«¡Si se le para, mis respetos!». Prácticas sexuadas de los vaqueros de rodeo


Introducción

El vaquero de rodeo busca ser descrito bajo el estereotipo de un hombre Marlboro pero la etnografía devela sus formas inconscientes. Los discursos registrados y los rituales observados durante el rodeo llevan a describir comportamientos y situaciones sexuadas que saltan a la vista del observador pero que ellos han normalizado por ser parte de sus formas de comunicación y de expresión.

Los vaqueros, en su rol como jinetes de rodeo, en cajones y sobre todo tras la competencia hablan de la sexualidad que dicen vivir o haber vivido: de las mujeres, de sus atributos físicos. No falta quién o quienes griten algo a la edecán, la reportera o la barrilera. No faltan miradas, comentarios o afirmaciones de deseo hacia el cuerpo femenino.

Son sexuadas las formas ritualizadas que han construido para prepararse de cara a la monta del toro: desnudan sus cuerpos para exhibirse primero entre ellos y luego ante los demás. Alardean de su constitución física a la par de que mueven sus cuerpos simulando la monta de los toros de forma tal que semejan más la cópula. Imprimen ese ritmo y cadencia propios del acto sexual.

Preparan vendajes, untan pomadas sobre sus músculos para prevenir lesiones. Cubren con brea sus guantes y pretal, herramienta toral para conquistar al toro. Lo preparan cual adolescente que hace lo propio con su pene durante la masturbación.

El mundo y escenario del rodeo es, así, muy sexual. Los vaqueros sexualizan a otros como mujeres para bromear, demostrar o afirmar esa virilidad que supone a un macho. Se tocan y se palmean los glúteos, fingen la cópula forzada. Ay de aquél vaquero que esté agachado y distraído pues será el objeto de un performance dónde uno se presenta como macho y expone al otro como mujer u hombre forzado, sometido, sodomizado.

El siguiente texto busca, a través de fragmentos etnográficos, explicar cuáles son los discursos, comportamientos y performances sexuados de los vaqueros y jinetes de rodeo. Saber, a través de ello, que ser hombre en ese mundo no es cómo lo hemos imaginado a través del cine, la televisión o El libro vaquero.

«¡Mis respetos!»

“¡Si se le para, mis respetos!”, exclamó “El Chanate” en referencia a lo que especularon sería el estado físico de “El Chapo”, quien quedaría en segundo lugar tras cuatro montas la noche del super bull “fuera de serie” en La Misión.

-Si montando uno quedas todo madreado… quizá dos, tres corvas ¡pero cuatro! No, no va a coger… ¡no se le va a parar esa madre! Si vas en el caballo y con un reparo ya te madreó todo, ¡imagina cuatro montas de toro! ¡No!

Quedábamos, tras cajones, “El Chanate”, su hermano “El Güero”, “El Toto Necua” y yo. Estuvimos charlando sobre detalles surgidos de mis dudas como observador. Si bien ya tengo más de un año atendiendo el rodeo, siempre hay detalles que escapan. Ellos, como ganaderos y arrieros, tienen ya estructurada su relación con los animales: su cotidianidad gira en torno a ellos, su vida cotidiana se desprende de esta actividad.

Son nativos, es decir, pertenecen al pueblo kumiai, una de las naciones reducidas a la cristiandad a través de las misiones jesuitas y dominicas de la Baja California. “El Chanate” y su hermano pertenecen a la comunidad de San José de la Zorra. “El Toto Necua” a San Antonio Necua. Ambas, antiguas rancherías de la Misión dominica de Guadalupe del Norte, la última fundada en la península y ya durante el México Independiente, por al padre Félix Caballero en 1834. Cabe señalar que esta misión no fue concebida para la cristianización de los gentiles, sino como colonia para los criollos y mestizos. Sin embargo, su fundación fue apoyada por el jefe Jatñil hasta que éste organizó una sublevación contra los bautizos forzosos en contra de su pueblo hacia el año de 1840 (Magaña, 2009, 2009c).

