Letras segundas (segunda etapa). Una biografía intelectual de Abigael Bohórquez VII


LETRAS SEGUNDAS (SEGUNDA ETAPA)

 

Good morning, Revolution.

You’re the very best friend

I ever had.

We gonna pal around together from now on.

«Good morning, Revolution»

The Collected Poems of Langston Hughes

Langston Hughes

Tú, …tú: el centauro, y la sombra del centauro,…

tú trajiste a esta casa el alboroto, el escándalo;

tú metiste aquí el viento revoltoso, y las moscas;

las hormigas furiosas del cementerio y el remolino.

Berre tu casa, barre la casa, límpiala,… centauro!

«La sombra del centauro»

La sombra del centauro

Mosén Francisco de Ávila

 

El reconocimiento entre los artistas llega, a veces, o demasiado tarde o demasiado pronto. Ayuda en ocasiones a madurar lo que de otra manera sería imposible: una visión crítica. El amigo o el enemigo ayuda al artista a lograrse por destino (ese nombre que se le da a una red de azares) a causa de validaciones y ninguneos. Abigael Bohórquez ha obtenido esto de sus primeras letras; pero también de las segundas: una red de complicidades, que señala los aciertos y errores que ha cometido. Nada ha sido gratuito y se lo ha ganado a pulso de buscar, tercamente, el empleo y el reconocimiento en el lugar donde se encuentra desde 1959: la oficina de Extensión Universitaria y la Academia de Arte dramático de la Universidad de Sonora. Su clamor en el desierto ha sido escuchado por el rector Luis Encinas Johnson. Sus ímpetus, al fin, han sido premiados.

 

Antes ha obtenido un reconocimiento, la fe de bautismo. ¿Esta es su confirmación? ¿O lo serán sus premios literarios del siguiente año, a la edad de veinte años (aunque se quite uno y diga que tiene diecinueve)? La aceptación definitiva del gremio y, con ello, la entrega de un nuevo sacramento, tarda en llegar. Sus continuas victorias en las lides literarias nacionales confirman lo que ya se había dicho: es poeta, pero en desarrollo. Mosén lo llama «Poeta en embrión». Abigael ya no es un recién nacido a un año de su bautismo pero todavía le queda mucho que hacer y recorrer para lograrse y adquirir el mérito de obtener su acta de confirmación. Eso lo obtiene de otro poeta poco a poco, con cada poema que gana un concurso y cada nota periodística que certifica que ya está en edad de su confirmación. ¿Cómo ha de llegar ésta y de quién? La obra escrita en estos años es reconocida en varios concursos estatales y nacionales donde sale victorioso, además de adquirir notoriedad cuando los publica a diestra y siniestra en distintos periódicos y revistas de varios estados de la república. La confirmación de su talento y de su estatura en las letras nacionales llegará de quien menos piensa: Carlos Pellicer.

 

A mediados de 1960 se encuentra elogiado por todos los cronistas culturales de la región. Poesía i teatro es eso, un libro que contiene dos géneros literarios: «Fe de bautismo. Poemas 1955-1958» (1960 [1982]) y «Primera piedra. Teatro 1955-1957» (1960). Se ha publicado. Destaca por sus poemas pero sabe que es tiempo del teatro, de probarse en el arte que estudió formalmente en la Ciudad de México. Tiene varios años, desde su regreso, que ha recorrido caminos y sumado complicidades a través de la dramaturgia, en los pueblos de Caborca y San Luis Río Colorado (que recientemente han obtenido el título de ciudad), cuando funda en esta última el «Circulo de arte», bajo su nombre, hacia principios de 1958. Estos grupos de actores no los deja atrás, algunos también migran a Hermosilo.

