche y los detalles como esa única bolsa de doritos. Fue perfecto.

 

Nos acercamos a bailar y tras hacernos un espacio en la pista poco a poco el frío se fue de mi alma para dar paso a otras cosas. Sonrisas por aquí, roces por allá y la noche era mía y de nadie más. Para eso ya eran más de las tres de la mañana y Karla me declara: «Oye, ya no llegamos a la fiesta de la escuela». La verdad que yo ni me acordaba. Le pregunto si quiere ir a dar una vuelta para ver si todavía sigue. Me dice que sí y después de lo que serían unas diez canciones más nos ponemos en marcha.

 

Nos despedimos y prometemos volver, aunque realmente eso es incierto. Pasamos calles y calles llenas de autos con gente disfrazada, así como transeúntes madrugueros que pareciera que se mueven más por costumbre, como si su alma se hubiera quedado en alguna fiesta, en alguna botella o con alguien por ahí. No los culpo, es una noche larga y fría. Y sin embargo, para estar disfrazados de muertos todos parecen estar muy vivos.

 

Llegamos a la que se supone que era nuestro primer destino. Y aunque hay autos y gente afuera el aura del ambiente no es muy agradable. Llegamos por compromiso, saludamos y lo molesto son esas miradas de «mira quién vino» y lo que le sigue. No me gusta, no estoy a gusto. Comienzo a extrañar ese techo con desconocidos.

 

Fuera del auto, porque el local ya cerró, nos quedamos con varios amigos. Platicando. Por allá, a varios carros de distancia, unos se pelean y otros se caen. Ya el disfraz es lo de menos. Pasa el tiempo… no sé si fue lento o rápido, en la madrugada el tiempo es muy extraño. Y Karla me dice que sería mejor volver. ¿Volver? ¿Y a dónde? Hemos ido a varios lugares y ninguno nos espera de vuelta, más allá de las promesas obligadas.

 

Repetimos la rutina de despedirnos y nos vamos. Karla maneja sin rumbo y yo la miro desconcertada. Pero lo acepto. Ha sido una noche larga, una semana eterna. Llega a mi departamento, donde los vecinos tienen pequeños convivios. Se estaciona y las dos bajamos.

 

Con frituras y un tonicol en mano nos sentamos en el piso. Primero en silencio y después el canto desafinado de mis vecinos nos rompe en risas. Y conversamos de todo lo que ha pasado, no solo esa noche si no en mucho tiempo. Qué bueno estar con la compañía correcta. Y así nos quedamos… hasta que por allá los primeros rayos de luz aparecen y nos despiertan.

 

Entonces lo recuerdo: «Karla, tenemos ensayo a las nueve». Me mira con mucho odio, como si le acabara de arrebatar toda la esperanza de la vida. «No mames, es cierto», me responde, tomando el último trago de tonicol.

 

Texo y fotografía por Mónica Ramos

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Acerca de

Mónica Lara Ramos estudia Ingeniería en Producción Multimedia en la Universidad La Salle Noroeste (Ciudad Obregón), hace teatro y juega softball. Nació en Navojoa el 1 de mayo de 1996.


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