La misión de Guadalupe fue ganadera: en su mejor momento, llegó a contabilizar hasta 4,915 cabezas. Tras el abandono de la misión pero, sobre todo, por su secularización, la tierra fue privatizada: dividida entre los criollos y también vendida o concesionada a extranjeros: se establecieron rusos llamados molokanos, quienes industrializaron la vid para producir vino. Así nació la industria vinícola que hoy es referente del Valle que debe su nombre a la misión: de Guadalupe (Magaña, 2009b; Meigs, 2005).

Sin embargo, la ganadería sigue presente y vigente de modo tal, que los nativos la han adoptado como modo de vida. Se han convertido en vaqueros. La ganadería “Cuernos Gachos” fundado por “El Chilo”, manejada tras su muerte por su hijo “El Chanate”, es considerada una de las principales: no hay rodeo en la Baja California donde “Cuernos Gachos” no esté presente al menos con ganado de reparo, pues proveen también infraestructura para organizar rodeos donde no hay arena o corral.

Sólo hablan de ganado, de las formas en que lo transportan, lo lazan, lo reúnen, lo tratan, lo atienden medicamente; cómo lo capturan, las trampas y mañas para esto último… y cómo lo roban. Siempre están expresando los saberes que han adquirido en el tiempo, en especial en la práctica en el campo. Nada de lo que ellos hacen, he visto, se aprende hablando o exponiéndolo verbalmente ante los otros o aquellos que, como yo, preguntamos. Dicen:

-No, historiador. Tienes que ir para que veas lo que nosotros hacemos. La gente cree que es nomás bajar el ganado… no. Si quieres grabar cómo se maneja de verdad, vete pa’l rancho una semana para que veas qué toros tenemos y en dónde… pero a caballo. Te va a quedar rosado el culo de que no te vas a bajar del caballo. Nada que a carro o camioneta. Nosotros lo hacemos todavía a caballo, vamos, lazamos… y eso si nos va bien pues de pronto hay que buscarlo, corretearlo… aunque el que tiene colmillo, el que sí sabe, nada de andar tras de él. No. Si ya lo conoces, sabes para dónde va a ir, por dónde va a pasar. Te vas y solo lo esperas. Cosa de saber de verdad. Vete una semana pa’l rancho, para que veas todo el proceso de cómo los agarramos y finalmente los llevamos al rodeo. Si no nomás es que los jinetes vengan a montarlos. Es un pedote, un pedote que no sabe la raza, que no ve.

Al terminar el rodeo de hoy, el super bull, al dirigirme al área de baile y comida, fui interceptado por “El Necua”: “¡Historiador! ¿A dónde? ¡Vente pa’ca!”. Así empezamos a platicar sobre sus saberes de una forma un tanto desordenada. Entre la “carrilla” por no haber dado todavía el tiempo de “ir al rancho”, como ellos dicen, y comentarios y bromas varias. Sin embargo, no evité poner atención en lo que exclamó Joice, lo que escribo al inicio.

Empecé a ver, durante los momentos previos al final del rodeo, cuando se iba a disputar la última llave de la noche –“El Chapo” contra “Germán”, o ellos contra el toro invicto “La Mole”, de “Cuernos Gachos”- cómo poco a poco algunas jovencitas rondaban el área de cajones. Durante el inicio, los jinetes se preparan y se exhiben entre ellos. De nuevo, vi su ritual: ese donde desnudan sus cuerpos para exhibirse, presumirse primero entre ellos y luego ante los demás. Presumen sus cuerpos esculpidos por el ejercicio o por el trabajo rudo. Alardean de su constitución física a la par de que mueven sus cuerpos simulando la monta de los toros de forma tal que semejan más un acto sexual pues lo hacen con ritmo, con cadencia… preparan su físico para la lucha que está por venir, para buscar los ocho segundos de gloria sobre el astado.

