Ridiculeces en el puerto


Hay veces que la monotonía es insoportable. Ante esa situación, un día el Tavo y yo optamos por irnos de Hermosillo.

Fue placentero entrar a la ciudad de Guaymas, aunque se tratara de una ciudad chica que ya conocíamos por lo menos de paso, pero era a lo más que podíamos aspirar en nuestra condición de estudiantes, la cosa era estar en un lugar diferente. Fue muy agradable cuando el autobús de la línea Tres Estrellas de Oro entró balanceándose a vuelta de ruedas a la vieja central camionera. Guaymas, Guaymas, anunció con gritos el conductor. Aquí es Guaymas, dijo el Tavo, y comenzamos a disfrutar de la ciudad desde el momento en que nos fuimos caminando rumbo al centro. 

Antes de llegar al centro nos detuvimos en un changarro a tomarnos una soda, platicamos muy poco con la pareja de ancianos que nos atendieron porque estábamos ansiosos por llegar al centro. 

Después de caminar un poco más ya estábamos en nuestro destino, el corazón del puerto de Guaymas. Es la ventaja de visitar una ciudad pequeña donde todo se encuentra cercas, inclusive el glorioso estadio Abelardo L. Rodríguez. Yo no sabía por dónde comenzar, simplemente le dije al Tavo que nos fuéramos a curiosear al azar. En ese plan estaba yo, pero en cambio el Tavo, aunque no lo dijera, no coincidía conmigo, para  mí era muy evidente que aunque estaba interesado en conocer la ciudad se le notaba intranquilo. Yo no entendía por qué el Tavo se sentía así, si había aprobado el examen de ecuaciones diferenciales con el profesor más temido de la «Uni», seguía trabajando los domingos como mesero en una florería y las cosas iban bien con su novia.  

Era obligado preguntarle qué le pasaba. Cuando lo hice, lo que me contestó me dejó pasmado:

-¿Sabes qué? Tengo ganas de hacer el ridículo.

Evite reírme por respeto porque sentí que lo que me decía iba en serio, con disimulo traté de persuadirlo a que desistiera de esa idea tan bizarra. 

Comencé por cuestionarle qué era para él hacer el ridículo. Con eso se desató una excitada discusión sobre el tema que fue cómo meternos a un atolladero del que no podíamos salir, ya que él consideraba que para hacer el ridículo voluntariamente se necesitaba valor, y que lo más importante era que ese acto traía consigo libertad, porque la persona en ese caso era libre del qué dirán. Pero el tema de la libertad complicó más la discusión  porque resultó que la libertad es esencial para ser feliz y la definición de felicidad fue algo tan complejo como la definición de libertad. 

Finalmente le dije que ya me había cansado la discusión, que al final de cuentas era su decisión, que podía hacer el ridículo cuantas veces quisiera pero que no me fuera a pedir ayuda.

-Y a todo esto, de qué manera piensas hacer el ridículo

-Pienso ponerme a cantar en la calle y necesito que me ayudes (me dio gusto que el Tavo dijera necesito, en lugar de ocupo).

-Te acabo de decir que no me pidas ayuda para eso, ¿por qué tengo yo que sudar las calenturas de otros?

-Por esta vez te pido que me ayudes, te prometo no volverte a molestar.

-Y qué es lo que tengo que hacer.

-Vas a utilizar una botella de soda de Fanta y le vas  rascar con tu peine como si fuera un güido mientras yo canto.

-¿Quién es el que va a hacer el ridículo? ¿Tú o yo? En ese caso mejor te cambio, por favor.

-Después de un rato de jaloneos logró convencerme y decidí sacrificarme, lo que tiene uno que hacer por un  amigo “valiente”.

Conseguimos un envase de soda de Fanta de esas que tenían forma cilíndrica con bordecitos y cónica en el lado de la boca. El Tavo no era un artista precisamente pero cantaba en el coro de la iglesia y no lo hacía mal. Pero él me dijo que no era lo mismo cantar en bola que cantar solo ante gente extraña que pasa por la banqueta, eso sí que era hacer el ridículo. Y de eso él decía que tenía una imperiosa necesidad.

