Chabelo, el profe de Matemáticas y yo: todos «En Familia»


En algún tiempo de mi juventud solía levantarme los domingos muy temprano. El profe, que en ese entonces me daba matemáticas en la preparatoria, también lo hacía. A él lo odiaba porque su materia me hizo sufrir y por su culpa estuve a punto de quedarme otro año más.
Supe que también madrugaba los domingos como yo cuando confesó en el salón que él no se perdía «En Familia con Chabelo», porque le gustaba verle las piernas a las bonitas edecanes que salían en el programa y que le ayudaban a Chabelo cuando hacía los concursos.

Desde entonces lo dejé de odiar tantito, pero no le dije nada. Me quedaba claro que algo nos unía y quise llevar la fiesta en paz. Pero mi profe no. Quizá mi silencio fue un error, debí decirle que a la misma hora que él estaba con los ojos bien pelones y envuelto en sus cobijas, yo hacía lo propio en mi casita. Eso pudo haber atenuado su indolencia a la hora de aplicar algún examen y yo no hubiera sufrido tanto.

El profe habría tenido el doble de la edad que yo, y Chabelo el doble que la del profe o le andaba muy cerquita. Para entonces, este personaje de la televisión mexicana ya había recorrido la legua en la pantalla grande, pero lo que más lo popularizó fue esa trasmisión dominguera donde regalaba tantas cosas como un político en campaña.

Cuerpo de grande, voz de niño y chores casi hasta las rodillas, don Javier López, de una voz grave en la vida real, ya tenía carrera como actor y comediante desde la década de los 50’s, tanto en cine como en televisión, pero a partir del 26 de noviembre de 1967 (otros registran el 6 de enero de 1968) hubo un parteaguas en su vida: en esta fecha saldría al aire por primera vez el programa «En Familia con Chabelo». Yo tenía un año de edad y mi profe de matemáticas no sé cuántos.

Nacido en Chicago, Illinois un 7 de febrero de 1935, de padres mexicanos y de mucha mas edad que todas las edades juntas de nosotros, incluyendo a sus edecanes que al profe y a mí nos gustaba ver, don Javier López estudió la carrera de Medicina, pero como suele pasar, un buen día, luego de andar haciendo pininos actorales en esto y en lo otro, se encontró a Arturo Ernesto Manrique Elizondo y a Ramiro Gamboa, o sea el Panzón Panseco, y el Tío Gamboín. Fue éste último quien una vez le dio chancita de que leyera un chiste que venía en un libro; el personaje principal se llamaba Chabelo y con esta identidad artística se quedó y así los conoceremos por los siglos de los siglos.

Ahora ya le están cantando «Las Golondrinas» (como tantas veces se las cantaron cuando aseguraban que tenía cáncer de garganta de tanto forzarla), pero hay que dejar en claro que solo es por su programa dominguero que nos hizo levantar apenas amaneciendo a mi profesor de Matemáticas y a mí y a muchos otros niños como nosotros dos, y a los padres de éstos que pegaron en su muñeca ese reloj de papel que traían la paletas Corona con la carita de Chabelo, o que seguramente alzaban el penco con igual afán de verle las torneadas piernas a sus ayudantes… Por más que dijeran que sólo querían saber qué premios se habían llevado los concursantes en la catafixia o cómo andaban las ofertas de Muebles Troncoso.

Quien a sus 18 años fue reclutado por el ejército de Estados Unidos y estuvo a punto de ir a la Guerra de Corea, es hoy protagonista en las noticias del espectáculo porque ese programa que los televidentes suponían eterno, como algunos hemos visto al propio Chabelo, ha llegado a su fin.

El bullying sobre su edad, sin embargo, no es de ahora. Llevamos tiempo, todos, riéndonos a sus costillas por ese motivo. Y don Javier ha sabido aguantar vara, como la supo aguantar cuando la siempre respetuosa de las vidas privadas, Patricia Chapoy, hurgó en la de él para ofrecerle al país la trascendental noticia de que este tenía una hija fuera de matrimonio.

Este no ha sido el único hecho que le trajo críticas al llamado amigo de todos los niños (incluyendo al profe de matemáticas y a mí). Algunos tienen qué ver con el formato de su programa, los intereses que, según sus detractores, tiene en las empresas patrocinadoras de la emisión, la promoción de alimentos chatarra y otros que más bien rayan en el prejuicio o en lo infundado del señalamiento, lo cuales no socavaron lo suficiente en su trayectoria como para no reconocer que lo que hizo le funcionó y fue sin duda un éxito.

En efecto, es Televisa el gran monstruo que aceita su imagen, y si lo mantuvo al aire por tanto tiempo, es porque le fue redituable en todos los sentidos. El que ya no esté no es sólo por una razón de audiencia, sino incluso por una cuestión humanamente lógica ante alguien que ya cumplió los 80 años de edad, de los cuales casi 48 se los dedicó a esta programación haciendo 2,463 emisiones cuya cifra no será nada fácil de superar.

No soy yo quien le hará una prueba de esfuerzo al personaje ni al artista que lo encarna. Él tendrá a su propio colega que lo mantiene al fregazo como lo vemos hasta ahora, pese a dos que tres accidentes que ha sufrido en la vida. Pero alguien que de 1958 a 2011 hizo 31 películas, que de 1968 a 2009 ha realizado 11 programas de televisión y de 1999 a 2012 fue partícipe en tres novelas y además anduvo del tingo al tango en miles de eventos propios de su labor artística, me parece que hace bien en parar en esta estación que ahora le ha marcado el tiempo.

Por favor no se hagan, absténganse de su afán de intelectualizar el tema y reconozcan: muchos de los que están leyendo esto algunas veces madrugaron para verlo un rato, envueltos en las cobijas y con la ilusión de que les llamara el señor Jorge Alberto Aguilera para ser uno de los ganadores de provincia.

No sé si mi maestro de matemáticas hará lo mismo, pero por lo pronto el domingo que viene me despertaré temprano y prenderé la tele nomás de puro gusto, como cuando lo hacía en aquellos años para imaginarme que veo lo que ya les dije que me gusta ver. Luego les platico, cuates.

Por Miguel Ángel Avilés Castro



Acerca de

Miguel Ángel Avilés Castro (La Paz, 1966) es abogado por la Universidad de Sonora. Practica el periodismo y la literatura desde 1990. Pese a ello es buena gente. En 1992 se hace acreedor al Premio Estatal de Periodismo en Sonora en el género de reportaje. Ha publicado Diles que acá estamos (1990), Los sordos territorios (1997), Ingratos ojos míos (2004), Tres Modos de Morir y Una Misma Historia (2013) y Estar y No. Juegos de la Memoria (2014). Es compilador y coautor de la antología Santo y Seña. Relevos Literarios sobre el Enmascarado (2014), por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura. En Octubre de 2014 ganó el Premio Estatal de Literatura en Baja California Sur en el género de crónica, con el libro Diario de mi Ciudad. Desde hace algunos años escribe la columna El Diván y publica, con obstinación, muchas babosadas en Facebook.


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