Preparan vendajes, untan pomadas sobre sus músculos para prevenir lesiones. Cubren con brea sus guantes y pretales, herramienta toral para tratar de conquistar al toro. El pretal lo preparan como aquél adolescente que hace lo propio con su pene para el sexo a través de la masturbación. El encuentro con el toro bajo estas circunstancias, me pregunto, ¿es un acto performativo de lucha, de poder, de manejo o medición de fuerza entre dos animales, o es un acto sexual teatralizado?

Su comportamiento es, siempre, el de un “macho alfa”: el del semental, el del líder de la manada. Su performance sexuado no solo gira alrededor del discurso narrativo y corporal, sino que compiten entre ellos para ver quién es “mejor gallo”: simulan peleas, compiten físicamente para ver quién sale avante gracias a su fuerza, usan el cuerpo de los otros para demostrarse hombres, “machos”. Mientras “El Obama”, uno de los bullfighters, se desnudaba para ataviarse como payaso peleador -esto durante la AgroBaja- recibió una descarga de chiflidos como aquellos que comúnmente reciben las mujeres en la calle por parte de los hombres. Él no contesta: conoce su mundo. Es parte de él.

“El Obama” se debate entre lo espiritual y su forma natural de ser: hace algún tiempo, no me ha precisado desde cuándo, decidió adoptar el cristianismo, bajo una de las práctica denominadas como “protestantes”. Lo usa como excusa para no participar por completo de las formas de ser de los jinetes, especialmente sus excesos por alcohol… aunque lo usa a discreción. Enuncia cristianismo cuando así obedece a sus intereses y cuando no… simplemente se entrega al desenfreno, especialmente cuando de mujeres se trata.

Valiendo verga

Entre los silbidos al bullfighter y las demostraciones de fuerza, escucho un alegato:

-Si tú lo ocupas, quédatelo a la verga. Es como el que re vendí: bien bara

Discutían dos jinetes por un celular. Aparentemente se estaban peleando por el dispositivo, pero no: estaba exhibiendo el primer vaquero ese desprendimiento material que los caracteriza.

Esta palabra, “verga”, es usada comúnmente para referirse en sentido figurado al pene, pero la usan también para referirse a situaciones cotidianas.

-Qué verga, a la verga, pura verga, porque quiero, verga, vales verga, hasta para valer verga vales verga…

¡Como se burlaría “El Peoresnada”, animador y payaso show de ellos, en San Borja! Les dijo “todo tiene que ver con “la verga-la verga-la verga-la verga-la verga” en tono cantadito y continuo, sin pausa alguna de por medio. “La verga” puede ser lo más importante de lo que se está diciendo o evocando o puede ser lo más nimio.

La palabra “verga” es mucho más que una expresión coloquial. Decir “me vale verga” no representa una actitud de desfachatez o vulgaridad. No. Representa y significa el desprendimiento del vaquero en función de lo material, de eso que llamamos dinero. Más le vale al vaquero cumplir con su palabra, compartir los buenos y los malos momentos con sus amigos, con los que considera suyos. Si hay dinero se lo gasta, se lo come, se lo bebe con ellos. Si no hay dinero, de igual forma. El vaquero comparte, está para los suyos, para sus iguales. Al vaquero, pues, le vale verga.

Sin embargo, “solo valen verga” entre camaradas, entre amigos. El vaquero puede ser de lo más cruel y vengativo con aquél que considera enemigo. Así lo demuestra, siempre, “El Homero”, vaquero y ganadero de El Rosario, uno de los socios de “El Chilo” para la organización del rodeo de San Borja. Recargado en la barra del baile, rodeado de sus amigos –dijo que se va siempre, por los tres días que duran las fiestas de San Borja, “a tragar pura mierda”- gritó: “¡historiador!”. Volteé y con un ademán, sin levantarme, le hice entender que qué necesitaba. Dio un paso, tambaleante, al frente, al tiempo que subió su brazo derecho, con el índice de su mano extendido sobre su cabeza. Lo bajó lentamente al tiempo que volvía a gritar, con las palabras más que pausadas, arrastradas, “¡anótale en tu librito:

-¡A “El Homero” Soren Meling le vale verga!