 

Su teatro está gestándose apenas, pero a punto de dar sus frutos con el apoyo de Alberto Estrella. Al año siguiente termina y presenta una nueva pieza trágica con la que ganará notoriedad y una aceptación definitiva en la ciudad de Hermosillo: El aguijón de la abeja. Esta pieza debe mucho en preocupaciones estético-sociales a los sucesos recientes por las uniones interraciales y el segregacionismo del sureste de Estados Unidos, gracias a la lectura y admiración del poeta de la negritud, Langstong Huges; a quien lee con avidez, como leerá y traducirá Herminio Ahumada, gracias a la cercanía y amistad que tuvo Andrés Henestrosa con aquel. De este relativo éxito dramatúrgico no queda nada, sólo un fragmento. También una pieza que sirve de prólogo a la obra teatral, siendo el más caro ejemplo de su temprano compromiso social, que publica unos días antes del estreno de la obra el 25 de abril 1961. Se trata del poema «Carta abierta a Langstong Huges»:

 

No estoy de humor, Langston Hughes

esta mañana,

para decir fingiendo aristocracia

que alguien llegó a ponerme las esposas

de un segundo de carne;

de verdad,

para decir lo mismo,

que desde tiempos dormidos

me han caído en los hombros las langostas

del día de trabajo,

―largo trabajo de pensar un poco

y qué pensar

y no pensar en nada―

por el contrario,

estoy de humor para decir agravios. 

 

Este homenaje doble, al poeta comunista y luchador de los derechos del hombre, transportará a los espectadores a la ciudad de Nashville y la violencia de las ciudades rurales al sur de su convulsionado país. El poema terminará en las páginas de Acta de confirmación (1966), con otros poemas de tono encendido. «Fe de bautismo» y «Primera piedra» ya abordaban la injusticia rural en Poesía i teatro. Continuará en la poesía y teatro de sus años venideros, mostrándose con un tono más encendido de denuncia social. Queda una incógnita: ¿Dónde quedó Aguijón de de la abeja, su homenaje a la negritud? Años más tarde publicará un fragmento de esa larga pieza dramática, que sólo una lectura atenta a la obra poética de Bohórquez permite descubrir.

 

Días antes de la presentación de la obra trágica, Luis Duarte, amigo sanluisino del poeta, lo describió como «un muchacho greñudo y lentes [gruesos] de carey». Sólo tiene apenas 25 años. Alonso Vidal, que lo acompañaba, no esperaba que fuera tan joven. Un año antes, incluso, Mosén Francisco de Ávila, uno de los más viejos y reconocidos poetas de Sonora, señala: «Tanta maravilla espanta. Da pavor». Su facilidad para escribir, ganar concursos y publicar poemas, así como enseñar, dirigir y presentar obras de teatro, ya son costumbre. Sumar nuevos amigos y lectores de su obra literaria cada día, que le permiten que se afiance en esos dos oficios que tanta fama y tanta alegría habrían de darle en Sonora y fuera de ella.

 

A la vuelta del año siguiente año Abigael alcanza su consagración definitiva. Ha logrado vivir de su sueldo y de sus poemas; con sus estudios se ha becado y con sus poemas ha viajado al interior del estado y fuera de él; pero sigue con esta certidumbre de medirse y mostrarse en los concursos literarios. Necesita más que la validación artística, los premios en efectivo. Se enfocado en ese camino que inició con su primer Premio Nacional de Caborca y envía en ese año nuevos poemas a distintos concursos literarios. No obstante, en un mismo año gana varios premios en el marco de los Juegos Florales de varias ciudades del país: Saltillo, Coahuila; Campeche, Campeche; Ciudad Obregón, Sonora; Aguascalientes, Aguascalientes; reciben con una rosa de oro y agasajan al poeta en un lapso de un año. No obstante, algo pasa en Campeche: el reencuentro con Carlos Pellicer.

 

En la premiación, Abigael recibe no sólo la rosa de oro, el dinero en efectivo, los aplausos siquiera; recibe su «acta de confirmación». Este nuevo sacramento se encuentra en las palabras que Carlos Pellicer lee el 17 de febrero de 1962 en tan magno evento, que se vuelve el soneto «Al poeta Abigael Bohórquez»:

 

Joven, toma de ti la poesía

y jura ―en vano― que el amor no existe.

Lo que amorosamente no dijiste

alimenta a los pájaros del día.

