La Gruyer


Saludamos el estreno de Tania Yareli y el regreso de Alfonso 🙂


Gerardo me terminó. Nuestro noviazgo se había deteriorado mucho con el paso de los años y puesto que yo estudiaba en Hermosillo, alegó que estar juntos en una relación a distancia era muy difícil para él.

Ilusamente pensé que al cabo de unos días se retractaría, pero a menos de que concluyera la semana, mi hermana Alisa me mandó un mensaje al WhatsApp para darme una noticia: El muy infame se había casado y esperaba un bebe.

No puedo describir con exactitud cómo me sentí, primero fue como si un aturdimiento general hubiera paralizado mi cerebro. De alguna forma veía todo desde fuera, como si aquella no fuera yo.

Antes de que el mensaje llegara había estado cocinando espagueti y ahora lo tenía en frente de mí, humeante y listo para comerse. El estómago se me revolvió sólo con el olor. Yo, que nunca había perdido el apetito bajo ninguna circunstancia, incluso aquella vez que me asaltaron, me sorprendí al ver cómo deslizaba el plato lejos de mí con la cara enrojecida. Una bilis amarga como el zumo de un limón subió por mi garganta. Estaba como agua para chocolate.

Ese imbécil me había engañado, sentía tanta vergüenza, todos mis vecinos y mi familia debían pensar que era una idiota y una cornuda. Qué ingenua fui al pensar que me esperaría. Apenas me fui, seguro se le atravesó aquella mujer y pues claro: A buena hambre no hay pan duro.

Me sentía el hazmerreír de la colonia, ya que para colmo aquel hombre era mi vecino. Vivíamos en la misma cuadra, él a cuatro viviendas de la mía. Cuando pensaba en ello no podía evitar sufrir; no sólo por lo humillante de la situación y lo expuesta que me sentía sino porque yo lo quería, lo quería a pesar de todo. Había pasado cinco años de mi vida junto a él y ahora me hacía a un lado por una cualquiera. Lo que más rabia me daba eran los huevos, los huevos que le habían faltado al cabrón para decirme la verdad.

Durante tres meses no fui a Caborca, no estaba preparada para topármelo, ni a él y ni a la furcia que llevaría del brazo como su pareja, cargando en su horno a la futura bendición. No estaba lista para aguantar las miradas indiscretas de las vecinas y su cotilleo a boca armada tras de mí, lanzando comentarios picantes a toda hora. No, no quería ir, porque si alguien me echaba sal encima lo iba a agarrar a putazos por pendejo. Nadie me iba a pisotear, aún tenía la herida muy abierta, no podría sólo callar y tragar.

Inevitablemente llegó el momento en el que tuve que volver a casa por las vacaciones de verano. Había tomado el camión de madrugada y para las ocho ya estaba en Caborca. Mi casa estaba cerca de la terminal, así que me fui caminando.

Al llegar, miré a Alisa y a mi hermanito Joaquín. Mi madre me recibió con los brazos abiertos, envolviéndome con su cariño. Ella se sentó y acurrucada en su regazo me solté llorando. El dolor buscaba emerger a la superficie, como si yo fuera una olla de langostas hirviendo a fuego lento, podía sentirlas agitándose, estrujando mi corazón con sus pinzas enormes y filosas.

Cuánta crueldad, cuántas promesas y mentiras. Habíamos planeado casarnos para cuando me graduara de gastronomía. Para entonces yo tendría mi propio negocio de banquetes y serviría en nuestra boda. Todo sería perfecto y enternecedor.

¡Qué mentirosos son todos los hombres! Dicen que quieren una mujer buena y de mente abierta, mas lo único que buscan es a alguien abierta, pero de piernas. Ya ni siquiera sabía qué me dolía más, el sufrimiento de perder a alguien que creía siempre formaría parte de mi vida, o el queso gruyer lleno de vacíos al que habían reducido mi ego. Ahora todo mi plan de vida, aquel en el que había incluido a Gerardo estaba lleno de huecos. Yo era como un queso duro y pardo, quizás por eso me había abandonado.