Esto lo dijo tras el fracaso del rodeo durante su primer día. La gente no llegó, no estaba enterada de que ese año, 2015, iba a organizarse a pesar de la enfermedad de “Don Tele”, quien siempre lo organiza. La gente fue al segundo día pero no fue suficiente para al menos recuperar las inversiones hechas. No hubo lamentos, pues los vaqueros la pasaron bien acorde a sus estándares. Por ello a “El Homero” le valió verga lo que con el rodeo pasó.

Lo que implica ser vaquero completo

Regreso a cajones, al super bull. En ese espacio no he visto jovencitas o mujeres entre ellos, durante su preparación, pero sí cuando se acerca el momento final, cuando los ganadores empiezan a definirse –hoy “La Mole”, siguió invicto; Reyes quedó en primer lugar por haber hecho 7.52 segundos sobre su lomo, el tiempo más largo hecho hasta ahora sobre él toro y “El Chapo” en segundo lugar, tras 6.34 segundos montado sobre el astado.

De las que llegaron esta noche, una resultó ser la novia de “El Chapo”. De ahí la “carrilla” de “El Chanate” pues se suponía que “El Chapo” seguiría la ruta de trabajo con ellos. Es arriero de “Cuernos Gachos”.

“El Chapo” trabaja toda la semana bajo las órdenes de “El Toto Necua” en los preparativos de cada rodeo, en lo que compete al proceso de arriar y rodear el ganado en el monte, antes de bajarlo al rancho para llevarlo a los rodeos. Carrión no solo es parte de esa semana de trabajo: va al rodeo, sigue manejando junto a “El Chanate” y “El Toto Necua” el ganado. Al llegar su turno de presentarse o de montar, viste rápidamente su ajuar de jinete sobre su ropa de arriero la cual exhibe el trabajo realizado –ello se nota en la sal del sudor seco, en el olor a excremento del ganado pegado a sus pantalones- durante el día… o quizá la semana. Va, se presenta, hace la oración con el resto de los jinetes. Regresa, se quita el atuendo… sigue trabajando. Antes de montar, vuelve a vestirse y, tras conquistar los ocho segundos regresa no por la puerta que usan los jinetes, sino trepa por el cerco de la arena para llegar directo a los corrales a seguir lidiando toros.

“El Chapo” mide aproximadamente 1.60 metros. Por ello su apodo. Su apariencia es todavía la de un adolescente, pero es ya un hombre mayor de edad, de 24 años. Su peso es proporcional a su estatura: no muestra excesos. Esa noche enfrentó cuatro astados de hasta 900 kilos. Quedó en segundo lugar por apenas un segundo en relación a Reyes… pero no hay que perder de vista que no para de trabajar.

Entre la “carrilla” hacia “El Chapo” se mencionaron sus virtudes como vaquero: “laza” dijo “El Necua”. “Doma caballos… es vaquero completo”, confirmó. Es de los jinetes que llevan su cotidianidad al rodeo. Su vida la hacen en el campo, a lomo de caballo arriando ganado, domando caballos, atrapando y lazando cabezas, herrando, marcando, limpiando.

Viene al rodeo a demostrar esto. Llega trabajando, monta, regresa callado a seguir trabajando. Nada presuntuoso, pues no tiene nada que demostrar. Se sabe vaquero.

¿A qué fue la novia de “El Chapo” a los cajones? De no haber sido por la “carrilla” no hubiera reparado yo en esto. Estimo que la pareja de “El Chapo” se apersonó para evitar coqueteos de otras chicas. Las formas de cortejo son complejas, pero sencillas a la vez, entre los vaqueros y las mujeres que van al rodeo.

Un mundo sexualizado

Si hay un tema del que hablan los jinetes, es de la sexualidad que dicen vivir o haber vivido. De las mujeres, de sus atributos físicos. No falta quién o quienes, desde cajones, diga o grite algo a alguna edecán, alguna reportera… no faltan las miradas, comentarios o afirmaciones de deseo hacia el cuerpo femenino, hacia las vaqueras. Incluso, las formas ritualizadas que han construido para prepararse de cara a la monta del toro.