 

Abigael le contestará días después con un largo poema: «A Carlos Pellicer, en recuerdo de Campeche»:

 

Poeta,

la única verdad era tu concordancia con el trópico.

Lo bien que te quedaba el mar de fondo.

Aquello de que el cielo parecía

que estaba hecho para ti.

 

En este poema habla de «la mano» como «árbol en llamas». La mano, para Abigael es su «única patria».  Este poema-epístola se llamará posteriormente «Canción por un poeta llamado Carlos» y aparecerá transfigurado en Las Amarras Terrestres. No termina ahí este intercambio desigual, poético-epistolar, de sonetos y poemas: el poeta de Tabasco, le contesta con otro soneto que, en un cuarteto, dice:

 

Las manos siempre pones sobre el raso

y ahí están las palabras fabricantes:

unas que no se ven, otras atlantes.

Pululan las que dejas al acaso.

 

Por la fecha y el tema, quizá también surge en este contexto «Versos para un muchacho de papel», aunque no parece una respuesta a este nuevo poema de Pellicer, sino un canto elegiaco de Bohórquez, mirándose y despidiéndose de sí mismo:

 

Qué lejano a pesar de estar tan cerca

tu corazón.

 

Perdóname.

Cierra los ojos.

Voy a prenderte un fósforo,

muchacho.

 

Debes arder tan bien como mi llanto.

 

Estos son poemas apasionados, homosensuales, dirigidos a un amor platónico. Con ellos inicia este tema tan polémico (a veces contraproducente y otras tan conveniente) en la percepción de su persona y de su obra como un poeta homosexual per se. Escribe con sencillez: están muy lejos de aquellas oscuras metáforas («los peces de mi signo, penetrándose») de su segundo poemario. Son estos y no aquellos los primeros poemas de amor dedicados a alguien de su mismo sexo y oficio; algo que abundará en sus poemas posteriores, a partir de Las Amarras Terrestres (y de la segunda versión de Acta de confirmación). Aún no recorre ese arduo trecho: sólo sigue determinado en probar su valía, ganando premios, descubriéndose en el amor.

 

Pronto será evidente que sus actividades en Hermosillo le quedan chicas y que su maduración se ha completado: es un joven escritor de talla nacional, que promete volverse uno de los más grandes escritores de México. Está listo, además, para recibir un nuevo sacramento, el más importantes y definitivo de su iniciación artística, que habla de la comunión entre ellos y la importancia de compartir el pan y el vino desde las figuras más señeras del arte regional y nacional: la eucaristía, representada en la intercesión de otros para que se le entregue un puesto burocrático y se inserte, de manera definitiva, en la vida cultural de la Ciudad de México y el país.

 

Jaime Torres Bodet será quien le otorgue este dispendio, al asumir su potestad como funcionario público y entregarle al poeta un puesto burocrático, luego de que varios artistas de Sonora hacen la petición al entonces Secretario de Educación y para más señas miembro del grupo literario de los Contemporáneos y homenajeado reciente por la Universidad de Sonora que le otorga la distinción de un Honoris Causa.

 

Los conjurados a este sacramento, son el escritor tabasqueño Arístides Pratts y el rector Luis Encinas, la periodista española Cecilia G. de Guirarte y las pianistas, compositoras y maestras, la española Emiliana de Zubeldía y la rusa (de nacionalidad francesa) Sophie Cheiner, entre otros amigos y amigas que solicitan al poeta Jaime Torres Bodet un puesto acorde de sus ímpetus y necesidades del joven Abigael. Aparecen, en este momento de comunión entre artistas de y afincados en Sonora, los símbolos más altos del reconocimiento: la comunión entre hermanos de oficio, el reconocimiento de su valor y su pertenencia entre ellos. Abigael no recibe, pues, ese exilio tantos veces cacareado por sus críticos (sin decir ni un dónde, ni un cuándo ni un por qué se fue de Sonora). Ignoran que gracias a la vieja guardia cultural, que lo apoya y cree en él, fue convidado a comer del presupuesto; a probar repetidamente una tajada de ese gran pan que sigue siendo ahora el INBA; porque ellos sabían, y Abigael mismo, que su destino no está en Hermosillo. Así se va feliz, por menos de treinta años, pero dejando mucho cariño entre las gentes que él mismo reconocerá, cuando fue preciso, en sus dedicatorias literarias.