Yo por mi parte, debutaría con el güido, lo cual no me despertaba ninguna emoción, pero eso sí, de antemano, ya me sentía ridículo.

Llegó el momento y nos colocamos en la banqueta de la calle Serdán y el Tavo comenzó a cantar una canción que yo jamás había escuchado, no sé de donde la sacó, se llama El Calcetín, y como dicen los conjuntos norteños, vamos a tocar algo que dice más o menos así:

Como si fuera un calcetín tú me arrastras todo el día
En el suelo me traes arrastrado por tu amor.

Como si fuera un calcetín ay tírame cuando este roto
Que en las cosas del amor, que en las cosas del amor, no hay manera de zurcir.

Y luego viene el estribillo:

Un calcetín, ay amor, un calcetín, eso soy yo para ti, un calcetín, ay amor, un calcetín.

Naturalmente que al comenzar a actuar llamamos la atención, primeramente pude ver en el rostro de dos señoras una lejana sonrisa en la que se mezclaban burla y compasión, una de ellas movió la cabeza y dijo: —Tan jovencitos que están—.

Siguió llegando gente y a mi mente llegaban preguntas como: ¿En qué va a para todo esto? ¿Cuándo se llenará el Tavo de hacer el ridículo? lo peor era que le fuera a  gustar y quisiera tenerme de comparsa por tiempo indefinido, sí bien me había convencido de ayudarlo pero eso no quiere decir que yo estuviera dispuesto a hacer el ridículo todo el día.

Las cosas cambiaron cuando un hombre se paró frente a nosotros, a mí me pareció que era un burócrata jubilado, el señor ese también sonrió pero su sonrisa era de las que te llenan de paz, de esas sonrisas que vienen de un alma buena.

La actitud del señor le frustró al Tavo porque él lo que quería es hacer el ridículo  y no causarle ternura a nadie. Peor se sintió cuando el hombre metió la mano a su bolsillo y saco una mondas, se las entregaba al Tavo pero él no dejó de cantar, viró hacia mí, yo deje de rascarle a la botella y puse  mi cachucha en el piso.

Se acercó más gente y casi todos ponían monedas en la gorra, la gente sonreía complacida, se notaba que se divertían porque hubo quienes aplaudieron, eso obligó al Tavo a que cantara otra canción que no fuera El Calcetín y comenzó a cantar el corrido de Don Baldomero:

El baile se celebraba con gran pompa y con esmero
cuando llegaron las hijas del hombre rico del pueblo
Don Baldomero, como le va, usted primero puede pasar
le gusta aquí o más allá, donde prefiera se puede sentar…

En ese momento entraba también un joven vaquero
llevaba pistola al cinto y arriscado su sombrero
y ese quién es?, pos quien será? pos que va ser
pos va bailar, a la más chica la va a nombrar
Don Baldomero se le va a enojar.

Las monedas siguieron cayendo, también billetes y algunos dólares por parte de un grupo de turistas que les dicen pájaros de la nieve. Y las monedas y los billetes hicieron que al Tavo se le olvidara la frustración por el hecho de no hacer el ridículo.

No podíamos estar en el mismo lugar y optamos por ir al mercado municipal. En un puesto que está fuera del mercado la persona que atendía escuchaba música de la nueva era, yo me quedé asombrado de que en ese pueblo alguien escuchara música de ese tipo, a lo que el Tavo me dijo casi enojado, no eres inteligente, ósea, eres lo contrario de inteligente, ¿me explico? Te crees mucho porque vienes de la capital, ay sí. Menosprecias a Guaymas llamándolo pueblo, pero en su tiempo Guaymas era la capital cultural de Sonora, por su condición de puerto aquí llego gente de muchas partes del mundo, por eso hay tanta gente ilustre en este lugar, allí nomas está Edmundo Valadez por mencionar a alguien.