El mundo de los vaqueros, el mundo del jinete, el escenario del rodeo es muy sexual y sexualizado. Ellos mismos se sexualizan como mujeres para bromear o para demostrar o para afirmar esa virilidad que supone a un hombre, a un macho. Se tocan, se dan palmadas en los glúteos, fingen la cópula forzada… ay de aquél vaquero que esté agachado y distraído pues será el objeto de un performance dónde uno se presenta como macho y expone al otro como mujer u hombre forzado.

Exaltar su condición de macho bragado. Dentro de la práctica del machismo, hay un dicho: “siendo agujero, hasta de caballero”. Momentos antes de irnos al baile, a San Borja, hubo un momento en el que este dicho pudo ser llevado a la práctica entre los vaqueros.

Cuatro de ellos, de los más jóvenes –dos de los jinetes del rodeo y dos de la región, de los que llegaron con la cabagata de Don Tele- fanfarronearon al calor de la cerveza sobre la virilidad y el sexo. Fueron alzando la voz hasta que escuchábamos: “¡Ándale, sácatela, sácatela y te la mamo! ¡Sácatela!”. El que gritaba hacía alusión al pene de uno de los vaqueros.

Así estuvieron algunos minutos hasta que el vaquero hizo el ademán de sacar su pene de entre sus pantalones. Quizá lo hizo, pues dos de los vaqueros se apartaron asqueados, casi de un brinco se pararon diciendo: “estos weyes”. No dejaría de comentarse la escena para poner en duda la hombría del jinete que retaba al otro a sacarse el pene para practicarle sexo oral.

Ya en el baile, vi la dinámica que siguen tras las acciones de rodeo: cerveza, “carrilla”, los vaqueros buscando parejas con quien bailar o algo más. “Aquí vamos a coger”, dijo uno de los jóvenes. “El Peoresnada” y yo salimos a comer algo de lo que vendían en la explanada de San Borja. Intercambiamos algunas expresiones:

-¿Cómo ves?

-Nunca había estado tan lejos

-Qué pedo ando

Fuimos notando, ya al filo de las cuatro de la mañana, que el baile se fue quedando vacío. Regresamos para ver que solo quedaban los vaqueros del rodeo y una señora. Vi cómo la rodeaban: la acosaban. Buscaban llevársela al campamento para ver si lograban tener sexo con ella.

No estaba sola. Cargaba un bebé en brazos. Ante el acoso y la insistencia de los vaqueros –“ándele, vamos, quiero que me ayude a hacer el menudo para la cruda de estos cabrones”, le decían, entre otras cosas- la señora no encontró otra salida más que decir que sí. Se fue con todo y bebé. La señora iba en la cabina, rodeada de al menos cuatro vaqueros, incluyendo al conductor. Los demás, atrás, en la caja. “Ahora sí historiador, todos le vamos a dar. En fila, hasta tú”, me decían los jóvenes.

Llegamos. Al bajar de la camioneta, uno a uno, los vaqueros se fueron a dormir, excepto cuatro de ellos. La señora no se bajaba de la camioneta. No pude saber qué decían pero sí me percaté que dos de los vaqueros ya estaban empezando a discutir por ella, a ver quién «se la quedaba». Se hicieron de palabras, sacaron sus navajas. “El ruco” intervino. Mandó a los vaqueros a dormir: “Ya, no chinguen, ya están borrachos, ya dejen de pensar y decir chingaderas”.

Él llevó a la señora a su casa. El rancho más cercano a San Borja es “San Ignacito”, a media hora, una hora de distancia, por la brecha. Ahí o “Bahía de Los Ángeles” a donde se hace al menos dos horas debido a lo sinuoso del camino. Se la llevó, los vaqueros se durmieron de inmediato.

