Debajo de mis pies


¿Cómo afronta la soledad una chica universitaria del siglo XXI? ¿Qué imágenes le retumban del trajín citadino?

Más que la locura del momento, hoy quisimos iniciar la semana con una reflexión introspectiva de Romelia Márquez. Bienvenida


Después de escuchar tantas voces en un día cotidiano, el silencio se ha hecho inherente a mi manera de vivir. Y no, no es que no me guste escuchar voces ajenas pero es que viviendo sola, el silencio se tiene que aprender a disfrutar, pues es el compañero más fiel.

Me siento en la orilla de la cama, ni siquiera pienso en poner algo de música, solamente escuchar la hermosa armonía del silencio celestial.

De pronto y a lo lejos se escuchan unas pisadas, no son humanas. Las aves cantan y bailan al mismo ritmo sobre el techo de metal que cubre las escaleras de este edificio de 5 pisos, por eso aumenta el estruendo, el único estruendo que se puede llegar a escuchar.

A las seis de la mañana, cuando aún no se percibe la luz tan claramente, abro la cortina, se puede ver un costado de este lugar, los techos de las casas. Todos con una capa blanca de tela cubriéndolos como una novia rumbo al altar. También se alcanza a divisar la calle Cuernavaca, algunos carros transitan por ella esperando que los lleva de Sur a Norte, sin esperar la sorpresa de que esta calle sólo se topará con la muerte y no les permitirá avanzar.

El Panteón Yáñez, donde yacen descansado los cuerpos inertes desde 1920, está tan sólo a unas cuadras de aquí, puedes ir a caminar entre las tumbas y reflexionar lo frágil que es la vida, y que no importando cuánto dinero acumulemos, cuantos títulos tengamos, cuanta fama, todos acabaremos habitando el mismo espacio.

Olvidado, recordado sólo cuando la fiesta del dos de noviembre se acerca. Es entonces cuando recibe más visitas y los arcos azules se abren para abrazar a todos aquellos que quieran visitar el polvo.


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Volvamos a mi cuadra, donde el silencio se nota tanto como en mi departamento. Las personas ya no salen a tomar café, ni asoman su cabeza mientras llueve. Y bien, digamos que el calor no los deja, pero yo creo que esto va más allá de cualquier situación climática. Viviendo en un intento de metrópoli, era de esperarse que la tecnología envolviera tanto a nuevas generaciones como a las viejas.

Bajando las escaleras del edificio me doy cuenta que las personas no están en casa, viven sin ruido, sin visitas y sin tiempo. En las semanas que llevo viviendo aquí, nunca me topado de frente con ninguno de los habitantes de este complejo. Un lugar con todas las comodidades de una casa pero sin el cariño ni el afecto de un verdadero hogar. No hay plantas, ni animales, ni personas. Debajo de mis pies sólo está el suelo compartido con personas que sé que duermen, comen y viven pero que son invisibles a mis ojos.

En la casa contigua a este edificio, se pueden ver dos grandes jaulas llenas de aves, de vez en cuando Guillermina les habla, o toma el café viéndolas. Ella es una de las pocas personas que de vez en cuando se sienta en una mecedora, bajo el techo de su porche a ver los autos pasar. Gente no.

En esta cuadra hay tres edificios con puertas iguales, numeradas. Las casas artificiales, temporales, de uso esporádico. He de suponer que sucede lo mismo que pasa en mi edificio. Cuando paso por ese lugar para tomar el camión, no veo a nadie salir de ahí. En las noches sólo un montón de autos me dan la señal de que hay quienes habitan en esos cuartos.

Un Oxxo en la esquina, la calle Gral. Piña, un Abarrey en la otra esquina, una gasolinera, casas, negocios, silencio. Y mira que aquí sí hay silencio, pero bueno, a veces es necesario que una ciudad tan agobiada cuente con sitios sin estruendo. En la noche ni las lámparas hacen ruido.

Debajo de mis pies está el suelo que otros seres invisibles habitan,

Debajo de mis pies está el suelo por el recorren las personas quien sabe a qué hora,

Debajo de mis pies está el suelo que decidí pisar, y que como yo otros más también decidieron.

Debajo de mis pies está el asfalto caliente intentando derretir mis pies, mis sueños, y dejarme inmóvil para no poder avanzar hacia el aprendizaje.

Pero nada me detendrá, ni el silencio, ni el ardiente sol, ni la indiferencia de los habitantes de esta tierra hirviente.

Tendré que aprender a caminar sobre este suelo, para que un día tanto el silencio, como la ignorancia, se queden justo donde deben de estar,

Debajo de mis pies.

Hermosillo, verano de 2019

Por Romelia Márquez

Fotografía de Benjamín Alonso



Acerca de

Mi nombre es Romelia, soy estudiante de la licenciatura en ciencias de la comunicación en la Universidad de Sonora. Me gusta mucho hablar pero también escribir, cosas que hacen poco mis compañeros, pero es probable que eso no sea para nada relevante.


'Debajo de mis pies' tiene 3 comentarios

  1. octubre 21, 2019 @ 3:44 pm Dieguitoz

    Debajo de mis pies tengo una historia como tú y espero nada nos detenga. Seamos más solidarios y dejemos de depender demasiado a la tecnología.
    Ver la lluvia correr mientras se toma el café es un placer y compartir la charla con desconocidos es algo fascinante.
    Todos tenemos nuestra historia y que dicha poder contarla.

    Responder

    • octubre 22, 2019 @ 1:17 pm ROMELIA MÁRQUEZ

      Gracias por tu comentario Dieguito, esperemos que la venda luminosa de las pantallas deje de nublar nuestra vista para empezar a ver la realidad que nos rodea.

      Responder

  2. octubre 26, 2019 @ 9:08 pm Susu

    Ttancitas sobre huellas antiguas que yo dejé, bajo el ahrazsnte de esa ciudad que tanto ame.

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