Segunda y última del ensayo del profe Córdova y la lente de Carlos Argüelles


El clima que viene

Una atmósfera con más bióxido de carbono retiene más energía solar (efecto cobija) y por lo tanto tendremos mayor energía moviéndose de un lado a otro, de manera más violenta y más errática. Ese parece ser el consenso científico que ha logrado volverse de conocimiento público.

La corriente de aire frío que circula alrededor del polo norte se debilita año con año, permitiendo que durante unos días Alaska tenga días soleados mientras los tomates se congelan en Sinaloa y la gente busca desesperada calentones eléctricos en Hermosillo o los gasoductos se congelan y revientan en Texas.

Los ciclones, huracanes y tifones, que mueven con eficiencia el aire caliente y la humedad de las zonas tropicales hacia las zonas polares son cada vez más poderosos y destructivos para los humanos que insisten en vivir en las costas (Hola Cancún).

El Niño u Oscilación del Sur, una concentración de agua caliente frente a las costas de Sudamérica, y su contraparte La Niña, la concentración de agua caliente frente a las costas de Asia, se intercalan en una especie de puerta giratoria que nos ha hecho olvidar cómo eran los años normales.

Estos fenómenos han pasado al lenguaje común precisamente porque impactan la fuerza de los tifones en Asia o los huracanes en el Caribe. El año pasado La Niña hizo que disminuyeran las lluvias en el Pacífico Mexicano y los precios del frijol se dispararon casi al doble (al menos los peruanos que se comen en mi casa) en Sinaloa y en Sonora.

Empalme y el Pleistoceno Medio

Y bueno, regresemos a la adaptación, hace años en una reunión sobre estos temas preguntaba exasperado qué debíamos hacer: subir la cortina de las presas y la luz de los puentes ante la proximidad de lluvias abundantes, o preparar reservas de agua dulce y cambiar el patrón de cultivo ante la inminencia de largas sequías. Ambas cosas, me dijeron. Lo único predecible del futuro climático es la inestabilidad.

La ciencia ha seguido avanzando desde entonces y parece que podemos mirar al clima del Pleistoceno Medio, hace 3 millones de años, cuando no existía el istmo de Panamá ni las Rocallosas y había 400 ppm de CO2 en la atmósfera.

No había glaciares ni en la Antártida, los hielos en el Polo Norte no eran permanentes y el mar estaba de 20 a 25 metros sobre los niveles actuales haciendo que el Golfo de California llegara casi hasta Los Ángeles.

Junto con la subida del nivel del mar, el deshielo y una atmósfera recalentada las lluvias abundaban y lo que hoy es Sonora habría tenido un clima subtropical más parecido al del Sur de Sinaloa.

Así que como en los malos chistes, hay una noticia buena, una mala y una peor. La buena es que podríamos tener más lluvias (muchas de ellas de forma ciclónica como la que dejó Jimena en Guaymas) pero deberíamos despedirnos de Huatabampito, Peñasco, los dos Kinos y Empalme.

Mientras que podemos dejar que la reducción de emisiones se resuelva con el cierre de las  carboeléctricas en China y que Estados Unidos descubra su esencia ascética y baje sus niveles de consumo, la adaptación tiene que ser un esfuerzo local.

La adaptación a los efectos del cambio climático no la van a hacer los países ricos, actualmente están más preocupados por elevar muros y evitar la migración de las poblaciones afectadas por sus emisiones en el pasado que por otra cosa.

La mala noticia es que Sonora depende en buena parte todavía de una producción primaria, pesca, agricultura y ganadería, y tiene ciudades como Hermosillo, Nogales y Nacozari en situaciones extremas de acceso al agua potable de calidad y en cantidad suficiente.

El cambio climático no va a traer días de 55° centígrados, pero, como usted sabe, nos obligará a prender los aires acondicionados cada vez más temprano y apagarlos más tarde en un mundo donde la energía va a ser más cara.

Con ciclones más fuertes y más frecuentes urge tomar medidas para reaccionar al avance del nivel del mar que ya se percibe en las casas de Miramar en Guaymas y Huatabampito.

La peor noticia es que estos problemas siguen fuera de la discusión pública, que los más afectados van a ser como siempre los más pobres y que seguiremos tratando de vaciar el mar con un balde y tapar el sol con dedo.

Por René Córdova Rascón

Fotografía de Carlos Argüelles

Si se te pasó la primera parte de este ensayo o la quieres releer:

O nos adaptamos o nos aclimatamos (I/II)

Sobre el autor

José René Córdova Rascón es Antropólogo Social por la ENAH, maestro en Salud Pública con especialidad en Políticas Públicas por la Universidad de Arizona en Tucsón, director de Espacios Expositivos, S.C. y curador externo de la nueva exposición permanente del Museo Comcaac (antes Museo de los Seris) en Bahía de Kino, Sonora. Contacto: rrenecordova@gmail.com

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