 

Al llegar a México a finales de 1962 entra a trabajar como secretario del departamento de Difusión Cultural del INBA y entrega muy a tiempo un poema en el Anuario de la poesía mexicana 1962, que saldrá a finales del año siguiente. Ahí aparecerán los poetas más reconocidos y algunos pocos conocidos que serán sus amigos y rivales cercanos durante los siguientes veintinueve años. Se trata del muestrario de todo lo mejor que se ha publicado entre los poetas del país y Abigael, sin querer queriendo, desata la polémica con «Canción de ausencia con poeta y mar», un poema que salió publicado en un medio local menos de un año antes con la dedicatoria como título: «A Carlos Pellicer, en el recuerdo de Campeche». Aún a la distancia esta dedicatoria y el poema resultan escandalosos; pero no tanto como lo que señala en sus datos curriculares un listado de obras literarias listas para publicarse, que aluden a los títulos de las publicaciones de los siguientes seis años:

 

Patria y algo nocturno, poemas 1960-1961; Acta de confirmación, poemas 1962-1963; Nocturno del alquilado y la tórtola, poema dramático en tres actos, 1963; La madrugada del centauro, poema dramático en tres actos, 1963, y «Las canciones por Laura», poema, 1963.

 

Su fecundidad asombra. «Las canciones por Laura» (que está ligada a temáticamente a «El aguijón de la abeja» y causa de la disolución de la pieza dramática) ganará el Premio Nacional Juegos Florales Clemencia Isaura en 1964; el mismo certamen donde, un año antes, ganara una mención honorífica por «Oda marina a Claude Debussy»; ambos, poemas que formarán parte sustancial de Las Amarras Terrestres y de Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles, respectivamente. En el primero y segundo poemario «terminado», debe pensarse como gérmenes de los libros venideros, si «Carta a Langston Hughes» forman parte de Acta de confirmación. Son proyectos iniciados en Hermosillo, como se ha señalado, y terminados en la Ciudad de México.

 

Las dos piezas teatrales, y aún una tercera no mencionada, provienen del mismo proceso revisionista de Abigael de 1960: deconstruye sus piezas anteriores y las hermosea, volviéndolas nuevas. En ellas se percibe la influencia de sus afectos: el simbolismo de Mosén y el efectismo, dramatismo, lorquiano. La mezcla de «géneros» vista en sus parlamentos-poemas, no necesariamente remiten al teatro del Siglo de Oro o a la influencia del teatro lorquiano, sino como resultado de un remake. La madrugada del centauro tiene más que un parentesco temático con «La sombra del centauro» de Mosén Francisco de Ávila, un poema místico que inspira a Abigael por su referencias al sufrimiento de las humanas formas. Mosén concibe el cuerpo como la cruz del alma, y a la muerte como su única liberación; aunque Bohórquez concibe al padre o al hijo como el tormento del alma.

 

Abigael recurre al lirismo y simbolismo moseano para cargar de simbolismo a «La Estirpe», su primera pieza dramática de 1957, convirtiéndola en una innovadora y escandalosa pieza dramática debido a su temática de iniciación sexual a través de la zoofilia en un mundo de dominación patriarcal (y se vuelve pionero de contar esta «aberración» como lo hará posteriormente: Ecuus de de Peter Shaffer, que aborda elementos semejantes en 1973). Sagitario (antes Auro, llamándose ahora como el flechador equino del Zodiaco), es el joven que atenta contra la moral y es golpeado por su padre, Floriano (antes Lucio), por cometer abominaciones con Galana, una yegua de establo (siendo el anterior motivo de golpearlo su faltarle el respeto). Su estreno en 1964 obtuvo críticas favorables por su buena construcción poética y dramática.