Alisa me había ayudado a espiar y acosar por internet a la mujer por la que me cambió, una tal Yadira de 19 años que trabajaba en un Seven-Eleven. Una mujer tan insípida y común que yo no podía creer que era ella por quien me había cambiado. Si yo era el bufet ofrecido en un hotel resort, ella era la comida de una fonda insalubre. Me pasé aquella mañana escupiendo bilis y agitando los puños al aire en un intento por frenar mi furia. Para la hora de la comida, ya tenía las marcas de las medias lunas a medio cicatrizar en mis manos.

Yo lavaba los platos en la cocina mientras mi madre y mi hermana limpiaban la mesa, cuando lo miré por la ventana viniendo de la tienda de la esquina.

A falta de pan tortillas. No podía recuperar lo perdido, pero sí desquitarme por el daño. Agarré la escoba de la cocina, salí a su encuentro y sin dirigirle una palabra lo agarré a agua y ajo con el palo.

Mi hermanito salió a aventarle piedras. Siempre me había imaginado a Joaquín aventándonos el arroz al salir de la iglesia en nuestra boda. No cabe duda que la vida da muchas vueltas.

Cuando me cansé, entré a la casa y me encerré en mi habitación llorando por aquella cebolla que era mi ex.

Más tarde, cuando ya tenía los ojos hinchados llegó mi hermana con un mezcal, puso las bocinas a todo volumen y me levantó por el brazo.

—A beber y gozar, que aquí nadie se ha muerto.-

Nada podía empeorar, así que le entramos a los caballitos de tequila y comenzamos a cantar: “A mi puerta te arrastrabas, me ladrabas y me aullabas” y de eso a: “Infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, cuánto daño me has hecho.”

Más que cantar gritábamos. Llorando entre los coros me tomaba mis chupitos de tequila.

Cuando anocheció, mi hermana urdió un plan para terminar de desquitarme. Alisa siempre había sido la más alocada de las dos. Cómo no recordar aquella vez que la atraparon con su pandilla en el cementerio. En medio de la peda, ella y sus amigos habían desenterrado un esqueleto y ahí de tumba en tumba lo traían bailando hasta los huesos. En la casa nos enteramos porque tuvimos que ir pagar una fianza para sacarla de la comandancia…

Esa misma noche, cuando vimos que la casa de Gerardo estaba sola, rompimos una ventana con una piedra y entramos. Fue entonces que sacamos el cobre, literal, rompimos las tuberías, destruimos los cableados y nos llevamos todo lo que contuviera cobre.

Mi hermana tenía un contacto que lo compraba, así que fuimos a su casa y nos pagó una buena cantidad. Con ese dinero nos fuimos a la cantina más cercana para seguir con la pisteada.

Como era de esperarse, nos adueñamos del karaoke. Para las tres de la madrugada yo traía un sombrero charro y estaba tan ebria que me caí en el piso del baño. Demasiado mareada para levantarme, mi hermana me encontró después de un rato y me arrastró en brazos hasta la barra.

Alisa me sonrió y llamó a un taxi.

Mientras esperábamos, no pude evitar pensar en Gerardo y cómo me había equivocado cuando me puse de novia con él. Di un suspiro de resignación. Hasta al mejor cocinero se le va un tomate entero y yo no era la excepción. Ya me sentía lista para cerrar aquel ciclo. Ya habría más hombres en mi vida, pero por el momento la cocina estaba cerrada.

Por Tania Yareli Rocha

En portada, Spaghetti, de Alfonso Kirk*. Acuarela sobre papel, 10 x 15 cm

* Licenciado en Artes Plásticas por la Universidad de Sonora



Acerca de

Nacida en Heroica Caborca, Sonora, el 25 de octubre de 1992, tiene cuentos publicados en portales literarios (como este, dice el editor), es escritora aficionada y ha acudido a talleres de escritura creativa.


'La Gruyer' tiene 2 comentarios

  1. agosto 15, 2018 @ 6:16 pm ferando ciclicio

    sangrantemente divertida. esa es si es terapia de choque.

    Responder

    • agosto 22, 2018 @ 10:40 am Tania

      Gracias, me alegra que te guste. Es la primera vez que escribo con un toque cómico, así que significa mucho el que te parezca divertida. ¡Saludos!

      Responder


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