Al día siguiente nos reunimos alrededor del agua, la cerveza y la comida para platicar. Nos aseamos lo que el desierto permite. Llegaron algunas personas de la cabalgata, no tantos como el día anterior, pero ahí estaban. Empezaron a platicar sobre algunas cosas sucedidas la noche anterior: el baile, las bromas, el fumar, el beber. Que aquél se quedó dormido, que al otro “no se le hizo con la morrita”. Cuando llegó “El ruco” se comentó lo de la señora: “ya estaban sacando las navajas. Los mandé a dormir y llevé a la señora a su casa”. De inmediato le dieron “carrilla”: que él había sido “el ganón”, que “nada pendejo el viejo” y etcétera. “El ruco” no se lo tomó a broma, no participó de ella. Con solemnidad dijo

-Es que no chinguen, como quieren hacer chingaderas de esas aquí. No. ¿Y si ocurre una desgracia, ya pedos? No, cabrones, no.

Nadie lo rebatió. He puesto atención a lo que sucede alrededor de “El ruco”. He visto cómo los jinetes lo rodean y lo escuchan. Él mismo ha dicho: “les platico cómo era antes, para que sepan”. De igual forma, cómo no discuten con él cuando desempeña el papel de juez, como en el super bull de La Misión, o cuando tiene que reprenderlos en su papel de ganadero. Es una figura de poder moral entre los jinetes. Con él no se discute.

¿Cómo se ha ganado el respeto de los vaqueros de rodeo? He visto cómo alegan con Jones, he escuchado cómo hablan a sus espaldas. Jones, al igual que “El ruco”, es una figura de poder, pero no rebasa lo político. “El ruco”, “El Chilo”, alcanza lo moral.

Continuamos hablando de forma desordenada. Unos, sobre cómo pasaron la noche, otros continuaron comentando sobre el baile. Uno de ellos se dirigió a mí y me dijo:

-Historiador, lo que te hayan platicado no cuenta. Si un vaquero se dice de verdad vaquero, no solo se ha cogido a mujeres y putos: también algún animal, allá en el monte, ¿o no?

Con lo último, se dirigió al resto de los vaqueros. Si bien no abundaron en el comentario, no lo negaron. Siguieron con su plática. El vaquero fue hasta dónde yo y empezó a abundar en el tema. Dijo:

-Es verdad. Andas días y días en el monte. Las ganas no te las aguantas. A mí me pasó con una vaca. La estaba sobando y sentir sus caderas, ver su puchita… pues no aguanté. Son cosas que sí pasan con los vaqueros. Son cosas que vemos desde chicos. Recuerdo cómo un tío se iba todas las tardes al monte, con su yegua. Me dio curiosidad y lo seguí con cuidado, que no me viera. Vi cómo se la echaba. A eso iba cada tarde… Luego él me vio y le dije que yo a él lo había visto primero. Ahí quedó, entre él y yo.

Seguimos platicando sobre el tema. Me pedía mi opinión, traté de responderle sin hacerlo realmente, pues mis prejuicios no deben ir en contra de lo que ellos me dicen. Yo solo soy un observador. Atiné a decirle que lo veo como reproducción social: él lo hizo porque desde chico lo vio y le pareció natural.

La plática nos llevó a hablar sobre nuestra sexualidad. Me dijo: “a mi vieja me la quiero coger y le arranco la ropa. Yo no me aguanto”. Entre la narrativa de la zoofilia y de cómo él está dispuesto a forzar a su esposa para tener sexo me lleva a mencionar de nueva cuenta la escena de la señora que llevaron al campamento y mi reacción de temor ante ello. Me pregunté “¿cómo se le ocurrió, por qué aceptó?”. No daba crédito. No podía creer que la señora ni imaginara los posibles escenarios sobre su ida al campamento, pero ¿qué si es algo naturalizado entre ellos, qué si la mujer aceptó, a pesar de tomar en cuenta el riesgo, por considerarlo normal? Las anécdotas sobre la sexualidad, sobre sus conquistas, sobre las mujeres que han conseguido me llevan a pensar en ello. Uno de ellos diría: “yo siempre me llevo a la mujer que quiero”. ¿Y ellas, qué quieren?

