Hombres águila y hombres jaguar: tan cerca de un corazón salvaje


Desde Brasil, un relato-ensayo sobre el México profundo by Carolina da Cunha


Brasilia, Brasil.-

Era un viaje monótono de regreso a la Ciudad de México. Yo iba en el camión sentada en el asiento del pasillo. Del otro lado, iban la mamá, su hijo de cerca de 6 años llamado Diego, y la hija menor, Mariela, de probablemente un año. La mamá, de apariencia muy humilde, dormía el sueño de los justos. Si ella podía dormir es porque alguien seguía atento. Cada dos segundos, Diego volteaba hacía su hermanita y le preguntaba: “¿Estás cómoda, Mari? ¿Quieres agua, Mari? ¿Quieres comer, Mari? ¿Te abro la ventana, Mari? ¿Tienes sueño, Mari? ¿Necesitas algo, Mari?”. Y Mari nada decía, apenas balbuceaba y le sonreía. Las preguntas del niño ocuparon la atmosfera de tedio del camión por las casi cuatro horas de viaje. En el inicio, yo reía discretamente, pero después me quedé pensando ¿en qué momento dejamos de ponernos en la piel del otro? 

A pesar de nuestra conexión global, fue necesaria la fuerza invisible de un virus microscópico para tornar evidente los efectos de la desconexión del hombre hacía el mundo natural, a la otredad y a su propia esencia. La Tierra siempre emitió alarmas, pero progresamos como sociedad con la anestesia de los sentidos. Ante el drama que vivimos en escala colectiva, me pregunto: ¿qué tipo de jaula creamos bajo el nombre de “civilización moderna” y a la cual estamos todos atrapados?

Hay cosas que son universales, pero escribo sobre mi México por su infinidad de material humano para descifrar. Allá pasé por algunas trampas y conocí a algunos hombres y mujeres sin ninguna visión de la otredad y quizá por eso me ha llamado tanto la atención un grupo opuesto, una especie de fauna sagrada con gran sentido de empatía. Las personas a que me refiero eran gente muy anónima, que pasaba desapercibida en su bondad. Eran gente de clase social humilde, pero enjaulados en sistemas opresores, fuesen económicos o sociales. Como el chófer del Uber que, al ver que yo lo esperaba en una zona errada, estacionó el carro y fue por mí como un verdadero guardaespaldas, para que yo no anduviera solita por un área oscura y peligrosa. Como el portero del edificio en el que yo vivía, quien se dio cuenta de que me olvidé cerrar la puerta de mi depa, y por eso pasó todo el día pendiente de él, a ver si nadie entraba o robaba mis objetos. O el camionero responsable del flete en una de mis mudanzas (un hombre rudo parecido al actor Danny Trejo, de la película Machete), quien no solo me dio un aventón en su camión, sino también dispuso mis cosas en la nueva casa como un verdadero decorador de interiores, y no se fue hasta que yo estuviera bien acomodada. 

¿Serían esos personajes leyendas urbanas perdidas en nuestras sociedades? Pienso que no. Ante una mirada atenta, es posible ver que esas personas son más comunes de lo que imaginamos. Algunas están camufladas, muchas fueron domesticadas por el miedo, mientras otras sufren enjauladas en el zoológico de un capitalismo opresor que les roba el sentido de vivir. En este México donde vivieron hombres-jaguar y hombres-águila, entre otros personajes zoomórficos que cumplían un fuerte papel social, pienso que muchos de sus descendientes continúan existiendo. Sin embargo, sus hijos e hijas están en proceso de extinción.

Es posible que muchos estén escondidos bajo capas y capas de una cultura que inhibió el cultivo de las sensibilidades. Para avanzar en una sociedad de plástico, había que ser no perecible, no orgánico, racional e, sobre todo, indiferente a su proprio sentir y al sentir de los demás. “Un niño no llora”, les decían. Es que, en mundos plastificados como los nuestros, sentir es señal de fragilidad, y hay que ser eternos como una botella de refresco en el infinito océano azul. Y así, desconectados de nuestros sentimientos, nos tornamos personas inconscientes de la naturaleza salvaje que habita en nuestro interior y también afuera. Nos olvidamos de cómo es correr entre los árboles, cómo es volar en el cielo abierto o cómo encontrar la ruta en la noche oscura. 
De esa falta de conexión de la humanidad con su naturaleza salvaje nació el miedo. Nadie parece haber escuchado a Maestro Yoda, quien dijo: “El miedo conduce al enojo. El enojo conduce al odio. El odio conduce al sufrimiento. Y el sufrimiento al lado oscuro de la fuerza”. Bajo la cultura ancestral del miedo ¿cómo puede un lobo ganar fuerzas para aullar en una noche de luna llena? Y la incapacidad de reconocer y nombrar las emociones, propias o ajenas, nos lleva del temor hacia el sufrimiento. El sufrimiento este que suele explotar como un jaguar que fue herido, o un águila a quien le cortan las alas o como a un murciélago atrapado como ingrediente en alguna olla china.

