La línea que traza el bisturí de la memoria, impecable o fallida, porque la recordación es también una invención, me lo dijo Federico Campbell mientras tomábamos café en el otrora vado del río. 

Esa línea permanece desde los doce años, cuando en mi deseo de montar expropié un cuaco alazán. Quise de un brinco caer exacto en el lomo, resbalé y mi cuerpo entero se desplomó en una lámina galvanizada, desde entonces la panza en su costado derecho conserva la cicatriz. 

La marca de una época de cuando las primeras veces, de cuando saltar la barda de la secundaria para irnos a la presa era acto cotidiano, el salón y las clases nos picaban como un trinche. 

Vivíamos en la construcción de proyectos por impulso, una mañana en la sauceda, un mediodía en los callejones del barrio, levantando bachas y tirando sables: a quien se dejara, apeábamos. 

Siempre un sonidito con rumor de carcajada, un sonidito también en la barriga por el hambre que acechaba. Tirábamos el anzuelo en el canal o en la presa, masa de carnada y un pescado que dentro de poco chillaría en el aceite. Totopos de esas tortillas de días pasados. 

Un día nos detuvieron los policías, se nos acusaba de robar gallos en la milpa de en que Colores, un giro y uno blanco cresta caída. Ni uno ni otro, a lo sumo unas pocas de naranjas y una cuerda que utilizamos para atarla a una piedra enorme y sujetarnos de ella para que la corriente no nos llevara. 

Las cicatrices de esa vez son porque nos empapelaron, mandaron llamar a nuestros padres, aseguraron que por ese delito nos encerrarían en la correccional, de pronto mis compas y yo nos vimos cocinando para otros, limpiando las celdas; conclusiones de lo que los otros camaradas que habían chupado varilla nos contaban.

Está allí, donde termina la frente, es una marca que con los años se ha ido minimizando, pero el momento intacto permanece, contra el concreto, brincando una barda y para abajo, en el puro filo de una pileta. 

Robábamos cartón para luego ir a venderlo y comprar comida. Esperábamos a que los vigilantes de los super mercados se descuidaran y entonces extraíamos las cajas vacías con una destreza impecable, a una cuadra una charanga de modelo 57 aguardaba por nuestras manos. De un brinco aperingábamos las racas y la greña nos volaba, luego a repartir el botín que invariablemente terminaba en alguna tienda, panes y jamones, queso y refresco. 

Sería poco antes de los quince, cuando la liviandad era el apellido de mis patas, un brinco y el cielo me quedaba a tiro de piedra. 

Comer era necesario y la necesidad era búsqueda, a veces el cartón nos rebasaba y entonces las monedas alcanzaban para dispararle un raspado a la morrita de ensueño. Pepihuates y jugar futbolitos en la refresquería del parque, ahí en con dos Agus, ese octogenario que usaba gorra de ferrocarrilero. 

Luego vendrían las otras marcas, en las rodillas, en los tobillos, porque había que defender el barrio y marcar a los contrarios, meter el balón en el ángulo y comer tierra sin chistar. Un buty de raspones y moretes, uno que otro rasgón con sangre y la rodillera inminente. Pero alzábamos la copa y bailábamos al final de la cuchilla. 

Arriba los quinientos

Hay una cicatriz profunda, indeleble, en la memoria. Ocurrió esa vez que por caliente me metí en las tripas de la hiena, allá en los callejones del barrio el Coloso. Me puse el paño en la frente, llegué con olor a patchuli, le dije al panudo que me encaminara a la casa de la Martina, hasta ahí todo bien, la bronca estuvo cuando al bajar la cuesta, y de noche, con la luz de los cholo encendida. La pandilla era la de los quinientos, un pinchi loco flaco y tatuado, con mirada de yaqui, me agarró por la espalda, me puso una punta en el buchi y me ordenó que gritara “arriba los quinientos”. Po’s ahí estoy intentando gritar con toda mi alma y la voz nomás una sugerencia. “Más fuerte, güerito, grita arriba los quinientos”. Ya socio, ya grité, le dije e intenté de nuevo: arriba los quinientos os os os… 

Ninguna de las cicatrices físicas descritas me desconcertó tanto como la de este recuerdo de la punta filosa que me presionaba el pescuezo. 

Texto y fotografía (Cerro de la Campana, 2022) por L. Carlos Sánchez

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Sobre el autor

Carlos Sánchez, escritor hermosillense, fundó MamboRock Editorial.

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