 

Circulo hacia Narciso, presentada en 1958 en San Luis Río Colorado, es el resultado de las mejoras de su segunda pieza dramática de 1957: «La vocación del orgullo»; así como Nocturno del alquilado y la tórtola surge a partir de su tercera pieza teatral de 1957: «Compréndeme y verás», aunque la última farsa sólo tenga algunas reminiscencias. No son gatos por liebre, debe decirse, son una depuración de su propio proceso creativo, que realizó antes de ese largo primer año dentro de la burocracia cultural capitalina.

 

Hay testimonios de alegrías o disgustos en el anecdotario disponible de esos años iniciales. Ganan los segundos, a la vista de todos, mediante una crítica feroz al sistema que ha iniciado unos años antes, y que aparecen en un poema de 1964, donde señala su lugar de trabajo y su desgaste como funcionario público: «Del oficio de poeta». Es incierto decir que la piedra que lanza ese poema iba dirigida a su jefe, Wilberto Cantón; sobre todo si era un dramaturgo de piezas de un acto, tan reconocido para esa época. Aún así señala su inconformidad de trabajar por un salario y sin poder sobrevivir de su oficio con dignidad en su revista tamaño carta de hojas mimeografeadas, Estos.

 

Su transición se da en un ambiente de gran actividad en la promoción literaria a través de recitales y lecturas en un sitio tan entrañable para Abigael como el Ateneo Español a finales de 1964 y a principios de 1965; donde se mostrará como dirigente en un ciclo de Poesía Nueva de México, con la presencia de varios debutantes que se convertirían en reconocidos, aunque poetas menores, en las décadas por venir, tales como Guillermo Fernández, Miguel Guardia, y Jesús Arellano, y Poesía Mexicana Contemporánea, con la participación de aquellos ya logrados y celebrados como fueron Carlos Pellicer, Rosario Castellanos, Efraín Huerta, entre otros.

 

En este ambiente de gran actividad y de un Abigael en ebullición sucede el cambio de trabajo a uno donde podrá realizarse y hacer de sus actividades anteriores, una revista mimeografiada y unos ciclos de lecturas organizados a salto de mata, una actividad respaldada por el Organismo Internacional para la Promoción de la Cultura de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Abigael ahora sí, baila en las nubes y no se detiene a descansar sobre ellas. Sólo un año después publica Acta de confirmación, un poemario que da muestras de continuidad de su obra desde distintas obsesiones literarias: el versolibrismo y la denuncia social. Si «Fe de bautismo» parece una puesta al día de Ensayos poéticos, su tercer poemario se distinguirá de ambos porque contiene una abierta denuncia de la violencia de los hombres contra los seres más vulnerables.

 

No por nada incluye «Llanto por la muerte de un perro» a este segundo libro: está unido a «Carta abierta a Langston Hughes», entre otros poemas, por su crítica a la burguesía. Aunque su denuncia sea de mayor la intensidad en el último libro, ya que en el poema de 1961 no sólo está ligado a una obra dramática (que no sobrevivió a esta época), sino a un programa de creación poética y dramática subversiva, que desembocan o adquieren coherencia en su poema-manifiesto, «Manifiesto poético»:

 

mientras no tenga el lápiz

sonido de martillos levantando edificios,

cantos de obrero en marcha,

ímpetu de azadón,

pico y máquina de coser,

mientras no venga mi lápiz

a decir las verdades del hombre,

la hilvanadera de sudor,

el carrete del hambre,

mientras no venga a decirme solamente

de un agónico tacto,

no me sirve.

 

Acta de Confirmación sugiere dos cosas desde el título: es su segundo sacramento que ha obtenido en el mundo literario y una constatación de su noble compromiso de cambiar el mundo desde la poesía. Nace como un poemario contestatario de inicio a fin, debido a su poema de 1961 y otros como «Del oficio poeta» y «Del oficio de madre», están influidos por los temas en boga durante la primera mitad de los sesentas: las manifestaciones y marchas por las políticas gubernamentales. El poeta Horacio Espinoza dice lo siguiente:

 

He aquí una poesía que vale por lo que anuncia, por lo que entre relámpagos de ira va denunciando

Está escrita de pié, elaborada con los materiales amargos de el mundo,

y por ello la veréis aparecer a instantes vestida de utensilio, ubicada en el desierto o el resplandor del manifiesto.