Aquí menciono también lo que uno de los cabalgantes de Don Tele diría sobre su esposa. Cómo en las fiestas del año pasado, también en San Borja, la conoció en el baile. Él y otro vaquero se la llevaron junto a otra mujer al monte. No especificaron detalle alguno pero la relación sexual quedó implícita en el tono que imprimieron a sus palabras. El cabalgante solo dijo: “y mira, aquí está conmigo”. La hizo su esposa y durante el rodeo siempre estuvo tras él, con la hija que ahora ambos tienen.

¿Qué significó para la mujer irse al monte con el vaquero? ¿En qué condiciones se casó con él? ¿Son comportamientos normados, naturalizados entre ellos?

Si de algo me di cuenta, es que la gente que vive en esa región es poca, se conocen entre ellos, saben quiénes son los hijos e hijas de quién. ¿De qué formas aprueban estas prácticas? ¿Cómo se verá, como padre, el cabalgante que se llevó a la mujer al monte, la hizo su esposa y ahora tiene una hija? ¿Dejará que en el futuro hagan lo mismo con su hija? ¿Las mujeres permiten esto solo a algunos vaqueros, a los que consideran buenos partidos? El cabalgante que refiero es hijo de uno de los rancheros de la región. ¿Qué peso tiene la condición de clase en esto?

Entre la mujer y los amigos

He visto cómo las mujeres se acercan, empiezan a rondar cajones cuando los ganadores se perfilan. Vi como ellas los ven, cómo empiezan a identificarlos, pero no se acercan abiertamente. Se sugieren ante ellos con sus miradas, con sus risas o sonrisas. Se entabla un coqueteo distante pero suficiente para que los vaqueros reaccionen ante ello. Al término de las acciones forman los jinetes sus grupos definidos por lugar de procedencia, edad, equipo o, simplemente, amistad, aunque la conveniencia va de por medio: es obligada “la ronda del campeón”, aquél que quedó en primer lugar y se llevó la bolsa grande, el premio en efectivo más jugoso, invita la primera ronda de bebidas.

Alrededor de estos grupos es que las mujeres se pasean. Algunas son conocidas de los vaqueros, otras que continúan con los coqueteos a distancia. Mucho del contacto físico y verbal se da al iniciar el baile amenizado por el conjunto norteño anunciado desde que se promociona el evento de rodeo: ahí los jinetes, lazadores y payasos de rodeo van en busca de pareja para esto. Otros tantos siguen en sus círculos bebiendo, platicando, bromeando y jugando.

Muchos de ellos son casados aunque no es necesario el estado civil para saberse “apartado”. Es el caso de “El Chapo”. Su novia fue a cajones, se hizo presente para marcar su territorio, para hacer evidente que ese vaquero ya tiene compromiso, que no puede o no debe convivir de la misma forma que aquellos que son solteros o, al menos, no llevan pareja al rodeo. Por ello los comentarios de “El Chanate”: “El Chapo” estaba obligado a departir con ellos, sus compañeros de trabajo y de equipo pues “Cuernos Gachos” no es solo ganadería, sino equipo de rodeo: “Cuernos Gachos Rodeo Team”.

Se despidió “El Chapo” mientras “El Chanate” no estaba. Lo hizo de aquellos que empezamos a platicar y a comentar las acciones del super bull. “El Toto Necua” mandó traer un six de cerveza. En ese momento llegó “El Chanate”, preguntó por “El Chapo” y al decirle que se retiró fue cuando expresó aquello con lo que inicié estas notas. Silva asumió que la novia se llevó a Alonso para celebrar: “¡ahorita le van a poner un cogidón” dijo. “Pero… no… después de la chinga de ahora, ¡si se le para, mis respetos…!”. Pasado unos minutos y algunas bromas, “El Chanate” se comunicó por teléfono con él y le daría “carrilla”: “¡ándale, putito, te fuiste!”. “¡El ganado no se va a llevar solo!”. “¡Nos vemos el lunes sin falta, cabrón!”

