Cómo me quedé con las extensiones de una bailarina


En lo que se acaba el mundo, en Crónica Sonora saludamos 2017 con una oda al placer.
Sírvase leer el relato de Javier Quintero -basado en una historia real- y apreciar el retrato de Joel Vérdugo-Córdova.
Qué maravilla.
Feliz año, valedores
😉


Es la mujer más sensual que he visto en mi vida. Con ojos grandes de un negro profundo, penetrante como la pasión que se encierra varios meses y luego se deja escapar sin pudor alguno, a chorros. Con esa cintura que invita a tomarla sin permiso, despacio, tiernamente. Con esos senos majestuosos y candentes como volcanes, punzantes en los pezones, palpitantes en su todo, como una erupción de deseo. Y sus nalgas, hermosas, redondas y firmes, que deberían escribirse en mayúsculas.

 

Es mi mujer por esta noche. La puta, le dicen los que la ven bailar en la tarima, contoneándose lento, abriendo las fauces de los perplejos cuando levanta las piernas y penetra con su mirada. La puta tiene nombre. Se llama Cristina y por esta noche es mi Cristina, la que me ha elegido para esperar el sol despiertos y ebrios en la cama de un motel en este caluroso pueblito de Tlaxcala al que llegué por azar.

 

Cristina baja de la tarima y también sirve caguamas. Sí, en el téibol hay caguamas frías para bajar de un trago el deseo de tenerla. Una mujer como ella se admira y se desea. Los otros babean, se acomodan los huevos, toman un trago de cerveza y la ven por encima del vaso. Feromonas mezcladas ondean en el tubo, en la tarima, en el viento, en la boquilla de las botellas, en el pelo de Cristina, en sus piernas duras y blancas como el mármol, en su sexo.

 

La llaman puta y no me importa porque he sido yo el elegido de toda la jauría. La veo pasar a mi lado y me palpita el deseo. Me olvido del trago, me pierdo en su cara, en su boca apetitosa, en su sonrisa exclusiva, en el brillo de su lengua, en sus nalgas. Me regala un guiño y sirve más cervezas en la mesa de enseguida, luego voltea para confirmar que sigo ahí, atónito, admirándola como se admiran las constelaciones a simple vista. Y ahí estoy, admirándole los senos, el ombligo, las caderas, y sigo perdido en la noche de sus ojos. Me palpita todo y es difícil disimularlo porque hasta este momento ella lo ha captado todo.

 

Siempre he sido muy tímido para las cosas del amor. Para mí es más fácil forjar un impecable cigarro de mariguana que tener una cita nocturna con alguna mujer, aunque la habilidad con los dedos y la lengua funcione igual en ambas circunstancias. Me levanto de la silla y salgo un rato a la calle. Uno, dos, tres, cuatro segundos y ella está detrás, parada en la puerta, con los brazos cruzados como si reclamara mi idiotez.

 

No puedo mencionar palabra alguna. Ella dice que saldrá en una hora, que la espere porque esta noche quiere dormir conmigo. Y entra a servir más cervezas, a esparcir feromonas con sus cabellos trémulos, a enloquecer a los borrachos, a hipnotizarlos para que le den más billetes. Y la espero entre cigarro y cigarro, entre saludos de despedida para los que ya se van. La espero como el que espera una recompensa, aunque esta vez no haya jugado nada para ganar, sólo la he disfrutado con la vista y la boca abierta, conteniendo el aliento.

 

Cristina sale antes de la hora y me lleva al auto. Tengo las manos en el volante, pero ella se encarga de acortar la distancia entre sus piernas y las mías, pasa un dedo sobre la punta la palanca de los cambios, posa sus senos en mi hombro, me da un beso en la oreja y me susurra. Quiere que le haga el amor ahí mismo. Esta vez no quiero ser el mismo de siempre, quiero complacerla, hacerla gritar, no dejar un rincón de su cuerpo sin saliva. Me giro hacia ella, bajo el respaldo del asiento y le beso la boca, el cuello, detrás de la oreja, en la frente. Hay dos corazones intentando explotar. Hay un pantalón que no soporta la presión y un par de senos para mordisquear.

 

Compartimos el mismo aliento y disfrutamos el calor, el sudor se fusiona en pequeñas gotas que salen del cabello y estallan en los labios, sin saber de quién es el sudor que nos bebemos. El sudor se vuelve humedad entre sus dos senos y en el embrujo de su sexo vibrante y candente, frágil y dulce como un algodón de azúcar. La humedad se vuelve vapor y el vapor lo respiramos para volverlo a sudar. Estamos locos, atrapados en ese pequeño espacio que nos ha convertido en uno solo, sin importar lo que desde allá afuera vean, gemimos, nos comemos a lengüetazos, hasta que tocan la ventanilla.