Pero pienso que cuando uno se (re)conecta con su corazón salvaje e intenta caminar por esos bosques, la vida se llena de sentido. Me acuerdo de que, en mis tardes de puro vagabundeo en la Ciudad de México, mis piernas siempre me llevaban al zócalo capitalino, el ombligo del mundo. Entre un helado y otro, me acercaba del lado de la catedral donde estaban los concheros, chamanes y chamanas que con sus bailes, humos y plumas atraen a miles de turistas para el teatro de sanaciones cuestionables del cuerpo y del espíritu. En uno de esos paseos, me acerqué a un grupo de concheros, conocidos no solo por sus bendiciones, sino también por hacer peticiones por el medio ambiente y por defender las religiones tradicionales. Hacía mucho calor y la fila estaba larga. 

La verdad es que, aquel día, cada uno de los chamanes hacía una limpia más automática que la otra, como si estuviesen en una fábrica fordista de bendiciones. Aun así, decidí hacerme una limpia. En mi turno, me tocó un hombre-búho que parecía desplumado por el calor. Le ofrecí el helado que traía, el cual fue acepto con una sonrisa. Tras comer el dulce, el señor se puso en acción y, así, después de un acto de cordialidad hacía el prójimo, las puertas de la percepción de aquel chamán se abrieron para mí. El hombre-búho parecía bendecirme como un verdadero chamán precolombino perdido en el siglo XXI. Él hizo pronósticos sobre cómo me sentía, predicciones sobre mi pasado y presente que parecían muy acertadas, me dio consejos y me dijo cómo protegerme de la mala vibra. Sigo hasta hoy sin entender el poder trascendental de un helado de vainilla. 

Otro día, me llamó atención un chamán que llevaba una piel de cocodrilo en su cintura. Vi que su grupo de ayudantes era diferente de los demás. Había una señora con cierta discapacidad mental, y dos asistentes muy flacos y de cara sufrida. Ninguno de ellos llevaba plumas, conchas o adornos refinados. Las ofrendas de su altar improvisado eran tan humildes como ellos. Apenas el chamán tenía algún destaque con su piel de cocodrilo y un sombrero de cuero antiguo. En esta y otras tardes de nada que hacer en el zócalo, nos hicimos casi amigos. Él se autodenominaba Arcángel Rafael y así lo llamaba la gente de su equipo. Nunca supe su nombre verdadero. Él era diferente de los demás no solo por sus adornos y su modo de bendecir (siempre me asustaban los ruidos de jaguar que él hacía). Es que, gracias a las donaciones voluntarias obtenidas con su oficio, Arcángel Rafael ofrecía empleo a dos expresidiarios y apoyaba su reinserción en la sociedad. Además, su ayudante con deficiencia mental encontraba en él su único soporte financiero. Estoy segura de que aquel chamán hacía milagros con su piel de cocodrilo, pues de su trabajo informal dependían los destinos de por lo menos cuatro familias.

Los tipos que mencioné en los inicios de esta crónica también tenían sus historias. El chofer del Uber era un exdeportista profesional de béisbol que, en sus horas libres, entrenaba adolescentes en situación de vulnerabilidad, siendo él mismo un tipo que creció en la marginalidad. Explotado cotidianamente por una aplicación lejana, con sede en Europa, aquel hombre-águila de casi 2m de altura pasaba más de 12 horas por día al volante, pues apenas así podría obtener alguna ganancia para sí y su equipo deportivo. El portero de mi edificio era un exsindicalista quien tuvo que esconderse y aislarse por persecución política, una vez que las demandas sociales que defendía empezaron a provocar la ira de gente poderosa contra su clase de trabajadores. Con miedo de ser muerto, aquel hombre-jaguar tuvo que cambiar de nombre y de profesión, y pasó a esconderse tras una escoba y un trapeador. El señor del camión de flete, tras años de enviar dinero desde Estados Unidos para sus hijos, trabajando en suelo gringo sin documentación formal, quería ahora convivir con sus nietos, su manada de lobitos, estar presente y verlos crecer: “No estuve cerca de mis hijos y no pude evitar sus errores. Ahora puedo hacer distinto con mis chamacos”, me lo dijo aquel abuelo-lobo con voz firme. 

Estoy segura de que esos “cambia-pieles” que encontré tenían en común un verdadero don chamánico, pues sabían leer la naturaleza y hacían la gran transmutación divina al descifrar la existencia bajo otra mirada que no la suya. A veces pienso que lindo sería ver a esos jaguares, águilas, lobos, búhos, pangolines y murciélagos en su hábitat natural, libres de las limitaciones de sistemas opresores que reducen su vida a poco o casi nada. Pienso también que, en nuestros tiempos, ponerse en la piel del otro no es solo señal de sensibilidad, pero, sobre todo, de valentía. Es, sin embargo, una época propicia para la revolución de los sentidos y para el despertar de nuevos chamanes y chamanas, gente medicinal conectada con la propia esencia de la vida y apta a sanar a sí mismos, a su entorno y al mundo natural. También me pierdo en pensamientos sobre Diego, el niño del camión, quien tan chiquito buscaba entender a toda fuerza las emociones impronunciables de su hermanita. Deseo que, como un animal salvaje dueño de los bosques, aquel niño continúe sin miedo de desbravar la selva de los sentimientos, sean los suyos o los de su gente querida.  