 

Son poemas-consigna, utilitarios. Su teatro solo es de denuncia y, siendo ejemplos de un error, de uso pedagógico. «Del oficio de poeta» está dedicado a Silvestre Revuelta y no será la única ocasión que tenga para homenajearlo, como se verá en «Palabras por la muerte de Silvestre Revueltas», un responso que sirve de crítica a desmerecimiento oficial a un artista de su altura, que publica en Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles. Ambos poemarios contienen, pues, un reclamo desde la oficialidad, pues Abigael en el primer poema es Secretario en el Departamento de Difusión Cultural del INBA y para el segundo es Jefe del Departamento de Publicaciones del Organismo para la Promoción Internacional de la Cultura de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

 

Tanto en las publicaciones como en las actividades de promoción que realiza Abigael, generarán una cofradía que durará muchos años con la joven y el joven poeta, Thelma Nava y Dionicio Morales; porque se trata de una poesía que aboga por ellos mismos; se manifiesta sobre los trabajos forzados y las jornadas mal pagadas que viven los hombres para comer el pan con el sudor de su frente o de su sexo. Otro tanto hacen los poemas liricos y dramáticos de los años siguientes. Sus poemas de Acta de confirmación es evidente su densidad temática, su discurso sedicioso; también en aquellos poemas que incluye en Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles, cuando aún están abiertas las heridas por la muerte del líder campesino a manos del gobierno, y el partido, en funciones: Partido Revolucionario Institucional, que ha matado con saña a un líder emanado de la Revolución Mexicana. Sus piezas dramáticas abundan en críticas a la familia o de la sociedad que reproduce la dominación masculina como es el caso de las piezas Nocturno del alquilado y la tórtola, Circulo hacia Narciso, y La madrugada del centauro, abordando esta última un tema que se volverá central en Las Amarras Terrestres: la ternura y el amor, prohibidos.

 

Esta es nueva etapa en la literatura mexicana: sus poemas y sus piezas teatrales van contra el sistema político y contra las costumbres sociales, volviéndose «poemas fallidos» o «piezas raras» con el manejo distinto de los tópicos más alabados y premiados: la patria y sus héroes (pues atenta contra ella: promueve a la matria y a los rebeldes caídos del sistema), a la madre (instándola a la rebelión); al poeta (eufemismo de artista, que no deberá «inclinar la cérvix»), a los hombres que aman a otros hombre (los amantes del mismo sexo), abarcan cerca de diez años).

 

Así de claro y escandaloso; así de incómoda, también, su poesía de la conciencia nacional. Se trata de una poesía llena de consignas, de un poeta honesto, comprometido con los ideales postrevolucionarios, que empiezan a tomar un giro de confrontación antiimperialista en la poesía latinoamericana. Su poema a Silvestre Revueltas, músico de la mexicanidad y activista político; así como a Claude Debussy, admirado por las exiliadas Emiliana de Zubeldía y Sophie Cheiner, hablan de su espíritu crítico.

 

Si los poemarios establecen una honestidad con sus creencias, también las piezas teatrales de este periodo. Desde 1955, Abigael muestra un compromiso personal, enmascarado en lo social, en sus poemas líricos y dramáticos, revelando los dramas del individuo al interior de las familias, las burocracias, los pueblos y ciudades mexicanas. Aunque Abigael intente pintarse sólo y aparezca trocado por la comunión con los seres más vulnerables de la humanidad entera, comparte una visión y un estilo común con otros escritores y artistas de la izquierda mexicana y Latinoamericana, que desde un par de décadas atrás se había vuelto tan característico en la obra lírica de Efraín Huerta y de manera casi imperceptible en la de Octavio Paz, entre los miembros más destacados de los Contemporáneos. Compartirá el mismo compromiso de Juan Bañuelos, uno de varios poetas publicados en la antología La espiga amotinada (1960), que los uniría en un grupo y les daría su nombre. Entre todos ellos, sin embargo, sólo encontrará el modelo de poeta que es y que admira, en su obra lírica y en la militancia de Efraín Huerta en Hombres al alba. También de otro poeta plenamente sencillo y humano, que lo mismo escribe odas que cantos, y con ellos lo ha hechizado: Pablo Neruda de Odas elementales (1954)