 

Uno de los cuidadores le pide a Cristina que se vista, baje del auto y me cobre su cuota por el servicio. Ella se niega a obedecer y discute con él. Su molestia me excita más, pero no sé si es porque le han cortado de tajo la posibilidad de un inimaginable orgasmo o porque defiende al hombre que quizá le esté dando la mejor sesión de sexo de su vida en un espacio que en ese momento no permite más posiciones que ella abajo. El cuidador le dice que no vuelva en tres días. A ella parece no importarle y vuelve a subir la ventanilla. Le digo que vayamos a un hotel y me besa despacito. Sabe que lo que sigue será mejor.

 

Su cabello está desparpajado y se ve hermosa cuando sonríe con una timidez que no debiera existir en ella, saboreando lo que viene. De camino pone su cabeza en mi hombro y no hablamos de nada, sólo vemos las luces de las calles y los otros autos. Cavilo un poco sobre esos conductores. ¿Estarán teniendo la mejor noche igual que yo? ¿Llevarán a su lado a una mujer como Cristina, capaz de dejarlo todo por pasar la noche conmigo?

 

En el cuarto se quita la ropa. Es algo que no le ha importado nunca porque está segura de su cuerpo perfecto. También se quita las extensiones del cabello y se ve más natural, como una semidiosa de carne y huesos enviada nomás para mí, casi como un sueño de los que uno no quiere despertar porque sabe que es un sueño. Se acerca con determinación y reiniciamos lo que habíamos pospuesto en el auto. Le hago el amor con fuerza, al ritmo impaciente de la cabecera y la pared, nos enredamos como las serpientes, con violencia, la presiono con mis piernas y nos jalamos los cabellos, nos mordemos la piel, cimbramos sexo con sexo, con la fuerza del ardor, hasta que cierra los ojos y alza la barbilla y le trepida el corazón.

 

Repetimos la faena una, dos veces más, hasta que empieza a amanecer y nos quedamos dormidos, sin sábanas que cubran nuestra lujuria, arrullados por el ventilador del techo, tranquilos como volcanes tras la erupción, en calma como sus senos que han recuperado su palidez. Yo duermo y floto en un sueño del que sé que no quiero despertar y así se me pasan las horas, en un intento por seguir soñando, aunque algo dentro de mí me dice que esto ha sido real, tan real como sus besos, y entonces despierto. Cristina ya no está.

 

El cuarto huele a sexo, a alcohol, a saliva. Mis manos huelen a ella y las sábanas en el piso me adulan como a un campeón. Busco mi teléfono para ver la hora porque aunque el sol parece de mediodía prefiero estar seguro de que ya es hora de dejar el hotel. Busco en la mesita de noche, debajo de la cama, en las almohadas, en las sábanas, en los lugares más recónditos como el espacio entre la cabecera y el colchón, ahí donde en vez del teléfono me encuentro una hilacha de cabello desparpajado. Esa repentina sensación en mis dedos me asusta y me levanto de un brinco. Imagino que ella está muerta, debajo de la cama, mientras yo dormía plácidamente ahí encima como un desequilibrado mental.

 

La situación tan tensa y atemorizante hace que termine de despertar. Se me activan los sentidos y me decido a mover la cama de un solo tirón para no dar pauta a las dudas y a las preguntas que empiezan a saltar a borbotones. Respiro hondo y lo hago. La cama suena con fuerza como si acuchillara el piso y deja libre el espacio con la cabecera. Y ahí está.

 

La mota de pelos son las extensiones que Cristina se había quitado anoche. Me siento aliviado y como un tonto me tiro en la cama y empiezo a reírme, a repasar las horas anteriores, a recordar el cuerpo perfecto de la misma Cristina que no quiso cobrar por estar conmigo y que durmió abrazada de mí y me subió una pierna. El teléfono está en una bolsa de mi pantalón y en el espejo hay una nota con su número y esta frase: “Te elegí a ti porque me disfrutaste con la mirada”.

Por Javier Quintero

En portada, «De cuando las ventanas se multiplican bajo la vista del fotógrafo». Plata sobre gelatina. Verano de 1990.
Fotografìa de Joel Verdugo-Córdova.

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Acerca de

Javier Quintero es periodista. Nació el año de 1980 en Ciudad Obregón, estudió en Hermosillo y a falta de oportunidades emigró a la Ciudad de México en 2014. Ganador del Primer Premio Nacional de Periodismo en Salud 2003 por el reportaje “Ingreso del virus del Nilo a Sonora”.


'Cómo me quedé con las extensiones de una bailarina' tiene 3 comentarios

  1. enero 4, 2017 @ 10:13 am Miguel Angel Salas Collazo

    Me gustò mucho, saludos a Cristi ;D

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    • enero 4, 2017 @ 1:07 pm Zinho De la Rosa

      Muy buen relato…. esa Cris Cris Cristina….. diría el maestro Sabina….. son placeres que la vida en ocasiones complace…..

      Responder

  2. enero 4, 2017 @ 2:08 pm Marisela Valenz

    Buenísima, exquisita lectura Javier… saludos

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