Texto y fotografía por Carolina da Cunha*

*Crónica dedicada a la escritora y cambia-pieles brasileña Clarice Lispector (1920-1977)

Grafiti Guerrero-Jaguar – Rio de Janeiro, Brasil

El resto de las imágenes fueron tomada en la Ciudad de México



Acerca de

Historiadora por accidente, optimista incorregible y flâneur profesional.


'Hombres águila y hombres jaguar: tan cerca de un corazón salvaje' tiene 8 comentarios

  1. abril 21, 2020 @ 10:40 am Enrique

    Buscando por artículos sobre chamanes para una investigación sobre el tema tuve la chance de depararme con este artículo, rico no sólo por la forma preciosa como fue escrito sino principalmente por la mirada aguzada y sensible sobre hombres y mujeres dichos chamanes en la sociedad actual. Es cierto que considerando la situación por la que el mundo pasa en nuestros días, es necesario despertar la fuerza del chamán que existe en nosotros y sobretodo reencontrar nuestro vínculo perdido con la naturaleza.

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    • abril 25, 2020 @ 2:51 pm Carolina Da Cunha Rocha

      Enrique, muchas gracias por tu comentario. Y sí, creo que vivimos un tiempo de despertar. Que podamos conectarnos con lo que es esencial. Un abrazo!

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  2. abril 22, 2020 @ 3:33 am Carmen

    Otra vez, llegué a un artículo de esta estupenda autora. Gracias! deberían ser textos de lectura obligatoria, al menos yo lo haré con mi curso. La forma de escribir es única, el cambio en los tiempos entre sus recuerdos y su presente y lo que imagina para el futuro del lector pero también la forma de abordar temas locales para llegar a cosas globales, me cautivan cada que la leo.

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    • abril 25, 2020 @ 3:00 pm Carolina da Cunha Rocha

      Carmen, muchas gracias por tu mirada generosa hacia el texto y por el incentivo! Es muy importante para mí saber que mis líneas encuentran resonancia en muchos corazones y que hay gente hermosa como tú comprometida con la existencia y con respeto a todas las formas de vida que hay en este planeta. Un gran abrazo!

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  3. abril 22, 2020 @ 6:40 pm Tomás

    Sábias palavras, Carolina! Teu texto fez-me lembrar desta entrevista: «O que quero ressaltar é que é preciso compreender que, além da razão, podemos usar os sentimentos a favor do processo civilizatório. Alguns acham que estou diminuindo os seres humanos ao dar a ideia de que as emoções e o sentir nos guiam. Isso porque anteriormente a ciência se apoiava na proposta de que a razão era o que nos separava de outros seres vivos. É uma análise errada. Apresentamos sentimentos de complexidade e dimensão incomparáveis aos de não humanos. É o que nos torna o animal mais especial deste planeta». Já conhecias o António Damásio?! https://www.revistaprosaversoearte.com/os-sentimentos-tem-papel-essencial-no-progresso-ou-no-atraso-civilizatorio-diz-neurocientista-antonio-damasio/?fbclid=IwAR2MJ9OuJAO06UKn9gEpRzZQpuvHCvYOMnO1eUqbGq4oiOT08KJU-ECSR-8

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    • abril 25, 2020 @ 3:07 pm Carolina da Cunha Rocha

      Tomás, muito obrigada pela dica! Sinceramente, não conhecia o António Damásio, mas concordo plenamente com a sua entrevista. Na verdade, eu me identifico muito com um autor brasileiro chamado Rubem Alves, pedagogo, psicanalista e escritor, quem falou em muitos textos sobre a importância de uma educação dos sentidos e não apenas do intelecto. Acho que ele deveria ser leitura obrigatória nas escolas e na vida. Vou procurar o livro do Damásio. Um abraço!

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  4. abril 29, 2020 @ 2:28 pm Claudia

    Onde achar esses xamãs? Como fazer para não perdê-los, nã exterminá-los desse mundo? Ainda há tempo?

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    • abril 29, 2020 @ 7:17 pm Carolina da Cunha Rocha

      Claudia, os xamãs estão aí tão perto da gente, mas sempre tão invisíveis… Fazemos nossa parte ao virar um pouco xamã também, ao nos importamos verdadeiramente com as pessoas. Quando abraçamos suas causas e damos voz a uma parcela da população tão carente de um olhar generoso, creio eu que conseguimos, se não mudar completamente, ao menos suavizar ao menos a dor de toda essa gente. E há tempo, sim. Ainda há tempo para uma revolução do coração. Um abraço!

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