 

Al distinguir su continuidad temática podemos corroborar la fidelidad de Abigael a sus raíces y creencias cristianas; ya que es un poeta comprometido antes de que estuviera de moda y se volviera una necesidad ante los problemas que atraviesa México: las manifestaciones de campesinos, ferrocarrileros, presos políticos y represión de la izquierda mexicana durante la guerra sucia y posterior la represión y matanza estudiantil. Se requiere pero no se practica más allá de esta época una poesía reaccionaria como la que escribirán Huerta y Paz, sin convertirse en el panfleto partidista y la prediga doctrinaria. La ideología de Bohórquez es, en definitiva de izquierda; pero no ondea su bandera, no tiene tiempo: es más libre que el viento y en 1969, un año después de la matanza su obra rinde culto a un intimismo que, antes de tiempo, lucha por la libertad de un amor entre los hombres.

 

Nace muy adelantado a las modas que le sobrevienen, pero no a las tensiones, conflictos, y discusiones de su época. Ambos poemarios de Abigael no nacen a destiempo, crecen a la par de las necesidades del hombre de esos días: uno señalan las consecuencias de la verticalidad del poder; y el otro anuncia y denuncia los flagelos del deseo que impone la heterodoxia sexual. Ambos libros, superan la atención despertada en Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles. «De oficio de poeta» y otros poemas refleja la misma indignación, el mismo síntoma de descomposición en la poesía de Bohórquez: la subversión, la rebeldía contra quienes abusan de su poder y denigran a los artistas. Continúa acompañándolo cuando se instala en la Ciudad de México, un par de años después de trabajar como secretario en el INBA.

 

Aunque «Fe de bautismo» ya es una denuncia contra la injusticia social que abunda en aquellos estos dos poemarios que habrían de sucederle, en ellos aparece de manera definitiva el poema contestatario, como un medio inefable de la protesta social de esa década. Los poemas contenidos en estas obras poéticas, se vuelven los más sólidos ejemplos de su compromiso ideológico (sin la bandera del comunismo) y de la conciencia política (sin su pertenencia a ningún partido político), que señalan la honestidad de la disidencia civil del poeta y del promotor literario, Abigael Bohórquez. Ambos poemarios, que considero afines y complementarios, representan su continuidad en una poética ya definida, que elevan de manera sostenida una crítica y de protesta social; volviéndose una poesía contestataria donde aparece la consigna de transformación social.

 

El mejor epitafio a esta época vendrá de un poeta que admira y que también lo admira: Efraín Huerta. Con la reedición de Acta de Confirmación (el poemario que se reedita en 1969 para atender las necesidades del momento), y la publicación de Las Amarras Terrestres, el Gran cocodrilo le dedica a Abigael una larga y digna radiografía de esos años, como puede admirarse en este fragmento de su poema «Palabras por Abigael Bohórquez»:

 

¡Oh! poeta de poderosa y macha poesía,

Abigael Bohórquez, poeta centelleante,

bárbaro poeta del norte y de todas las latitudes,

de todas las floridas blasfemias,

del harapo y del pan, de la soledad, de la compañía,

de Laura, de la sagrada ira,

de cierta inmundicia política y de cierta luminosidad,

oh poeta, ah poeta,

te leo con la fiebre y la brutal borrachera.

Te leo y te miro y te admiro,

y como tú

también ando en pos del aire de la libertad.

¡Salud, poeta hecho y derecho,

poeta a semejanza de la poesía!