Yo le dije que estaba estudiando ingeniería, que eso no me interesaba. Por lo cual vino otra maltratada de su parte. Cuando le pregunté quién era Edmundo Valadez  me dijo: mira, te digo, de qué te sirve venir de la capital si no sabes ni siquiera quien es Edmundo Valdez. 

Después de actuar un rato tuvimos hambre y nos fuimos al malecón a buscar un restaurante de mariscos que nos recomendaron desde Hermosillo, se llama Los Barcos.

Comimos ceviche y pescado frito que parecía que lo acaban de sacar del mar, no como el pescado insípido y congelado que comemos en Hermosillo. Mientras comíamos se acercó un trio y nos preguntó: ¿cual les tocamos chavalos? Le pregunté al Tavo que si cual canción pedíamos y él me dijo pues la canción que nos tiene comiendo en este lugar,  y pedimos El Calcetín.

Comimos como reyes con música y con postre, en fin que nos íbamos a regresar a Hermosillo de aventón. A esas alturas al Tavo no le importaba no haber logrado ese día su objetivo, hacer el ridículo en Guaymas, lo comido y lo bailado quien nos lo quita me dijo.

Salimos del restaurant y tomamos un ruletero a la salida norte de Guaymas, y yo envalentonado, inspirado en el Tavo, se me ocurrió actuar en el ruletero, no haciendo el ridículo, claro que no, quise tener una actuación de cierto nivel y comencé a declamar El Seminarista de los Ojos Negros:

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo…

Mientras yo declamaba, un hombre viejo, con aspecto de marinero, peludo por todas partes, despatarrado, llevaba tatuadas en sus brazos algunas sirenas de diferentes tamaños, su piel curtida por el sol a más no poder, tenía cicatrices en la cara y llevaba una gorra de los Ostioneros de Guaymas, le hizo una señal al Tavo, le dijo algo y regresó con un billete de veinte mil pesos en la mano. Pero se me hizo raro porque su rostro denotaba una cierta congoja. Cuando se acercó me hablo casi al oído y despacio:

-El marinero nos regala el billete pero dice que te calles el hocico, que no seas ridículo.

Me indigné mucho y le dije que le regresara el billete al amigo ese porque yo iba a seguir declamando. Faltaba más, viejo ignorante.

No seas ridículo, me dijo, bájate y yo te sigo, no podemos despreciar este dinerito, de todos modos nadie va a dar nada por tu declamación.

Así lo hicimos y en la gasolinera El Valiente conseguimos un aventón con unos electricistas en una camioneta en la cual nos acostamos muy cansados en la caja sobre cable y herramientas- Ahí cantamos, hasta llegar a Hermosillo, una canción de Serrat que se llama Querida. Eso disipó la frustración del que quería hacer el ridículo y no lo logró y del que hizo el ridículo queriéndose lucir.

Por Ricardo Abraham Mendoza

En portada, estampa capturada en el puerto de Guaymas, diciembre de 2012, por Luis Gutiérrez / Norte Photo



Acerca de

Abraham Mendoza vio la primera luz en San Pedro El Saucito el 2 de abril de 1960. Es geólogo de profesión y narrador nato que escribe como Dios le da a entender. Tiene por hobby caminar por todas partes excepto en andadores y le gusta que le lleven serenata aunque no sea su cumpleaños.


'Ridiculeces en el puerto' tiene 2 comentarios

  1. enero 15, 2019 @ 2:35 pm Héctor Ignacio Almada Vílchez

    ..ah que mi Abraham, eres de la generación maciza de los baby boomers sin duda, tocas en tú relato todo eso que nos tocó vivir, el cambio social; la música, a huevo, la economía, la cultura; ilustras los valores y las actitudes adoptadas por un nutrido grupo de personas que nos tocó vivir y cambiaron al mundo, excelente relato mi compa contemporáneo.

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    • enero 16, 2019 @ 9:08 am abraham mendoza

      Gracias por tu comentario Héctor, y por darme un elemento más de identidad, baby boomer, no lo había considerado, me gustó mucho. Un abrazo

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