Texto y fotografía por Josué Beltrán Cortez

Una versión preliminar de este artículo fue presentada como ponencia en el XLII Simposio de Antropología e Historia de la Universidad de Sonora, en Hermosillo, el día 23 de febrero de 2017, bajo el título: «‘¡Si se le para, mis respetos!’ Discursos, comportamientos y rituales sexuados de los vaqueros de rodeo. Fragmentos etnográficos». Agradecemos la disposición y el interés del autor por compartirlo con los lectores de Crónica Sonora.

Bibliografía

Beltrán Cortez, Josué (2015). Diario de campo. Tesis de grado, Baja California, México.

_________________ (2016). Diario de campo. Tesis de grado, Baja California, México.

Magaña Mancillas, Mario Alberto (2009) “De pueblo de misión a rancho frontereño: historia de la tenencia de la tierra en el norte de la Baja California, 1769-1861” en Estudios Fronterizos. Vol. 10 núm. 19. México: Universidad Autónoma de Baja Caliofornia. Pp. 119-156.

___________________________ (2009b) “Neófitos y soldados misionales en la región de La Frontera de la Baja Califonia, 1769-1834” en Culturales. Vol. V, núm. 9, enero- junio. México: Universidad Autónoma de Baja California. Pp. 73-104.

___________________________ (2009c) “Poblamiento e identidades en el área central de las Californias, 1769-1870”. Tesis de Doctor en Ciencias Sociales. El Colegio de Michoacán, AC, México. 627 pp.

Meigs, Peveril III (2005) La frontera misional dominica en Baja California. México: Universidad Autónoma de Baja California.

 



Acerca de

Licenciado en historia, maestro en estudios culturales por El Colegio de La Frontera Norte. Ha sido coordinador del Archivo Histórico de Tijuana y del Museo de Historia de Tijuana. Profesor asignatura en la Facultad de Humanidades de la UABC. Ganador de las convocatorias 2014 y 2017 del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) de Baja California en la categoría de difusión del patrimonio cultural. Autor del libro 'Cómo deben mirarnos: la fotografía como tecnología de la reconstitución discursiva del yo. Los tijuanenses y su leyenda blanca'. Hoy estudiante del programa de doctorado en ciencias sociales por El Colegio de San Luis, AC.


'«¡Si se le para, mis respetos!». Prácticas sexuadas de los vaqueros de rodeo' tiene 4 comentarios

  1. junio 19, 2017 @ 4:56 pm Alejandro Valenzuela

    La verdad es que el lenguaje y el comportamiento grupal de los vaqueros no se diferencia mucho del que se ve cotidianamente entre los estudiantes universitarios de Sonora (y es posible que de todo México). La palabra “verga” es de uso cotidiano no sólo entre los muchachos, sino también por las mujeres, y también «es usada comúnmente para referirse en sentido figurado al pene, pero la usan también para referirse a situaciones cotidianas».

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    • junio 21, 2017 @ 2:14 pm Josué Beltrán

      ¡Hola! Claro, de acuerdo pero ¿cuáles son los usos y, sobre todo, connotaciones que adquiere en la cotidianidad, por ejemplo, de los universitarios, en contraste con los vaqueros? Es más que una palabra vulgar o coloquial… es lo que argumento en el artículo.

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  2. junio 28, 2017 @ 1:05 pm Rene Franco Arce

    Josuel Beltran, excelente trabajo, la verdad como decimos vulgarmente me lo chutee todo. me gusto la forma en que se redacto, en lo personal me pareció chingona la manera como describes la chamba del jinete y todo lo que de ello se desprende, he estado en varios rodeos donde ha participado amigos míos y familiares y la verdad es tal cual lo describes. en hora buena mi compa saludos y como dice mi tío un jinete retirado al decir que le vale madre todo «somos parientes de vale verga¨» por eso somos cabrones

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  3. junio 29, 2017 @ 12:21 pm Concepción Ornelas

    Me encanto !

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