 

Al 13 de agosto de 1969, la presencia de Efraín Huerta se hace más que patente. Su comunión con su obra es indiscutible como incidental, debido a la unión sentimental con Thelma Nava, una poeta reciente y que al igual que Jesús Arellano y Miguel Guardia, Carlos Eduardo Turón y Horacio Espinosa Altamirano, entre muchos otros como Juan Bañuelos, permite calibrar el flujo de intercambios en una naciente cofradía de intereses y afectos comunes. Abigael toma este poema, y otras críticas buenas y malas de ese momento, y las colecciona como si fueran «estampitas literarias». Unos alaban su poesía social y su naciente poesía amorosa homosexual; otros la rehúyen. Su poesía y su teatro son exigentes con el lector o el espectador, se desborda literal y figurativamente: del mero manifiesto va a la injuria y la protesta, es un poeta contestatario que canta a los muertos de las mafias políticas nacionales como Efraín Huerta canta a las internacionales, sea en la figura de Ernesto «Che» Guevara o José Stalin.

 

A finales de 1969 ya estaba todo dicho, pero quedaba mucho por decir. Al radicalizarse y elevar su canto a través de la poética de Langstong Huges, Pablo Neruda y Federico García Lorca, entre muchos otros, sea desde el simbolismo de un Mosén Francisco o la literalidad de un Salvador Novo. Surgieron, así, los precedentes a la poesía y el drama futuros: los cantos al amor y al deseo entre hermanos (su amante de «Canciones para Alexis», que veremos en Memorial en la Alta Milpa, Digo lo que amo y Navegación en Yoremito; así como en La Sagrada Familia y Ave Fénix, levántate y expira); a la mujer, a la madre o a la poesía (la madre y la mujer del mundo de «De oficio de madre», que veremos en Desierto mayor, Poesía en limpio y Ala vuelta poesía; así como en La madrugada del centauro y Circulo hacia Narciso); a la intolerancia del padre o al generalísimo (su presidente o el de todos de «Patria, es decir…», que veremos en Digo lo que amo y Poesía en limpio; así como en La madrugada del centauro).

 

Estos temas-símbolos salen uno a uno y para siempre del chifonier, o de su propio closet, para echarlos a andar por la calle y reclamar, para siempre, las plazas públicas que antes les negaron. Pronto reavivará todas sus obsesiones en dos libros que abarcan casi el mismo periodo de creación; pero no antes de tiempo. Primero vendrá otro sacramento, el siguiente, el más difícil de todos, y éste lo tomará de sorpresa.

 

Las Letras segundas, en sus dos etapas, engloban todas las temáticas de Bohórquez. No las agotan, ni siquiera formalmente, como veremos en sus Terceras letras, tan memorable entre su producción literaria por su intenso desarrollo de una temática homosensual y homosexual. Esta no se trata de una época predispuesta, como se advierte a la distancia, a explorar ciertos límites formales (estéticos) y temáticos (incluso morales); sino a expandir unos límites éticos, hasta donde su verdad puede mostrarse en experiencia. De esta manera, más allá de un estilo y un tema en común, sus segundas letras proponen para sí y para otros un mundo nuevo para caber dignamente, sin concesiones, en él.

 

Por Omar de la Cadena y Aragón

ABUnison

Abigaél Bohórquez (sic), circa 1962, en el Auditorium de la Universidad de Sonora (el ahora Auditorio Emiliana de Zubeldía). Fotografía: Colección particular de Omar de la Cadena.

Próxima entrega: “Terceras Letras”. Ocatvo de doce ensayos cuya versión electrónica sale a la luz pública en Crónica Sonora y de manera impresa en la serie Archivos de la editorial Vértigo Digital.
Nota del Autor:
Un poeta ante la crítica: Una biografía intelectual de Abigael Bohórquez es una crónica ensayística sobre la trayectoria intelectual de Abigael Bohórquez. Cualquier opinión, crítica o sugerencia sobre este escrito, serán bien recibidas y agradecidas para mejorarlo en su versión definitiva.


Acerca de

Omar de la Cadena es un escritor apartidista y doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Desarrollo Humano por la Universidad de Sonora.


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